El amor es una actitud seguida por un comportamiento apropiado
Hoy en día, más que nunca, nos encontramos con matrimonios en los que la mujer tiene carácter más fuerte que el esposo; es extrovertida, super activa, y siempre dispuesta a tomar la iniciativa o a empujar a su marido a alguna actividad.
En cambio, muchos son los hombres que tienden a ser pasivos en el hogar, y prefieren cooperar antes que tomar iniciativas; el liderazgo no parece ser algo natural o espontáneo en ellos. Ante este contraste de personalidades, ella se pone la capa de supermujer y trata de doblar sus esfuerzos. Se da cuenta de que algo no va bien, e intenta cambiar la personalidad de su esposo; algo tan irreal como enseñar a una tortuga a volar.
Si bien es cierto que no puedes cambiar a tu marido, ni él a ti, también es cierto que sí puedes ejercer influencia sobre él. Porque somos criaturas gregarias, nos relacionamos y recibimos influencias de otros. No hablamos de manipulación, eso nunca funciona, porque en el momento que tu esposo se dé cuenta de que tratas de ejercer control sobre él, se rebelará, ya que a nadie le gusta ser controlado.
Las actitudes afectan las acciones
Tu actitud influirá en tu comportamiento. Tus actitudes positivas o negativas hacia la vida, las personas y las situaciones, determinarán tus acciones y reacciones. Podemos escoger nuestras actitudes; tú eliges ejercer una buena influencia sobre tu marido… o todo lo contrario. En la Biblia quedaron registrados ejemplos de mujeres que fueron de bendición y ayuda a sus esposos, y otras que, en cambio, fueron mala influencia para ellos. Tomemos dos ejemplos. Se dice de Jezabel: “A la verdad ninguno fue como Acab, que se vendió para hacer lo malo ante los ojos de Jehová, porque Jezabel su mujer lo incitaba” (1Reyes 21:25). En contraste absoluto, leemos de Priscila que su influencia fue tan magnífica que transmitió a su esposo estímulo, aliento, capacidad para afrontar momentos muy difíciles ayudando al apóstol Pablo, durante varios años, en su misión. Su influencia fue de tanta ayuda y bendición, que ha quedado plasmada en la historia sagrada como una mujer extraordinaria, y su matrimonio como un ejemplo digno de ser imitado.
En todos los matrimonios, los cónyuges se influyen mutuamente, y las actitudes de ambos, positivas o negativas, determinan sus reacciones y acciones.
Tomemos un ejemplo común: el marido llega a casa, besa a su mujer y le dice: “Te he extrañado hoy”, o palabras parecidas.Él está influyendo en ella de manera positiva. Pero cuando el esposo entra en el hogar y va directamente al ordenador (o computadora), el teléfono o el televisor, sin prestar atención a su mujer, su influencia seránegativa. Ahora bien, tú puedes responder en dos formas diferentes a esta última situación. No te dejes guiar por tus emociones porque son fluctuantes y responden al estado de ánimo de ese momento. Si permites que tus emociones negativas controlen tus acciones, empeorarás la situación con una acción negativa, aunque sea pasiva, es decir, no haciendo nada pero permitiendo llenar tu mente de pensamientos negativos que producirán una raíz de amargura que, en algún momento, se traducirá en acciones o palabras que producirán tirantez. En cambio, una actitud positiva te llevará a una acción correcta como, por ejemplo, tomar la iniciativa de ir a saludarlo con palabras cariñosas. Es maravilloso el cambio que se va produciendo en el esposo ante estas actitudes de su esposa que la llevan a actuar con amor. Igual reacción se ve cuando él tiene actitudes positivas que le conducen a obrar como un marido amoroso.
Pero recuerda que el cambio siempre es un proceso que lleva tiempo, meses, y, a veces, años. Piensa que el único cambio que puedes controlar es el que tú haces. El de tu cónyuge se producirá como fruto de tu paciencia, la oración y el amor.
Las palabras influyen
Muchos de los problemas en la relación tienen que ver con no haber aprendido el poder de las palabras como herramienta de influencia, tanto para construir como para destruir. El sabio Salomón va aún más lejos al decir en Proverbios 18:21: “La muerte y la vida están en poder de la lengua”.
Dos frases nos pueden servir de ejemplo:
“Ya era hora de que lo hicieras; ya estaba cansada de decírtelo” (actitud negativa).
“Muchas gracias por repararlo, la verdad es que ahora va a funcionar” (actitud positiva).
Los cumplidos, las palabras que transmiten apreciación y gratitud, motivan poderosamente para desear seguir colaborando en aquello que la persona amada desea, mientras que las palabras de reproche producen actitudes completamente contrarias.
Al hablar de cumplidos verbales no me estoy refiriendo a adular a la persona para obtener algo. El objeto del amor no es tener algo que tú quieres, sino hacer algo para bien del que amas.
Derribando el muro
Muchas veces escucho de parte del hombre: «Ella critica mi trabajo, me humilla delante de los niños con sus palabras”; y de parte de la mujer: “Él está casado con su trabajo, y no tiene tiempo para mí”. Cada uno apunta el dedo a lo que el otro ha hecho para hacer que el matrimonio sea miserable. Al cabo de los años, este hábito de echar la culpa al otro ha levantado un muro de actitudes rencorosas entre ellos; un monumento al egocentrismo; y una barrera a la intimidad del matrimonio. El muro puede ser derribado, pero requiere que ambos admitan que han fallado el uno al otro, pues ninguno de los dos es perfecto.
Reconocer nuestras imperfecciones es sencillamente admitir que somos humanos. Pedir perdón es una de las actitudes más liberadoras. Aunque al principio tú seas la única que reconozcas aquello que pudo dañar las relaciones en tu matrimonio, estás comenzando a derribar el muro. Persevera, ora y espera en el Señor. Tú has hecho tu parte, Dios hará lo demás. Has plantado la idea de que el futuro será diferente, has abierto un camino a la esperanza.
El cónyuge inseguro
Quizás tu esposo tiene áreas en su vida que están escondidas -áreas con ese potencial que Dios ha puesto en él-, que están esperando esas palabras de estímulo para salir a la luz. Otra vez tengo que aclarar que no me refiero a presionarle para que haga lo que tú quieres, o desearías que él hiciera. Estoy hablando de animarlo a desarrollar el interés en aquello que sabes que él puede hacer porque, quizás, ya lo ha hecho alguna vez y tú te has dado cuenta de que es uno de sus dones o habilidades. Menciónale con amor y entusiasmo todo aquello, por pequeño que sea, que viste en lo que él hizo o dijo en aquella ocasión, y anímalo a repetir la experiencia.
Para animar necesitas empatía, o sea, sentir lo mismo que siente el otro, con la misma intensidad, y ver qué es lo importante para la otra persona.
El amor es una actitud
Para poner a funcionar el amor como el arma más poderosa en el matrimonio, debes dejar de pensar que es una emoción, porque las emociones son fluctuantes. El amor es una actitud seguida por un comportamiento apropiado. El amor dice: «Elijo mirar por tus intereses, ¿qué puedo hacer por ti?»; Y se expresa en acción. Lo bueno es que, como el amor es una actitud, puede ser aprendido. Así lo manifiesta el apóstol Pablo al decirle a las mujeres mayores que enseñen a las más jóvenes a amar a sus maridos (Tito 2:3).
Tus actitudes y acciones pueden estimular emociones en tu esposo. Encontrarás que tu amor crecerá tanto en acciones como en emociones. Así, para una relación matrimonial que se ha vuelto fría, siempre hay esperanza; porque siempre existe la opción de amar de verdad.