Todo matrimonio tiene la permanente tarea de conjugar la unión con la aceptación de las diferencias
Hay frases que al oírlas o leerlas nos impactan, y al recordarlas nos hacen pensar, como ésta que vino a mi memoria cuando me disponía a escribir el artículo para esta sección: “Los cristianos afirman que el matrimonio es un milagro que invalida las matemáticas, porque mediante el vínculo conyugal 1+ 1 = 1”. Sabemos que esas palabras están fundamentadas en la declaración bíblica: “Y los dos serán una sola carne”, refiriéndose primordialmente a la relación física/sexual y no tanto a los otros aspectos de la vida matrimonial. Por eso conviene analizar esa expresión para no tener una falsa imagen de lo que es la realidad.
Por ejemplo, si analizamos la fórmula 1+1 = 1, veremos que el resultado de esta suma también puede ser uno si uno de los dos sumandos es igual a cero. Un matrimonio así es inaceptable, aunque la experiencia muestre que en algunos casos, aunque no demasiados, se produce.
Supongo que todas hemos oído alguna vez estos comentarios: “Ella lo tiene dominado” o “él la ha anulado por completo”. Lo cierto es que nadie se casa para que su personalidad sea anulada, pues esta es un don dado por Dios y que debe ir desarrollándose.
Otro modo de que la suma sea igual a 1, es cuando los dos mutilan un 50% de su personalidad por distintas razones. Quizás por no vivir discutiendo, por conveniencias sociales, o por el bien de los hijos. Así se conforman con vivir un 50% de su personalidad y reprimen el otro 50%. Creo que resulta más que evidente que no puede ser esto lo que Dios tuvo en mente al instituir esta regla de la matemática del matrimonio.
Otros, en cambio, interpretan este llegar a ser uno como:
Un compartir equitativo
En esta sociedad que promueve la igualdad de los sexos, parece muy acertado dividir los deberes y responsabilidades en el matrimonio en una proporción del 50% cada uno. En teoría esto suena bien, pero el problema es que, conforme van cambiando las circunstancias de la vida, así también las responsabilidades. Por ejemplo: una vez que tienen hijos, deciden que, por razones físicas obvias, conviene más que ella se quede en casa para criarlos y cuidarlos. Entonces, al ser las responsabilidades de cada uno tan diferentes, el peso relativo de la contribución de cada uno puede producir discusiones.
Tampoco funciona el 50/50 cuando el hombre y la mujer tienen distintas prioridades, o diferentes criterios al medir las distintas contribuciones en el matrimonio. El esposo mencionará una y otra vez el tiempo que pasa arreglando los desperfectos de la casa. Su esposa, en cambio, estima su situación relacionándola con su necesidad de intimidad, y le recuerda que por varias semanas no han pasado una sola noche juntos.
Esta tensión aumenta si se pretende llevar un registro como si se tratara de una contabilidad detallada de lo que cada uno está haciendo. Entonces, si se considera que sus expectativas no se han visto cumplidas, se produce frustración y conflicto.
Menos mal que la mayoría de las parejas no demandan una contabilidad precisa, sino tan solo un sentido de justicia, un compartir todo de forma equitativa y complementaria. Si los cónyuges están esforzándose en alcanzar el mismo objetivo, cumpliendo con su parte de la tarea diaria con justicia, no importa demasiado qué es lo que cada uno hace.
Sin embargo, la matemática de la relación conyugal implica mucho más que la mera suma. Se trata, principalmente, de la multiplicación, por:
La superación de los dos
Esta superación comienza cuando somos conscientes de que cada uno de los sumandos no es igual al otro. Todo matrimonio tiene la permanente tarea de conjugar la unión con la aceptación de las diferencias. Pocas personas tienen la capacidad de aceptar a otros tal como son. Tenemos un deseo innato de cambiar en otros lo que no podemos cambiar en nosotros. Sin embargo, nos olvidamos de que, cuando nos convertimos, Dios nos aceptó tal como éramos. No hubo condiciones impuestas para que Él nos pudiera amar. Nos tomó como éramos, considerando que Su amor era lo suficientemente fuerte como para cambiar lo que hiciera falta. Así en el matrimonio. Si podemos aceptar a la otra persona por lo que es, habremos resuelto tres cuartas partes de todos nuestros problemas. Esto se debe a que nuestro amor hará que la otra persona ansíe en forma amante satisfacer nuestras necesidades. No se trata de “yo debiera” ni “yo debo”, sino de que el amor prevalezca y la relación matrimonial sea una aventura excitante y estimulante.
La Palabra de Dios, además, nos enseña el valor, la unicidad y la dignidad de la persona. En ella se mira al matrimonio desde esta perspectiva. Si tomamos eso en cuenta, el matrimonio tendrá mejores perspectivas, porque el énfasis en la dignidad individual de cada cónyuge enriquece notablemente la felicidad matrimonial.
Un buen matrimonio, además, nos llevará hacia la identidad propia verdadera. Nos veremos reflejados en los ojos del otro. Descubriremos “profundidades” que jamás imaginábamos que existían. Encontrarás en tu cónyuge optimista nuevos mundos que poder conquistar. A través de sus ojos tendrás la visión de cosas que ni te imaginabas podían suceder.
¡Sí! la identidad propia puede venir a través de una buena relación. Un buen cónyuge te ayudará a confiar en tus propios sentimientos. Soltará lo mejor que hay en ti. Aprenderás a confiar en tus propios talentos creativos. Comenzarás a creer en tus propios sueños.
En realidad, no se trata meramente de 1 + 1 = 1, porque a las dos personalidades desplegadas se añade la interacción creadora del amor conyugal. La sola presencia del otro profundamente amado lleva a la superación del yo. Entonces cada uno llega a valer más que uno.
Podemos ilustrar esto viendo los pronombres personales “yo”, “tú” y “nosotros”, que habitualmente solo son un simple modo de distinguir entre las diversas personas. Sin embargo, cuando el yo que expresa una personalidad vital, se encuentra con otra personalidad semejante, pero con una actitud de amor para con la primera, un tú especial, entonces los dos conforman una calificada pluralidad que denominamos nosotros. Y ese nosotros es infinitamente más que la mera suma del yo más el tú. Cualquier crecimiento del yo o del tú da más fuerza y expansión al nosotros del matrimonio, fuerza y expansión que nuevamente perfeccionan al yo y al tú.
Ese proceso es real, y lo viven los buenos matrimonios como experiencia de indecible satisfacción, pues no se trata sólo de la aceptación de las diferencias, sino de la promoción de las dos personalidades. Semejantes aspiraciones llevan a los cónyuges creyentes a recordar el desafío o reto presentado por el Señor en la parábola de los talentos. Según vemos en Mateo 25:14, cada uno recibió un capital distinto conforme a sus habilidades. Dios da capital exactamente adaptado a lo que por Su gracia estamos capacitados para hacer. Los talentos representan no sólo oportunidades, sino también dones y habilidades, capacidades, inteligencia y, por tanto, responsabilidades. Luego debían rendir cuenta de lo que hubieran hecho con sus talentos. Dos de los tres siervos presentaron un valor añadido considerable y, por tanto, merecieron la alabanza y aprobación. ¿Recibiría nuestro matrimonio ese aprobado divino por el valor agregado que hubiera producido en cada uno de los dos?
Ahí vemos cómo se produce la multiplicación, y no meramente la adición, en nuestra relación como pareja. Por eso, casarse deberá significar siempre comprometerse a ayudar a la otra persona a que desarrolle al máximo sus capacidades.