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La mamá y el niño: Enseñando hábitos espirituales: Compasión y empatía

¿El porqué de nuestra compasión hacia otros? Porque hemos recibido la gracia inmerecida de Dios…

En estos últimos dos artículos hemos recalcado la importancia de establecer hábitos espirituales para no solo transmitirles a nuestros hijos valores y principios bíblicos, sino para brindarles herramientas necesarias para su crecimiento espiritual. Un hábito no es algo que aprenden casualmente, sino que implica un esfuerzo intencional de nuestra parte para enseñarlo, ayudarle a practicarlo, para que a través de repetidas y consistentes acciones pase a ser parte integral de su manera de ser.

La compasión y la empatía son dos caras de una misma moneda, van de la mano, no son cualidades innatas de la personalidad, sino que son aprendidas a través del ejemplo y la enseñanza de nuestros padres; son rasgos de madurez. Lo triste es que en nuestra sociedad actual una gran porción de adolescentes y aun de jóvenes adultos, no han aprendido el altruismo de amar al prójimo, y la compasión y empatía para actuar maduramente; viven todavía en esa burbuja egocéntrica en que creen que “sus derechos”, “su felicidad” y “su nivel de confort” es lo que merecen, nada más importa. El niño es por naturaleza egocéntrico; «Yo, yo, yo» y «Mío, mío, mío» son los vocablos típicos que escuchamos cuando estamos con ellos. ¿Cómo podemos ayudarles en este proceso de maduración para incluir al prójimo, al “nosotros” y “tuyo”, y no fomentar la creación de esta burbuja egocéntrica que no le permitirá cambiar?

En sus primeros años de vida, el niño está seguro de que el mundo gira alrededor de él y todos a su alrededor están para servirle, y es por un lento proceso de aprendizaje y esfuerzo propio que logra tener consideración por otros. Según el psicólogo francés Jean Piaget, el niño menor de cinco años es egocéntrico a tal punto que su foco de atención es sus propios intereses y necesidades, y le es muy difícil ser sensible hacia los demás.  Entre los cinco y nueve años, el niño comienza a tener interés en hacerse de amigos, y le es más fácil prestar y compartir sus cosas si esto le trae amistad como recompensa, pero su empatía sigue siendo inconsistente ya que no se da cuenta muchas veces cuán crueles pueden ser sus palabras y cómo lastiman a los demás. El adolescente, cuyos cambios físicos y emocionales lo vuelcan nuevamente hacia sí mismo, tiende a volver a ese egocentrismo y suele estar más interesado en cómo lo ven otros que en la consideración del otro y sus necesidades. Cómo les enseñamos dependerá entonces de la edad del niño y de su etapa de desarrollo.

          De 1 a 5 años – Durante estos años, el aprendizaje tiene que ser a través de límites y reglas que le enseñan la manera apropiada de comportarse con otros.  Debemos ser flexibles y pacientes, y cuando sea posible “prevenir”. Por ejemplo, si hemos invitado a una familia con niños a nuestra casa, sabiendo que jugarán con sus juguetes, podemos ayudarle al guardar aquellos juguetes preferidos que le cuesta más compartir y separar juguetes con los cuales todos pueden jugar. Tendremos también que controlar que tomen turnos e insistir en que tienen que compartir. Ir enseñándole también a reconocer emociones en otros: por ejemplo, “Tu hermanito está llorando porque está triste, un abrazo tuyo le ayudará a sentirse mejor”; “Aquel nuevo niño en la iglesia va a estar en tu clase de Escuela Dominical, seguramente va a sentirse un poco asustado y solo, ¿qué te haría sentir mejor a ti si estuvieras en su lugar?”; y no solo para que se muestre amigable, sino también para ayudarle a ver la perspectiva de otro y ver cómo sus sentimientos son parecidos en situaciones similares. Siempre debemos alabarles cuando comparten, cuando muestran amabilidad y cuando muestran contrición, si se dan cuenta de que han actuado egoístamente.

Modelemos aquella conducta que queremos que aprenda; por ejemplo, si vemos que una persona mayor necesita ayuda porque ha extraviado algo que se ha caído, podemos explicarle que lo amable sería ayudarle a buscar y recoger lo que no puede alcanzar, y hagámoslo juntos. Cuando leemos historias en libros o ven ilustraciones en revistas que muestran niños en distintas situaciones, ayudémosle a imaginar qué es lo que están pensando y sintiendo, y por qué.

