LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

Para las jóvenes: Donde Dios mira

Aquello que solemos usar para medir nuestro valor, no impresiona a Dios…

Hay escaparates que no tienen cristales, los llevamos puestos desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. A veces están hechos de logros, otras veces de personalidad, de apariencia, de talentos, de esa versión de nosotras mismas que presentamos al mundo esperando, en secreto, que alguien diga: “Sí, tú vales”.

Quizá por eso me conmueve tanto una escena del Antiguo Testamento en la que el profeta Samuel, quien había ungido al primer rey de Israel por mandato de Dios, llega a la casa de Isaí buscando al futuro rey de Israel. Los hijos de Isaí pasan uno tras otro delante de él y de verdad que algunos parecen la elección perfecta: tienen presencia, fuerza, renombre, batallas a las espaldas, porte… Todo lo que cualquiera esperaría encontrar en un rey.

Pero Samuel no elige a ninguno de estos. Dios le señala, entre los hermanos, al que parecía que solo servía para cuidar a las ovejas y cantarles con su arpita. Vaya vista tiene Dios, ¿no? Ha elegido al artista de la familia para ser rey de un pueblo con continuo conflicto bélico y una espiritualidad difícil de llevar.

Pero entonces, Dios pronuncia a través de Samuel una frase que atraviesa los siglos y llega hasta nosotras, hasta mí:

“Porque Jehová no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón” (1 Samuel 16:7).

¡Qué alivio…! ¡Y qué desafío al mismo tiempo!

Porque vivimos en un mundo que mide constantemente. Mide la belleza, el éxito, la inteligencia, la productividad, la popularidad, la economía. Y sin darnos cuenta, terminamos usando esas mismas reglas para evaluarnos a nosotras mismas.

Porque hay temporadas en las que confundimos nuestro valor con nuestras circunstancias. Si nos va bien, nos sentimos importantes. Si fracasamos en llegar a los estándares de este mundo, nos sentimos pequeñas. Pero, ¿sabes qué? Dios no recalcula nuestro precio cada vez que ganamos o perdemos algo. Él mira más profundamente.

Pablo lo expresa en 1 Corintios 1:24-30. Es un pasaje que nos invita a mirar donde Dios mira. En una cultura obsesionada con el prestigio y la capacidad, Pablo recuerda que el llamado de Dios no sigue los criterios humanos. Poco a poco nos lleva a una verdad incómoda y hermosa: aquello que solemos usar para medir nuestro valor, no impresiona a Dios. ¿Es belleza? ¿Es el cuerpo? ¿Es tener éxito profesional? ¿La familia perfecta? ¿Es tener seguidores y dinero? Nada de esto impresiona a Dios.

Y entonces aparece el contraste. Los maravillosos contrastes que me hacen llorar cuando los entiendo. Que me fascinan porque veo en ellos la esclavitud de la mentira y la libertad que da la verdad:

Mientras el mundo busca razones para presumir, Dios dirige la atención hacia Cristo. Allí descubro que lo que realmente necesito no se construye ni se conquista; se recibe. Mi identidad no descansa en lo que logre ser, sino en lo que Él ha hecho por mí y en lo que Él hace en mí cada día.

Y aunque estas verdades parecen claras cuando las leo, muchas veces se vuelven muy difíciles de recordar en medio de la vida cotidiana. Es allí, en los momentos más comunes, donde solemos descubrir cuánto seguimos luchando con la comparación, la aprobación y la sensación de no ser suficientes.

Hace poco hablaba con una amiga que estaba estudiando para las oposiciones, y sigue soltera. Y me contaba que hace poco decidió abrir las redes sociales, después de mucho tiempo sin abrirlas, en un día difícil. Vio fotografías de amigas viajando, comprometiéndose, graduándose, emprendiendo proyectos emocionantes. Y en pocos minutos sintió que su propia vida parecía pequeña, insuficiente e incompleta en comparación.

Sin embargo, nadie puede fotografiar la fidelidad silenciosa.

No aparece en una publicación la chica que sigue confiando en Dios mientras espera respuestas. No recibe cientos de “me gusta” quien continúa obedeciendo cuando nadie la ve. No se vuelve viral el corazón que perdona, persevera o sirve en secreto.

¡Pero son precisamente esas cosas las que Dios contempla!

Mientras el mundo se impresiona con los focos, Dios sigue mirando el interior. Y… ¿qué mirada queremos tener nosotras hacia nosotras mismas y hacia las mujeres que nos rodean? Pertenecemos a Cristo y quizá esta sea una de las verdades más liberadoras del evangelio: no necesitamos construir una versión impresionante de nosotras mismas para ser amadas. Ya somos vistas. Ya somos conocidas. Ya somos amadas. Completamente.

Hoy, si te descubres midiéndote con reglas que Dios nunca estableció, quiero invitarte a detenerte un momento. Deja descansar las comparaciones. Baja el peso de tener que demostrar constantemente quién eres.

El Dios que eligió a David cuando nadie lo habría elegido, el Dios que sigue usando lo débil para avergonzar a lo fuerte, también te ve a ti. Y cuando Sus ojos se posan sobre tu vida, no se quedan en la superficie. Atraviesan los títulos, los éxitos, los fracasos, las inseguridades y las apariencias. Llegan hasta el corazón.

Y allí, en ese lugar donde nadie más mira, Él sigue obrando con paciencia, con ternura y con amor. Como un jardinero que no se impresiona por las flores más vistosas, porque sabe reconocer la vida mucho antes de que aparezcan los primeros brotes.

Y tal vez hoy eso sea exactamente lo que necesitas recordar, que aunque todavía no veas todo lo que Dios está formando en ti, Él sí lo ve. Y eso es, amiga, más que suficiente.

Nora Moreda

Caminemos Juntas
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.