El Señor Jesús no sólo es la puerta abierta para nuestra salvación…
Las puertas nos abren caminos a lugares permitidos, pero también nos señalan límites de acceso, garantizando privacidad y seguridad en los espacios. Cuando observamos una puerta abierta, inmediatamente sabemos que no hay restricciones para acceder al lugar deseado. En la antigüedad, las ciudades fortificadas y los palacios tenían una o varias puertas que permitían la entrada y salida de sus habitantes y que impedían, en casos necesarios, la penetración del enemigo. Hoy las ciudades no tienen puertas, pues nos hemos convertido en una inmensa aldea global.
En los días del fiel Nehemías, cuando el pueblo judío se encontraba en el exilio bajo el gobierno del imperio Medo-Persa, la Biblia nos relata que mientras este hombre temeroso de Dios servía al rey, recibió una noticia que apesadumbró su corazón: “los muros de la ciudad de Jerusalén permanecían en ruinas y sus puertas quemadas a fuego” (Nehemías 1:3). El informe le causó mucha tristeza, porque esto no solo implicaba falta de protección para la ciudad, sino también para el templo que en estas condiciones era vulnerable a los ataques de los contrarios; pero, sobre todo, era una gran afrenta al nombre de Dios.
Era importante para los devotos judíos restaurar esas puertas, pues ello garantizaba diferentes vías para acceder al servicio y la adoración en el templo. Por ejemplo, la puerta de las ovejas (Nehemías 3:1), por la que entraban a la ciudad las ovejas para el sacrificio, no tenía cerraduras ni barras, por lo que fue la primera en ser reparada. Hay una lección espiritual en ello, nos habla del sacrifico de Cristo en la cruz: “como oveja fue llevado al matadero”. Simboliza la puerta de la salvación, siempre abierta para el pecador.
En el Nuevo Testamento encontramos el uso metafórico de la palabra “puerta”, como el medio de ingreso para la bendición. Nuestro Señor dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo; y entrará y saldrá, y hallará pastos” (Juan 10:9). Dios había abierto la puerta del redil al verdadero Pastor, para hacer salir a Sus ovejas que en Israel estaban bajo la maldición de la ley. Ahora, se necesitaba una puerta para hacerlos entrar en el nuevo estado de cosas: el cristianismo, que no es un redil, sino un rebaño formado por todos los creyentes. Cristo mismo es la puerta. A través de Él se entra. Nadie puede salvarse por otro medio. Se trata de eso, ante todo, porque el hecho de ser un judío no salva, como tampoco el ser un cristiano nominal. Al entrar por esta puerta (Cristo mismo), la oveja puede disfrutar de una plena libertad y una alimentación abundante, como afirma el salmo 23 con tanta belleza: “en lugares de delicados pastos me hará descansar, junto a aguas de reposo me pastoreará. Confortará mi alma, me guiará por sendas de justicia por amor de su nombre”.
Los “delicados pastos” representan las bendiciones espirituales, totalmente concentradas en la persona de Cristo. Fuera de Él, está el desierto árido e inhóspito que no aporta nada para las ovejas. Al lado del verdadero y buen Pastor, las ovejas poseen la vida, el alimento, la libertad y la seguridad.
El Señor Jesús no solo es la puerta abierta para nuestra salvación, también es quien abre las puertas para que podamos servirle por amor. Él abrió la puerta de la fe a los gentiles, para que fuesen salvos por la predicación de Pablo y Bernabé (Hechos 14:27).
El apóstol reconocía que, en el servicio al Señor, Él es quien da las oportunidades y traza la senda para hacerlo bien. Por eso, solicitaba la ayuda en oración a la iglesia en Colosas, para que el Señor abriera puerta para la predicación de la palabra de Dios (Colosenses 4:3), y a los corintios les recuerda que, a pesar de las adversidades, el Señor abría “puerta grande y eficaz” (1 Co. 16:9).
El Señor premia a la iglesia de Filadelfia -pues a pesar de su poca fuerza era fiel en obediencia y amor a Él- abriéndole una puerta que nadie podía cerrar (Apocalipsis 3:8). Esta puerta abierta tenía que ver con la oportunidad para predicar el evangelio, no obstante la oposición de los enemigos de la fe cristiana.
Y para nosotras, hoy día, ¿cuál es esa puerta abierta, la cual nadie puede cerrar? Cuando en todos los aspectos de nuestra vida (relaciones familiares, laborales, escolares, entre vecinos, etc.) retenemos firme lo que hemos aprendido de Cristo, y permanecemos aferradas a Él, descubriremos que ningún obstáculo puede impedir que lo sigamos y testifiquemos de Él.
A la iglesia de Laodicea, tibia e indiferente, quien conservaba su Nombre, pero que en realidad lo mantenía fuera a Él, respecto a su conocimiento completo y total, les hace una invitación personal: “He aquí yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo” (Apocalipsis 3:20).
Si la aspiración de nuestros corazones se despierta hacia Su persona cuando nos recuerda Su amor, entonces, para animarnos, quiere que sepamos que anhela un lugar en nuestro corazón. Está a la puerta y llama. Si oímos Su voz y abrimos la puerta, está dispuesto a entrar. Recordemos que ella se abre desde dentro. Si le dejamos entrar (si abrimos la puerta), penetrará en todos nuestros espacios: nos aconsejará en nuestras dificultades, nos ayudará en nuestras debilidades y nos sostendrá en nuestras aflicciones… pero aún más, nos llevará a cenar con Él.
Nos conducirá por encima de nuestros propios pensamientos, de nuestros fracasos, de nuestro pasado, de las rutinas que nos paralizan. Nos ayudará a comprender Sus pensamientos y deseos, tratándonos como amigos, nos dirá: “Os he llamado amigos, porque todas las cosas que oí de mi Padre, os las he dado a conocer” (Juan 15:15b). Desplegará ante nosotras la gloria del mundo futuro y la bendición aún mayor de la casa del Padre, y así nos llevará a sentarnos con Él, mientras deleita nuestras almas con las cosas invisibles y eternas. Su amor nos ayudará cada día, mediante la fuerza de su Palabra y de su Espíritu.
¡Mantengamos la puerta del corazón abierta sólo para Él!