          De 6 a 11 años – Los niños a esta edad muestran menos ansiedad cuando alguien usa algo suyo, y empiezan a valorar más las amistades que las posesiones. Pero su egocentrismo no ha sido totalmente erradicado y se manifiesta a veces en intercambios verbales hirientes: “Tú no eres más mi amigo”, “No te voy a invitar a mi fiesta de cumpleaños”; o cuando un grupito de amigos siempre excluye a un niño en particular, sin importarle cómo lo está lastimando emocionalmente. Cierta inconsistencia es normal, ya que es difícil para ellos ser considerados todo el tiempo, pero si nuestro hijo habitualmente actúa de esta manera inconsiderada e hiriente, necesitamos hacerle ver las consecuencias de su conducta. Ayudarle a entender, a través de preguntas más profundas, a ver la perspectiva del otro y cómo debe sentirse al ser excluido o rechazado. Hagámosle ver actuando situaciones similares a la que le hemos corregido, y preguntándole cómo se sintió cuando le dijimos, por ejemplo, que no podía jugar y lo excluimos de alguna actividad divertida. Pongamos límites a su comportamiento, no permitámosle que hable a su amigo o a nosotros en tono inadecuado. Jesús mismo, en la parábola del buen samaritano, utilizó una historia para enseñar compasión y amabilidad (Lucas 10:25-37); estudiémosla con él preguntándole por qué los dos primeros personajes no ayudaron, cómo mostraron su egoísmo y falta de compasión, y cómo puede él mostrar el amor de Jesús a otros tal como lo hizo el buen samaritano.

Otra cosa que podemos hacer es: los domingos, después del almuerzo, que cada miembro de la familia cuente a los demás, situaciones de la semana pasada en que notaron cómo alguien se sentía, o se dieron cuenta de alguna necesidad, y cómo ayudaron con algo que dijeron o hicieron por esa persona. Seamos prontas para alabar, e incluso podemos tener algún tipo de premio o «condecoración» para aquel que ha mostrado la «Mayor Empatía».

          De 11 a 17 años – Cuando el niño llega a los once años ya tiene un sentido de identidad personal, sabe cómo comportarse en público y qué es lo que esperamos de él (ya sea que lo haga o no). Pero tan pronto como se siente seguro de su identidad y de cómo funciona el mundo a su alrededor, las hormonas empiezan a causar revuelo en su interior y necesita volver a aprender quién es y cómo va a funcionar… nuevamente se vuelve egocéntrico.

En esta etapa turbulenta, es importante que nos esforcemos por entender, respetar y mostrar interés en su nueva percepción de sí mismo y del mundo que lo rodea. Para ayudarles a proponerse metas y a incluir en éstas objetivos fuera de su propio yo, los autores Richard y Linda Eyre sugieren que hagamos un hábito de cada mañana decidir con ellos, tres metas simples para ese día.  Primero: qué es lo más importante que debe hacer para el colegio (un examen, una tarea, etc.).  Segundo: qué es lo más importante que puede hacer para sí mismo ese día (comer bien, hacer ejercicio, etc.). Tercero: algo específico que puede hacer para otra persona ese día (ayudar a su hermano/a con algo; ser amigable hacia un compañero escolar poco popular; elogiar a alguien; ayudar a un vecino anciano…).  Estas tres simples preguntas pueden ayudarle al adolescente a poner su mente por encima de sus preocupaciones e inseguridades. Además, el hacer una cosa importante cada día en cada área, nos dará varias oportunidades para animarle.

Esta etapa también está marcada por el razonamiento abstracto, formación de convicciones y, además, intensa presión de su grupo de pares para conformarse a sus normas. Es por eso que necesitan mucha enseñanza en este área de la compasión, y valentía para actuar en contra de la corriente. Recalquemos frecuentemente el porqué de nuestra compasión hacia otros: porque hemos recibido la gracia inmerecida de Dios. El aprendizaje de versículos bíblicos le ayudará a tener recordatorios internos de cómo debe actuar. Por ejemplo, 1ª Pedro 3:8; Miqueas 6:8; Romanos 12:15. Además de la historia del buen samaritano, estudiemos junto con ellos el pasaje de Mateo 18:21-35. Que sus convicciones sean moldeadas por la Palabra de Dios. Si es posible, démosle oportunidades de servir a otros, ya sea ayudando a alguien menor con sus dificultades escolares, participando en actividades de índole misionera, sirviendo en la iglesia o en campamentos. Que aprendan la importancia de ser prontos para observar las necesidades de otros y estar dispuestos a ser de ayuda.

Nosotros también, como adultos, tenemos cierta cantidad de egocentrismo y un área en que este suele hacerse obvio es en el valor que le damos a «nuestro tiempo» y cómo nos molesta si creemos estar «perdiendo el tiempo». Cualquiera sea la edad de nuestros hijos, el mejor regalo que podemos darles es nuestro tiempo, nuestra total atención, ya sea ayudándole a través de las actividades que hemos propuesto, compartiendo experiencias, o simplemente escuchándolos. Al modelar y ser buenos ejemplos de compasión y empatía hacia ellos, les estamos ayudando a incorporar como propios estos dos hábitos espirituales. 

G. Elisabeth Morris de Bryant

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