LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

El amor inquebrantable de Dios

Print Friendly, PDF & Email

El corazón de Dios sufre cuando su pueblo peca

El libro del profeta Oseas, en el Antiguo Testamento, es la única fuente que tenemos acerca de la vida de este profeta menor. Y se le llama “menor” porque es un libro pequeño, no porque el profeta no sea importante.

Poco conocemos de Oseas. Tuvo un ministerio que abarcó a los seis últimos reyes de Israel. Fue contemporáneo de Isaías y Miqueas, quienes profetizaron en Judá. Comenzó su larga vida de servicio a Dios durante los días de Jeroboam II, en un tiempo de paz política y prosperidad material, pero también de corrupción moral y bancarrota espiritual. Esta situación prosiguió después de la muerte del rey y hasta el destierro por parte de Asiria. 

La tragedia conyugal en la vida del profeta Oseas, por el adulterio de su esposa, llegó a influenciar de tal modo todo su ministerio, que lo transmitiría de manera tierna y emotiva en su mensaje al pueblo de Israel. El dolor y el sufrimiento de su experiencia en tales circunstancias le llevaron a una profunda comprensión y entendimiento del corazón de Dios. Pudo comprender a qué extremo llega su misericordia, cómo sufre cuando su pueblo se rebela contra Él, abandonando su pacto y prostituyéndose con otros dioses.

Su ministerio se enfocó en la desviación moral de Israel y la ruptura de la relación de pacto con el Señor, anunciando su juicio. La idolatría a Baal, la religión cananea, que tanto Elías como Eliseo, estuvieron combatiendo durante sus vidas, fue ampliamente manifiesta en los días de Jeroboam I, responsable de repetir el destructor pecado de Aaron, de intentar hacer una imagen terrenal de Dios, haciendo dos becerros de oro. Sus palabras al pueblo fueron: “Bastante habéis subido a Jerusalén; he aquí tus dioses, oh Israel, los cuales te hicieron subir de la tierra de Egipto” (1Reyes 12:28).  Dios envió al profeta con el propósito de que proclamase el toque final de advertencia para impedir que la nación fuese de cabeza al abismo que había estado cavando con sus propios pecados. La degeneración de la moral de la sociedad y el soborno en la justicia, ponían de manifiesto que Israel se había vuelto como cualquiera de sus peores y malvados vecinos, desobedeciendo las leyes de Dios al extremo de profunda degradación. Este fue el periodo más oscuro de toda la historia de Israel. El profeta transmitía el mensaje de Dios, mientras la nación se deslizaba al precipicio, hacia el cautiverio.

El libro de Oseas no es en sí una historia como el libro de Jonás o como el de Habacuc, aunque estos tres se distinguen como profecías narrativas. Detrás de él hay una experiencia personal que le da un carácter especial a su ministerio. Como dijimos al principio, la propia tragedia conyugal de Oseas le influenció en todos sus mensajes. Su historia nos revela el tema del libro, que es la historia del amor fiel, inquebrantable de Dios hacia su pueblo infiel.

¿Cuál es esta historia? Oseas fue llevado por Dios a casarse con una mujer llamada Gomer que le dio tres hijos, y que le fue infiel en el matrimonio. Por la infidelidad de ella, él la rechazó judicialmente por su adulterio (los nombres de sus hijos reflejan la época que Israel estaba viviendo, actuando como una ramera con Dios: Jezreel habla del “juicio venidero”; Lo-ruhama significa “pueblo no compadecido o que no recibe misericordia”; Lo-ammi, “pueblo que es rechazado”). Después de un tiempo en el que ella, Gomer, había caído en la más profunda degradación, llegando a ser una esclava, propiedad de otro, Oseas la buscó, la compró por el precio de una esclava, la restauró llevándola consigo de nuevo como su esposa.

Oseas ha sido llamado el profeta del corazón destrozado. En su propia experiencia descubrió que, para él, la infidelidad de Gomer era ejemplo de la infidelidad de Israel. Entendió que el corazón de Dios sufría cuando su pueblo pecaba, su propia tragedia le llevó a una comprensión de lo que significaba el pecado para el corazón de Dios. Aunque el dolor y la agonía que sufría son evidentes a lo largo de todo el libro, en su propia experiencia, llegó a entender el pecado del pueblo de una manera tal que jamás hubiera logrado sin la experiencia de su propia tragedia. La infidelidad de Israel no provocó la ira de Dios, aunque estaba impulsado a actuar en juicio; el amor quebró su corazón.

Más adelante, Oseas recibió la orden de parte de Dios de comunicarle a los israelitas que, por haberse rebelado contra el Señor, una potencia extranjera los llevaría cautivos… “en tus pueblos se levantará alboroto, y todas tus fortalezas serán destruidas…” (10:14). Sin embargo, en medio de su pecado y castigo, la gracia de Dios para con su pueblo nunca se agotaría. En una exhortación llena de bondad, el Señor dijo: “Sembrad para vosotros en justicia, segad para vosotros en misericordia; haced para vosotros barbecho; porque es el tiempo de buscar al Señor, hasta que venga y os enseñe justicia” (10:12). Un llamado muy parecido al que Jeremías hizo, para dar un giro espiritual en el abandono de una vida desperdiciada por el pecado. El profeta usó esta ilustración, en términos del cultivo arduo de la tierra que antes había sido dura e infructuosa, para que se convirtiera en suelo fértil y útil para sembrar.Aunque hayamos arado impiedad y segado iniquidad, los caminos de Dios son rectos y verdaderos. Su amor es eterno, pero sin dejar a un lado sus demandas morales.

En términos de resultados, la predicación de Oseas fue un fracaso. El pueblo siguió en sus pecados, no se arrepintió, y terminó en el cautiverio. Pero el profeta fue usado por el Señor para comunicarnos la grandeza del carácter de Dios. Dios no deja de amarnos. Cualquiera que sea el estado en que nos encontremos hoy, podemos volvernos al Señor y encontrar el perdón que nos dará un nuevo comienzo. Hoy tenemos más luz que el profeta Oseas, vemos a Dios en Jesús y sabemos que no escatimará sacrificio con tal de sanar al desviado y rebelde. En el amor de Dios hay esperanza.  

Chelo Villar Castro