¿Estamos aprovechando los privilegios que Dios nos da?
Cada mañana Dios nos otorga 24 horas, 1,440 minutos, y nos da la oportunidad de administrar bien ese tiempo para la eternidad. Tenemos libertad para aprovechar el tiempo que el Señor nos da por Su gracia, sabiendo que desconocemos cuál será su duración.
Debemos ser conscientes de que todo cuanto hagamos aquí, tendrá repercusiones en esta vida presente y para la eternidad. Cada día acarrea demandas diferentes que nos obligan a tomar distintas decisiones. Todas tenemos una voluntad de la cual surgen las resoluciones. Está en nosotras el ejercer el discernimiento necesario para darnos cuenta del momento oportuno que Dios nos concede para actuar acorde con Su voluntad.
Desde la eternidad, Dios tiene determinado un plan para nuestra vida. El apóstol Pablo lo llama: “la buena obra”. Hablándole a los hermanos en Filipos, les dice: “Estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6). Esa “buena obra”, incluirá múltiples oportunidades para servirle y servir a otros, para glorificar Su nombre y para ser instrumentos de bendición a muchos.
En la Biblia, encontramos casos en los cuales Dios ofreció el tiempo y el momento oportuno para hacer algo; pero lamentablemente no fue aprovechado, perdiendo el sujeto la oportunidad de recuperarlo después.
Esaú, el hijo de Isaac, no apreció su condición de primogénito, ni la parte de la herencia que le correspondía y, sobre todo, las promesas divinas hechas a Abraham y a su descendencia. Hizo un trato con su hermano Jacob, ¡le vendió su primogenitura! Luego come, bebe, se levanta y se va, inconsciente de la incalculable pérdida que había sufrido en un instante, “por una sola comida” (Hebreos 12:16). Sacrificó todo su porvenir. Además, fue como decirle a Dios: “Tus dones más preciosos no tienen más valor que esas lentejas para calmar mi hambre” (Génesis 25:32-34). Posteriormente, se sintió triste por la decisión tomada, por haber perdido la doble porción del primogénito (Génesis 27:34); pero ya era tarde… “fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas” (Hebreos 12: 17b).
En su infinita sabiduría, Dios tiene un tiempo, un momento específico para llevar a cabo una obra determinada con cada uno de los que le conocen. La primogenitura es figura de un privilegio:
Quizás hayamos tenido la ventaja, el privilegio, de pertenecer a una asamblea donde se enseña y practica la sana doctrina bíblica, donde las oportunidades para servir al Señor y a los hermanos abundan, pero hemos desaprovechado el tiempo no valorando las puertas abiertas para honrar el nombre del Señor y ser de bendición a otros…
Es una distinción ser hijas de Dios por haber puesto nuestra fe en la obra redentora del Señor en la cruz del Calvario, ¿hemos tomado en cuenta las muchas coyunturas que Él nos ha brindado para hablarles a otros de este don inmerecido?…
¿Y qué del privilegio de tener en nuestras manos la Biblia, la Santa Palabra de Dios? ¿Y de ser morada de Dios mismo en la persona del Espíritu Santo en nosotras? ¿Lo valoramos reverentemente? ¿Cómo está nuestro tiempo devocional con el Señor? ¿Preferimos gastar 3 horas, muy entretenidas, frente a la T.V. en vez de 1 hora leyendo Su palabra y elevando nuestro corazón en oración a Él? ¿Qué tanto entusiasmo produce en nuestros corazones la expectativa de reunirnos con nuestros hermanos para el estudio de la Palabra y la oración?…
A Esaú, el apóstol le llama “profano” (Hebreos 12:16 a), esto significa del mundo común (del latín profanus, “fuera del templo”). C. H. MacKintosh nos dice: “De la experiencia de Esaú aprendemos que un “profano” es una persona que a la vez quiere poseer el cielo y la tierra, y disfrutar del presente sin perder el derecho al futuro”. Cuando damos prioridad a las cosas mundanas, perdemos muchas bendiciones espirituales.
Cuando nuestro Señor estuvo aquí en la tierra, un joven muy rico y principal entre los judíos se le acercó con un interrogante espiritual: “Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna?” (Mateo 19:16). A pesar de ser un conocedor de la ley de Moisés y esforzarse por obedecerla, este hombre no tenía la menor idea de su estado de perdición, ni de los recursos que la gracia de Dios disponía para su estado. Ante el ofrecimiento del Señor de adquirir riquezas mejores y duraderas en el cielo, si le seguía (pues, solamente Jesús podía sacarlo de ese estado y llevarlo a la felicidad eterna), su inmensa fortuna le impidió ver más allá. Prefirió sus riquezas antes que a Jesús y la vida eterna. Se marchó triste, tal vez para siempre, perdiendo así la oportunidad de disfrutar de la compañía presente y eterna de Aquel que lo amaba.
Cuando el apóstol Pablo fue llevado a comparecer ante el imperio romano, tuvo la ocasión de dar testimonio de su fe en el Señor Jesús. Frente a uno de los gobernadores llamado Félix, al oír a Pablo hablar de la justicia, el dominio propio y el juicio venidero, respondió aterrado: “Por ahora vete, cuando tenga oportunidad te llamaré” (Hechos 24:25). El espanto de Félix era comprensible. La historia nos enseña que la mayor parte de los gobernadores romanos se entregaban a toda clase de inmoralidades. Su espanto podría haberle sido útil, si hubiera comprendido que su conducta estaba lejos de ser justa y que sería algo terrible comparecer así ante Dios el Juez justo. Podría saber también que Jesús había venido para llevar el juicio sobre sí, en lugar de recaer sobre aquellos que eran culpables. Pero, era menester quedarse sumiso, pues de esta manera la Palabra podría haber operado en su alma un arrepentimiento para salvación, llevándolo a disfrutar del perdón de sus pecados. Félix detuvo este trabajo de conciencia, pues la luz divina le produjo miedo. Prefirió seguir gozando de los deleites temporales del pecado. Es de temer que el momento para volver a escuchar a Pablo nunca volvió. El apóstol le dejó la responsabilidad de haber oído la verdad y no haber actuado en consecuencia.
Cada precepto que el Señor nos permite conocer de Su palabra, es una oportunidad que debemos aprovechar con un oído atento, un corazón humilde para atesorarla y una voluntad quebrantada para obedecerla.