Pide a Dios que te muestre lo que está oculto a tus ojos y lucha con fuerza …
Sabes perfectamente cuál es tu punto débil (bueno, uno de ellos, para ser realista…). Lo sabes porque te conoces bien. Te pueden las redes sociales (por ejemplo), no puedes parar, te enganchas fácilmente a cualquiera de ellas: Instagram, TikTok, X, Facebook, Youtube… Esta mañana te has levantado de la cama seguro de que hoy será diferente, hoy no vas a sucumbir. Lo tienes claro, lo has decidido. Vas a conectar tu móvil, sí, pero solo porque necesitas estar alerta ante llamadas o mensajes de trabajo… Lo conectas y lo dejas lejos de ti, con sonido, por si hay algo urgente que debas responder, y vas a por tu café de la mañana, allí, a la cocina, lejos de él… Entonces, suena… y tú sabes que ese sonido no corresponde a nada relacionado con tus obligaciones; esa publicación nueva te está llamando, alguien te ha mencionado, alguien ha subido algo y tú no lo has visto aún, algo se está cociendo y tú no estás al día, y… vuelta a empezar. Igual que ayer, igual que antes de ayer, igual que hace una semana, un mes o un año. Porque, con estas cosas no valen las medias tintas, no valen para nada en absoluto, y Jesús ya lo sabía. Es cierto que no existían las redes sociales, pero hay algo que no ha cambiado en absoluto desde entonces: El corazón humano, y Jesús lo sabía, Jesús lo sabe.
En su radical discurso del monte, Jesús habla con asombrosa rotundidad del peligro que tienen los deseos del corazón humano. Puede que no tengas problema alguno con las redes sociales, pero sabes perfectamente, porque te conoces bien, qué es aquello que te atrae de manera irresistible hasta que te atrapa. Jesús, en su sermón para los Ciudadanos del Reino habla del deseo sexual (quizá una de las atracciones más fuertes que puede experimentar el ser humano, seguramente por eso Jesús lo toma como ejemplo), y dice: “Por lo tanto, si tu ojo —incluso tu ojo bueno (¡me encanta como lo traduce esta versión!)— te hace caer en pasiones sexuales, sácatelo y tíralo. Es preferible que pierdas una parte de tu cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno. Y si tu mano —incluso tu mano más fuerte— te hace pecar, córtala y tírala. Es preferible que pierdas una parte del cuerpo y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno” (Mateo 5:29–30 NTV). ¿Puede haber una forma más clara y contundente de decir lo que Jesús está queriendo que entendamos? Creo que no muchas. Si algún miembro de tu cuerpo, el que sea, te esclaviza, te arrastra por el deseo a cometer ese pecado una y otra vez ¡¡anúlalo!! Aunque sea “el bueno”. ¿Qué está queriendo decir Jesús con este lenguaje tan descriptivo? Pues que quitemos el poder de todo aquello que nos arrastra al pecado. Quizá tendrás que darte de baja de todas las redes sociales, quizá tendrás que dejar de ver tanta televisión o tantas plataformas, quizá tendrás que limitar ciertas compañías, ciertas bebidas, ciertas comidas, ciertos lugares, ciertas lecturas… Tú sabes qué es aquello que tienes que “arrancar” de ti y tirarlo.
Como dice Santiago: “La tentación viene de nuestros propios deseos, los cuales nos seducen y nos arrastran. De esos deseos nacen los actos pecaminosos, y el pecado, cuando se deja crecer, da a luz la muerte” (Santiago 1:14–15 NTV). Y muere la vida que te da la relación íntima y fluida con Dios, porque el pecado impide que Su savia viva te llegue a ti, pámpano de esa Vid Verdadera. Sin embargo, cuántas veces te engañas a ti mismo diciéndote que en realidad no estás tan atado, que puedes dejarlo cuando quieras, que puedes con ello. Jesús sabe que no es así y avisa: Tienes que cortar de raíz y tirarlo. Porque el deseo seductor y tirano puede llevarnos, siguiendo el ejemplo que usa Jesús “a mirar con pasión sexual a una mujer (o a un hombre), cometiendo ya adulterio con ella (o con él) en su corazón” (Mateo 5:28 NTV). Cuando nos dejamos llevar por nuestros deseos pecaminosos, todo se rompe, todo se estropea, todo se pudre. Nuestros deseos desordenados a veces pueden, incluso, llevarnos a quebrantar nuestras solemnes promesas matrimoniales y, abandonando a quien prometimos ser fieles hasta la muerte, emprender una huida hacia adelante buscando encontrar otro vínculo matrimonial que se ajuste más a lo que deseamos. Y todo se rompe, todo se estropea, todo se pudre… Sobre esta triste realidad también el Maestro enseña en su sermón (Mateo 5:31-32).
No, dejar que el deseo campe a sus anchas por nuestra vida no es recomendable. Hemos de actuar con disciplina y contundencia, como Jesús nos indica claramente, porque “El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?” (Jeremías 17:9) ¡Qué triste que seamos capaces de sacrificar tantas cosas por tener un cuerpo 10 y no nos esforcemos lo más mínimo para cuidar nuestros corazones! Con cuánta sabiduría nos avisa también el libro de Proverbios: “Sobre todas las cosas cuida tu corazón, porque este determina el rumbo de tu vida” (Proverbios 4:23 NTV).
Mañana, cuando te levantes, vuelve a la lucha, sigue “cortando de ti” aquello que te hace caer, sin misericordia, con franqueza. Pide a Dios que te muestre lo que está oculto a tus ojos y lucha con fuerza, sabiendo que con Él de tu parte, el final de la batalla será la victoria. Es lo que Jesús espera de un Ciudadano del Reino.