Jesucristo saldó la cuenta que había contra nosotros
Años mi alma en vanidad vivió,
ignorando a quien por mí sufrió
y que en el Calvario sucumbió:
el Salvador.
Coro:
Mi alma allí divina gracia halló;
Dios allí perdón y paz me dio;
Del pecado allí me libertó
el Salvador.
Por la Biblia miro que pequé,
y su ley divina quebranté.
Mi alma, entonces, contempló con fe
al Salvador. [Coro]
Toda mi alma a Cristo ya entregué;
hoy le quiero y sirvo como a Rey.
Por los siglos siempre cantaré
al Salvador. [Coro]
En la cruz su amor Dios demostró,
y de gracia al hombre revistió;
Cuando por nosotros se entregó
el Salvador. [Coro]
Letra: William Reed Newell, (1895)
Música: Daniel B. Towner (1895)
Traductor: George Paul Simmonds (1890-1991)
Este himno, que en su origen se denominaba “At Calvary”, fue compuesto a finales del siglo XIX. Su letra en español, aunque algo diferente, nos identifica a la mayoría de los mortales, y específicamente a los cristianos, en algún momento de la vida.
¿Quién, incluso entre los cristianos más entregados, no ha tenido una época en que ha estado sumido en lo que el Peregrino de John Bunyan denominaba: “Feria de las Vanidades” (por la que todos los que iban hacia la patria celestial debían de pasar)? En ese lugar, símbolo del mundo, las personas permanecían durante un tiempo más o menos largo, o toda su vida, dependiendo de lo distraídos que estuvieran. La vida discurría en ocasiones de manera pausada, a veces con sobresaltos, otras con buenos tiempos lúdicos o con tiempos de sufrimiento, pero siempre sometida a la inmisericordia de los que les rodeaban. Cuanto antes se saliera de esa feria, tantas más posibilidades había de no perder el camino correcto hacia la patria celestial, objetivo final de Cristiano.
Todo el himno es un reconocimiento de la gracia de Dios manifestada a través de su Hijo Jesús, quien se ofreció como propiciación, como pago, para redimirnos del pecado y de la muerte eterna. Es la cruz, el calvario, lo que nos ha permitido librarnos de ese destino fatal.
El autor de este himno comienza reflexionando acerca de que durante años vivió en vanidad, es decir, en un estado de arrogancia, presunción y amor excesivo hacia uno mismo, manifestado por un deseo de reconocimiento y admiración por parte de los demás, a menudo basado en la apariencia física o logros externos.
En este estado se puede estar mucho tiempo, sin reconocer a quien lo dio todo por nosotros, el Salvador. Y, francamente, viendo hoy la sociedad se percibe un estado semejante de ignorancia e indiferencia por la obra de Cristo.
El apóstol Pablo se enfrentó a los habitantes de Listra que querían adorarle cuando Dios sanó a un cojo a través de él, diciéndoles que de tales “vanidades” deberían convertirse al Dios vivo (Hechos 14:15).
En el coro, el autor reconoce que la gracia de Dios le dio el perdón de los pecados y la paz que necesitaba.
La segunda estrofa confirma el papel de la Palabra mediante la cual se puede identificar el pecado que mora en nosotros, que en definitiva es la ausencia de obediencia a Dios. La mirada de fe al Salvador, a la cruz, es la que liberta. Pablo también insta a considerarnos muertos al pecado, pero vivos para Cristo (Romanos 6:11).
Una vez entregada el alma al Salvador, no resta más que servirle como al Rey que es, y hacerlo no solo por un tiempo sino por la eternidad.
El autor del texto fue William Reed Newell (1868-1956), un reconocido exégeta, siendo tan buen maestro que cientos de personas acudían a escucharlo en todos los lugares donde enseñaba. Había nacido en 1868 en Ohio (Estados Unidos) y después de graduarse en los seminarios de Princeton y Oberlin pastoreó una iglesia hasta 1895, año en que escribió este himno.
Fue invitado por el gran evangelista Moody para trabajar en el Instituto Cristiano Bíblico que había iniciado poco antes colaborando estrechamente con R. A. Torrey, otro gran evangelista y maestro. Trabajando en este Instituto, Newell daba sus clases con notable éxito y escribió sus conocidas y valoradas obras: Romanos versículo a versículo, Hebreos versículo a versículo y El Libro del Apocalipsis.
Newell fue un hombre que comprendió con notable claridad la magnitud de la gracia de Dios a través de Cristo, y fue capaz de trasmitirlo no solo a su generación sino también a las siguientes. Hoy este himno nos invita a contemplar la gracia salvadora de Dios a través de Cristo, quien nos perdonó, nos amó, nos sacó del mundo de vanidad en el que estábamos inmersos y nos adoptó como hijos suyos, ¡qué asombro!
La música pertenece a Daniel Brink Towner (1830-1919), nacido en Pensilvania (Estados Unidos), quien fue compositor de más de 2000 himnos, profesor universitario y director de música. Desde muy pequeño mostró una sensibilidad extraordinaria para el canto, poseyendo una voz que emocionaba.
El traductor al español fue George Paul Simmonds (1890-1991), quien nació en San Francisco (California- USA), de padres que para aquella época eran bastante mayores, pues su madre tenía 39 años. Fue muy precoz en su inclinación a la vida espiritual y musical, pues con tan solo cuatros años cantaba himnos con gran entusiasmo y devoción; con diez sintió el llamado a ser misionero y se consagró a ello cuando se casó a los 23 años. Su primer destino fue Ecuador, involucrándose en la evangelización en varios países sudamericanos y colaborando con las Sociedades Bíblicas de estos países. Posteriormente pastoreó varias congregaciones hispanas en los Estados Unidos. Una de sus facetas más importantes fue la traducción de himnos, hasta 800, y cantos corales, que aún hoy son cantados en todo el mundo hispano. Compuso algún himno también, como el conocido “Los que somos bautizados”. A veces, en sus publicaciones usaba seudónimos como G. Paul S., J. Paul Simon, o J. Pablo Simón. Cuando falleció tenía 101 años y aún estaba activo. Su vida fue larga y bien plena.
En definitiva, este himno es un reconocimiento explícito de la vida del pecador alejado de Dios. Al admitir el pecado se recibe el deseo de ir a la cruz y recibir el perdón otorgado por Cristo, librándose del pecado y alcanzando la paz y la gracia que nuestro Dios otorga a quienes se acercan a Él con fe.
Desde ese momento, el hombre puede continuar la vida con paz, sabiendo que Jesucristo saldó la cuenta que había contra nosotros. Él pagó el precio mediante su sangre derramada en la cruz, y obtuvo el perdón de Dios para nosotros. Se hace realidad el texto de Romanos 5:1: Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo. No dejemos de acercarnos a la gracia del Calvario. Para nosotros es gratuita, para el Hijo de Dios no lo fue.