El relato de una experiencia que me hizo reflexionar…
Me senté con cinco papeles y un bolígrafo en la mano, sin pensar demasiado. Cinco cosas que para mí eran importantes, esenciales. Cada una de ellas, la representación de un pedacito de mi vida: familia y amistades, salud, seguridad, conocimiento, sentir que Dios estaba cerca. Cinco palabras en cinco rectángulos de papel, que en unos minutos dejarían de ser míos.
La primera historia que escuchamos fue la de Job. Su vida era perfecta, estable. Pero todos esos bienes, su seguridad económica, desaparecieron de golpe. Mientras escuchaba, miraba el papel que decía “mi seguridad” y sentí un peso extraño en la mano. Cuando me pidieron soltarlo, lo tiré al cubo. Un pequeño acto, pero mi corazón se encogió. La tormenta había tocado lo que más se ve y yo también sentí esa pérdida, aunque fuera simbólica.
El segundo papel era más íntimo: la gente que amo. Familia, amigos cercanos… Aquellos que hacen mi vida cálida y tranquila. Job perdió a sus hijos. No había explicación, no había lección inmediata, solo dolor. Mi corazón se tensó. Respiré hondo y, con un nudo en la garganta, dejé que el papel cayera. La sensación de vaciado es silenciosa, pero intensa. Esas manos que antes sostenían algo precioso, ahora estaban vacías.
Luego vino el tercero: mi cuerpo, mi bienestar y mi salud. Con la cantidad de tiempo que dedico a cuidarlo. Mientras pensaba en esto, escuchaba cómo en ese punto de la historia de Job, las calamidades ya habían tocado todo lo valioso externo y, ahora, el dolor se materializaba físicamente, desde dentro. Al dolor de perder aquellas cosas que te hacen sentir que tu vida está completa, se le añadió el de la enfermedad. Soltar ese papel fue un recordatorio de que no estás al control ni de tu propia salud, por mucho que te esfuerces. Y eso, puede asustar. No quiero ese tipo de sufrimiento en mi vida, de recordatorio diario de lo frágil y efímera que es nuestra existencia aquí. Y, sin embargo, como a Job, nos puede llegar, me puede llegar.
El cuarto papel pesaba en mi corazón de otra manera. Era mi fe que entiende, mi capacidad de comprender o creer comprender el mundo y a Dios, de explicar cómo y por qué las cosas pasan. Es mi tendencia natural y en cierta medida, al menos a mí, saber te da sensación de control, nitidez, seguridad. Pero Job, después de perder tanto, clamaba y no encontraba respuestas. Sus amigos hablaban demasiado, pero Dios guardaba silencio. Soltar ese papel, el del “conocimiento/control”, me hizo sentir la tensión de la duda, la sensación de que a veces nuestra fe se queda muda frente a la tormenta. Y, aun así, cuando cayó el papel comprendí que la fe no desaparece necesariamente por no entender; solo cambia de forma.
El quinto papel era el más difícil de todos. La sensación de que Dios estaba cerca. Mi último pedacito de certeza. Job preguntaba: “¿Dónde estás?”. Tirarlo fue casi un ritual de entrega, un reconocimiento de que incluso cuando sentimos que Dios se aleja, Él sigue siendo el cimiento que sostiene nuestra vida. Mis manos vacías estaban temblando y mi corazón también. Por Job, por sus experiencias, por el miedo a vivir algo así que se despertó en mí, y por ser consciente de que con tocar una sola de las cosas que había echado en el cubo, me tambalearía y caería.
¡Con qué facilidad creo que me derrumbaría!
Después vino el silencio. Un minuto para respirar, mirar mis manos antes llenas, y el cubo… Para sentir el vacío que había dejado cada palabra que solté. En la actividad, era un vacío que me parecía triste, pero me di cuenta de que también era algo más. Era un espacio nuevo, un espacio donde Dios puede entrar. No mi idea de Dios, sino Él por completo y de lleno. Había un espacio enorme para Él donde antes solo había un pequeño huequito insignificante.
Y entonces, llegó el momento de la historia que siempre me deja sin aliento: cuando Dios habla. No con explicaciones largas ni lecciones fáciles. No con teorizaciones pretenciosamente santas, como pudieron hacer los amigos de Job y nosotros mismos muchas veces. No, Dios habla con preguntas: “¿Dónde estabas cuando yo…?”, “¿Quién puso el mar en su lugar?”, “¿Quién da la medida al cielo?”. Preguntas que no eran para avergonzar a Job, sino para que viera lo que todo su dolor le impedía ver. Que el universo entero estaba en manos de Dios, y que Él sostiene, no descansa, incluso cuando parece que está todo perdido. Dios se presentó ante Job y le habló. Con ese gesto de valor inconmensurable, le estaba diciendo: “Eres importante para mí, tanto que voy a hablarte, tanto que voy a dejar que me veas, tanto que voy a ser CONTIGO. Accedo a tu presencia y te permito acceder a mi presencia Santa, porque he visto tu necesidad, tu dolor, tus dudas… y me importas”.
Y esto es lo extraordinario de esta historia. Job no recibió respuesta a todo lo que quería saber y explicar. Dar respuestas a estas cosas, ¿acaso hubiera cambiado algo? A Job le ocurrió algo más que cambió todo: en medio del dolor descubrió que no estaba solo, y que su vida seguía sostenida sobre la Roca.
Ese momento me hizo comprender. Quiero aprender a confiar, incluso cuando tenga que soltar alguno de esos papelitos, incluso cuando alguno de ellos me sea arrancado.
El punto de hoy para mí, y para ti, querida lectora, es que hubo un hombre que construyó sobre la arena, y cuando la tormenta vino, su casa quedó destruida. Pero hubo otro hombre que construyó sobre la roca, y cuando el viento azotó las paredes y la lluvia agujereó el tejado, cuando la estructura se tambaleó y los daños recibidos fueron devastadores, la casa no se derrumbó.
Job quedó herido, pero no derribado, y su historia, antes de que mejorase, me recordó que Dios puede transformarnos mientras duele la vida.
Me pregunto: ¿Sobre qué estamos construyendo nuestras vidas?