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Conflictos en el matrimonio: Nuevo año … nuevo presupuesto

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Las finanzas en el hogar son un área que puede traer conflictos si no hay transparencia, acuerdo y objetivos compartidos…

El fin de un año y los principios de otro nuevo suelen traer consigo evaluaciones y nuevas metas. Evaluar los gastos del año anterior y hacer el balance para determinar ajustes de presupuesto y así mantenernos dentro de los límites adecuados, es un área que puede traer conflictos si no hay transparencia, acuerdo y objetivos compartidos.

  1. Transparencia: No puede haber secretos, ni la tentación de ellos, para evitar conflictos. Hoy en día la edad de cada cónyuge al casarse es mayor de lo que era en tiempos anteriores. Muchas veces los dos ya han estado trabajando unos años, tienen sus propias cuentas personales bancarias y están acostumbrados a gastar sus entradas sin tener que consultar con otro. Cuando planean el casamiento, posiblemente compartan algunos de los gastos, pero muchas veces no combinan esas cuentas bancarias y continúan con ellas después de casados con gastos asignados que provendrán de ellas. Si somos uno, esto implica unidad en este área también. No solo debemos combinar las cuentas bancarias, para tenerla/las bajo los dos nombres, sino que también es recomendable tener la tarjeta de crédito bajo los dos, y el título de la casa. Separación en este área implica falta de confianza en la otra persona o querer independencia para gastos egoístas. Ocultar gastos o ahorros personales es señal de infidelidad y muy peligroso, ya que tarde o temprano llevará a conflictos inevitables. Nuestra unión es para trabajar en equipo, no podemos adherirnos a un presupuesto o planes para el futuro si no lo hacemos juntos, si no rendimos este control personal financiero ante el altar de nuestra unión matrimonial.
  2. Acuerdo: Un buen plan financiero demanda un presupuesto, un plan de acción que nos asegura que las salidas no serán mayores que las entradas. Tener un presupuesto es imprescindible para no entrar en deudas innecesarias o llegar aun a la bancarrota. Incluso el sabio Salomón en Proverbios 21:5 nos recuerda que: «Los pensamientos (planes) del diligente ciertamente tienden a la abundancia; mas todo el que se apresura alocadamente, de cierto va a la pobreza». Dios demanda que seamos buenos mayordomos de lo que Él nos da; después de todo, todo lo que tenemos proviene de Él. Un presupuesto mensual implica establecer los gastos fijos, los gastos que a veces fluctúan de acuerdo con la época del año, además de lo que separamos para ahorrar y para la obra de Dios. Una vez establecido, sabiendo lo que hemos separado para cada categoría, llevamos un registro preciso de aquellos gastos, anotando las salidas, guardando recibos, etc., y eso nos permitirá hacer ajustes cuando sea necesario, por inflación o a medida que crecen nuestros hijos y/o aumentan o disminuyen las entradas. Probablemente aquel que sea mejor para los números (ya seamos nosotras o sean nuestros esposos) mantendrá este balance y pagará las cuentas, pero las decisiones son compartidas y en acuerdo. Un presupuesto también nos mantendrá disciplinados en nuestros gastos, y podremos tener metas financieras alcanzables. Esta disciplina debe incluir la tarjeta de crédito. Consejeros financieros cristianos por muchos años han estado vehemente opuestos al uso de esta, porque al no pagar por algo inmediatamente podemos no valorar el costo de lo que estamos comprando en comparación a los gastos necesarios del mes. Hoy en día, con muchas compras que hay que hacer por internet, es necesario tenerla. Pero debemos ponernos de acuerdo en que será usada sólo para aquellos gastos que son planeados, o para cubrir gastos imprevistos y absolutamente necesarios para los que no alcanza lo que hemos ahorrado. Siempre utilizarla sabiendo que separaremos de lo que entra al mes siguiente para pagarla. Cuando viajamos, muchas veces el uso de una tarjeta es más práctico y seguro; además, a veces incluye una garantía que el pago efectivo no cubre… pero siempre proponiéndonos gastar sólo aquello que hemos ahorrado para el viaje, para así pagarlo todo cuando volvamos.
  3. Objetivos compartidos: Los objetivos pueden cambiar dependiendo de la etapa de la vida en que nos encontramos: si tenemos hijos bajo nuestro cuidado; si ya han volado el nido y/o están casados; si hemos entrado en la época de jubilación… Pero hay tres objetivos que siempre deben ser parte de nuestros planes financieros:
  • Eliminar deudas – Probablemente para comprar nuestra vivienda tengamos que pagar parte con un préstamo bancario.  Este préstamo es una deuda, pero es algo que pagamos en cuotas específicas que son parte de nuestro presupuesto mensual. Esto de por sí es algo esencial y necesario. Pero incurrir en un préstamo por algo no esencial o algo más lujoso de lo necesario, no es de ser buen mayordomo de lo que Dios nos da, y nos puede llevar hacia problemas financieros graves. La palabra de Dios nos advierte muchas veces sobre ello (Pr. 22:7; Ro. 13:8 …). Si ya hemos incurrido en ello y necesitamos ayuda porque las deudas se han amontonado, es importante buscar a alguien, en lo posible un creyente con conocimiento de finanzas, que nos ayude a buscar soluciones y a asumir un plan para salir cuanto antes de la deuda.
  • Separar para imprevistos – El ahorro no está de moda y con la inflación a veces nos parece inútil. Pero siempre hay gastos imprevistos, y la cuenta de ahorros nos ayuda a salir del paso sin incurrir en deudas. Si necesitamos reemplazar algo en la casa ya sea porque no anda bien o queremos mejorar algo, es bueno planear con anticipación y ahorrar esta cantidad poniendo una cierta cuota mensual designada, hasta tener el total e ir entonces a comprar o pagar por el arreglo. Para el ahorro a largo plazo es bueno tener consejo para invertir en algún plan que no sea afectado tanto por la inflación o cambios volátiles en la economía de cada país.
  • Apartar para Dios – Una prioridad en nuestro presupuesto mensual debe ser separar una cantidad para las ofrendas que daremos en la iglesia y para la obra del Señor. En el Antiguo Testamento, Dios esperaba de Su pueblo el diezmo; en el Nuevo Testamento no se nos da una guía específica, pero podemos tomar este porcentaje para darnos una idea de la cantidad aproximada que deberíamos apartar. Decidámoslo en conjunto y no dejemos de dar, no lo pospongamos para cuando «tengamos más», porque ese momento nunca llega; la persona que más gana, más suele gastar. En Proverbios 3:9,10 se nos da una promesa para aquellos que lo hacen: «Honra a Jehová con tus bienes, con las primicias de todos tus frutos; y serán llenos tus graneros con abundancia«. Dar fielmente al Señor nos dará tesoros eternales y, a su vez, Dios no dejará de proveer diariamente para nuestras necesidades terrenales.

Si separamos para Dios, ahorramos para imprevistos, evitamos deudas y nos adherimos a un presupuesto razonable, podremos sentirnos libres de aquellas preocupaciones financieras constantes que aumentan los conflictos y debilitan la unión matrimonial.

G. Elisabeth Morris de Bryant