¿Está tu corazón gobernado por algo más profundo que las emociones del momento?
Últimamente no dejo de pensar en el peso que tienen mis decisiones. En cómo estas determinan la calidad de mi vida y también la calidad de vida de la gente que me rodea. De cómo las mismas no son un hecho aislado en nuestra vida, sino puntos que conectan toda nuestra trayectoria marcando el rumbo y dirección de nuestra corta existencia en esta tierra.
Y puede que estas solo sean las divagaciones de una chica que apenas empieza a vislumbrar conceptos teóricos que tuvo el privilegio de aprender, ahora como realidades que se desenvuelven ante sus ojos en forma de confirmaciones aplastantes de lo que es verdadero y lo que no lo es. Y es asombroso. Y estremecedor. Y sin duda, algo muy útil que parece que a la mayoría se nos escapa o ignoramos, causando que no seamos capaces de coger las riendas y dibujar el camino porque, simplemente, no estamos entendiendo que nuestra decisión de ayer se conecta con las posibilidades y escenarios de hoy, y las de hoy con las de mañana. A tener esta conciencia y actuar según ella es a lo que en la Biblia se le llama sabiduría.
Hay momentos que parecen pequeños, casi invisibles, pero que terminan definiendo el rumbo de toda una historia o, al menos, de gran parte de ella. Una frase dicha con cansancio, una respuesta dada sin filtro, un portazo que no solo cierra una puerta, sino un vínculo que había sido especial y que años después aún no ha sido reparado del todo…
Y es que no siempre son las grandes decisiones las que determinan nuestra vida. A veces, lo que más pesa son esos segundos entre lo que alguien hace… y cómo elegimos responder.
Aquí van dos conceptos que quiero que analicéis, porque analizarlos me sirve a día de hoy para ser capaz de identificarlos bien en mí misma, y me da más posibilidades de hacerlo bien:
- Reaccionar es instintivo. Es rápido, visceral, automático. Reaccionamos cuando nos pisan el orgullo, cuando nos sentimos inseguras, cuando algo no sale como queríamos. Reaccionamos con palabras que no pensamos, con silencios que castigan, con gestos que hieren. ¿Te suena? ¿Cuándo fue la última vez? ¿No hace mucho, ¿verdad?
- Pero responder —responder de verdad— requiere una pausa. Una decisión voluntaria que no deja que gobierne el sentimiento, sino que se da el espacio para poder hacer lo que es sabio, lo que va a traer el impacto que quieres a tu vida y a la de la otra persona; Un corazón gobernado por algo más profundo que las emociones del momento.
En la Biblia hay una historia que me habla en este sentido. Está escondida entre los libros históricos, y pasa casi desapercibida, pero para mí tiene una fuerza increíble. Se trata de Abigail, la esposa de Nabal, un hombre necio y grosero. Cuando David y sus hombres, después de haber protegido a los pastores de Nabal en el desierto, le piden provisiones, Nabal les responde con desprecio. David, ofendido, reacciona: toma su espada y jura vengarse. Iba a matar a todos los hombres de la casa de Nabal.
Pero entonces aparece Abigail.
Cuando ella se entera de lo que su marido ha hecho y de la furia de David, no entra en pánico ni grita ni se queja de la injusticia de su vida. No se queda congelada ni actúa por impulso. Ella decide pensar y elaborar una respuesta que cambia el transcurso de la historia. Así que ella carga comida en burros, sale al encuentro de David y le habla con sabiduría, humildad y valentía. Le recuerda quién es, hacia dónde va, y lo persuade para que no manche sus manos de sangre. Con palabras serenas, pero firmes, le dice:
“Mi señor, no haga caso ahora de ese hombre perverso, de Nabal, porque conforme a su nombre, así es él… Y ahora, señor mío, vive el Señor y vive tu alma, que el Señor te ha impedido venir a derramar sangre y vengarte por tu propia mano” (1 Samuel 25:25, 26).
David, que venía encendido, reconoce que gracias a ella se evitó una tragedia. Y no solo se detiene, ¡la bendice por su sensatez!
¿Te das cuenta? Una mujer que decidió responder con sabiduría, en vez de reaccionar con miedo o rabia, salvó a su casa… y al futuro rey de Israel, nada menos.
Me pregunto cuántas veces hemos tenido nosotras la oportunidad de ser Abigail, pero elegimos ser Nabal o David antes de calmarse. Y no hablo de conflictos gigantes ni de batallas con espadas. Hablo de esas escenas cotidianas: cuando alguien te ignora, te habla mal, te compara. Cuando tus planes se frustran. Cuando alguien publica algo que te molesta. Lo que elijas hacer en ese instante —si reaccionas o respondes— tiene el poder de construir o destruir. De unir o romper. De dejar paz o abrir heridas. De construir un futuro u otro.
Yo misma he vivido esa lucha más veces de las que quisiera. Recuerdo una noche en que alguien a quien quiero mucho me escribió un mensaje duro. Lo leí tres veces con los ojos llenos de rabia. Tenía la respuesta perfecta, una que daría justo donde más le dolería. Estaba a un clic de enviarla. Pero el Espíritu Santo me susurró algo: “¿Qué historia quieres contar después de esto?”. Y tuve claridad. No quería contar la historia de tener la última palabra, sino la de haber elegido construir un puente con esa persona, que nos acercara y nos hiciera ver de dónde venían nuestras palabras, qué decían de cómo nos estábamos sintiendo y cómo podíamos aprovechar ese momento para unirnos y hacer crecer nuestra confianza mutua. Así que apagué el móvil, oré, y al día siguiente escribí con calma. No fue fácil. Pero fue una de las mejores decisiones de ese año.
No siempre soy capaz, y reacciono equivocándome en incontables ocasiones. Pero guardo esa experiencia en el corazón como una prueba de que lo que pide Dios de nosotros es lo difícil, pero no es arbitrario que lo haga; realmente merece la pena el resultado.
Elegir responder en lugar de reaccionar no siempre se nota en el momento. A veces parece que pierdes, que te tragas el orgullo, que quedas en desventaja o humillada. Pero con el tiempo, cosechas respeto, confianza y paz.
Es una elección que no se hace solo una vez, sino cada día. Y no la haces sola. Dios mismo te ayuda si se lo pides. Él te da dominio propio, discernimiento, claridad. Te recuerda que no necesitas reaccionar como todos, porque tú no eres como todos.
Tú eres hija de un Rey que no reaccionó cuando le escupieron, sino que perdonó. Que no maldijo, sino que bendijo. Que no huyó del dolor, sino que lo redimió.
Hoy, tal vez no puedas cambiar lo que pasó ayer. Pero sí puedes elegir cómo vivir hoy. Puedes pausar, respirar, preguntar: ¿Qué es lo sabio? ¿Qué refleja mejor a Cristo? ¿Esto que voy a hacer crea la historia que quiero contar mañana? Y entonces, aunque tiemble el alma y ardan las emociones… puedes decidir responde