A medida que el pensamiento se eleva a lo celestial, aprendemos lo que significa andar por fe
En el mundo de los negocios, de los deportes y aun en el ámbito del desarrollo de nuestra vida, a todos nos gusta ser ganadores. Para toda empresa, el lograr ganancias financieras es el marcador del éxito asegurado. Para los deportistas, el alcanzar las metas trazadas implica recibir el galardón soñado. Para el estudiante, conseguir altas calificaciones en las evaluaciones trae gratos sentimientos de autorrealización. Ver a nuestros amigos y seres queridos obtener grandes logros en su vida personal y profesional, sin duda alguna nos llena de mucha satisfacción y alegría; pues es la recompensa luego de grandes sacrificios.
Todos queremos ser ganadores, y no perdedores en la vida. Los logros terrenales son necesarios para sentirnos realizadas y exitosas; pero recordemos que estos son temporales… el paso de los días y las circunstancias pueden cambiarlos.
El Espíritu Santo, por medio del apóstol Pablo, nos describe cómo podemos tener “una gran ganancia” en esta vida; nos dice: “gran ganancia es la piedad, acompañada de contentamiento” (1 Timoteo 6:6). “Gran ganancia”, basada en dos cosas. La primera es la “piedad”, del griego eusebeia de “eu” bien y “sebomai”, ser devoto. Caracteriza una actitud en pos de Dios, que hace aquello que es agradable a Él.
En 1 Timoteo 3:16, Pablo habla del gran misterio de la piedad. “Dios fue manifestado en carne”. Pues, si Dios manifestado en carne es el misterio de la piedad, entonces la piedad en la vida cristiana nos habla de conformarnos a la persona de Cristo. El carácter moral de Él ha de ser visto en la vida de cada creyente; es, por tanto, cuando se observará devoción por las cosas de Dios, amor por lo que Dios ama y rechazo por lo que Él aborrece.
La piedad es una virtud en la que debemos ejercitarnos. Así le exhortaba el apóstol al joven Timoteo: “Ejercítate para la piedad” (1 Timoteo 4:8b). Ella requiere práctica habitual, como ocurre con el ejercicio corporal, el cual ayuda a mantener la salud del cuerpo y aun es útil para el equilibrio emocional. Aunque sus beneficios son limitados, contrariamente a la opinión que prevalece en el mundo hoy. La piedad, en cambio, es útil en todas las cosas. Tiene una promesa: Dios se ocupa de la vida presente de Su pueblo. El Señor nos dice: “No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir (…) vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de todas estas cosas” (Mateo 6: 25,32). Su cuidado es personal: aun los cabellos de nuestra cabeza están todos contados (Mateo 10:30).
Cada promesa fiel de nuestro Dios entrena el alma para encarar el presente con tranquilidad y esperar el futuro sin temor alguno.
Pero, ¿cómo nos ejercitamos en la piedad? Ocupándonos en las cosas divinas y entregándonos por completo a ellas. Motivándonos a conocer la Palabra de Dios y comprendiendo Su voluntad. Es imposible tener una vida piadosa a menos que nos ocupemos de la persona de Cristo. El propósito de todo nuestro estudio es ir de la palabra escrita a la Palabra viva. Buscar en la página escrita a Jesucristo y ver encarnadas Sus verdades en nuestras vidas cada día.
La debilidad de nuestro testimonio a menudo proviene del hecho de que nos dispersamos en demasiadas direcciones. Hemos de aprender a buscar primeramente el reino de nuestro Dios y Su justicia, y Él se encargará de añadir lo que nos falta (Mateo 6:33).
La piedad ajusta nuestras mentes para las “cosas que no se ven”, que son eternas. A medida que el pensamiento se eleva a lo celestial, aprendemos lo que significa andar por fe. Crecemos en el conocimiento del cuidado providencial de nuestro Padre bueno, y comprendemos que no se trata del esfuerzo humano, sino de la gracia divina operando en nuestras vidas. La piedad es buena para el espíritu, el alma y el cuerpo, no solo para el tiempo presente, sino también para la eternidad. En esta vida trae un gozo inefable que disfrutaremos sin límites en la venidera.
El segundo elemento necesario es el “contentamiento”. Es ese contentamiento que no busca sus ganancias en las cosas de este mundo. La cristiana que está contenta en espíritu, sabe muy bien que las cosas terrenales se disfrutan por un tiempo, por lo tanto, tendrá cuidado de no poner su corazón en ellas. Recordará cada día las palabras del apóstol: “Sean vuestras costumbres sin avaricia, contentos con lo que tenéis ahora; porque él dijo: No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Su interés está en las cosas venideras que le han sido prometidas. Está ampliamente complacida de que Dios le haya proporcionado alimento y vestido aquí abajo, y los disfruta con acciones de gracias. Sabe que nada puede llevar consigo de este mundo, adonde nada trajo (Salmo 49:12, Eclesiastés 5:13).
Vivir la vida de piedad en contentamiento, demanda un aprendizaje constante. Pablo mismo da testimonio de ello cuando le escribe a los hermanos en Filipos, diciéndoles: “…he aprendido a contentarme cualquiera que sea mi situación. Sé vivir humildemente, y sé tener abundancia; en todo y por todo estoy enseñado, así para estar saciado como para tener hambre, así para tener abundancia como para padecer necesidad” (Filipenses 4:11-12). Como él, debemos aprender a estar contentas cualesquiera sean nuestras circunstancias: éxitos o dificultades, salud o enfermedad, buen o mal tiempo, ¡estemos siempre contentas con el Señor! El apóstol Pablo podía vivir verdaderamente por encima de las circunstancias, había adquirido esta sabiduría por experiencia y bajo la dirección de Dios.
Toda situación que Dios permite que vivamos lleva enseñanzas para nosotras. Es como lo describe John Nelson Darby: “Si estoy saciado, me guarda de ser descuidado, indiferente y satisfecho de mí mismo; si tengo hambre, me guarda de estar desanimado y descontento”. En todo y por todo, Él tiene lecciones para darnos. Al entrenarnos en la escuela de la piedad, lo haremos con alegría y gratitud porque sabemos que, aunque muchas veces no lo entendamos, todas las cosas obrarán siempre para el bien de los que aman a Dios.
La verdadera ganancia introduce al alma fiel en el goce de la relación con Dios, y encontrará su gloria suprema cuando la disfrute por toda la eternidad, sin ninguna nube que la oculte jamás.