¿Sabes en manos de quién están tus tiempos?
Tal como quieras, Señor, este es mi clamor.
Tal como quieras, el vivir o el morir.
Yo soy tu siervo, Tú lo sabes mejor.
Tal como quieras, Señor, trabajar o descansar.
Tal como quieras, Señor, cualquiera sea:
¿Una vida eterna esperando por mí,
o permanecer aquí a Tus pies?
Tal como quieras, Señor, lo que sea que encuentre.
Imaginaos que descubrís un texto como éste. ¿Qué pensaríais de quien lo ha escrito? ¿Es una persona indiferente a lo espiritual? ¿Es una persona atormentada por el futuro? ¿Quizás una persona que aspira a permanecer en la tierra por mucho tiempo? ¡No! Este pasaje habla de alguien que tiene muy claro en manos de quién están sus tiempos, y que conoce al Señor al que pertenece.
Este escrito iba a ser parte de un himno que pensaba escribir William James Kirkpatrick la misma noche en que murió. Este compositor de himnos de la última mitad del siglo XIX y principios del XX, le dijo a su esposa que se retiraba a escribir un poema para un himno que tenía en la cabeza, antes de que se le olvidara. Cuando su esposa, extrañada por su tardanza en irse a dormir, fue al despacho que William utilizaba, lo encontró muerto, recostado en su escritorio y con este poema inacabado escrito en una hoja.
Verdaderamente esas estrofas indican su estado espiritual de renuncia total a sí mismo. Quizás fue una preparación hermosa al viaje que iba a emprender unos momentos después: “Tal como tú quieras Señor, soy tu siervo”, indica un descanso total en la soberanía de Dios. Un deseo de que Dios tomara su vida para hacer lo que quisiera; bien dejarla aún un tiempo para trabajar en el Reino, o bien descansar ya en la presencia de Dios, en ese lugar, esa morada celestial que Jesucristo nos ha preparado. Jesús dijo a sus discípulos (Juan 14: 1-4) que en la casa del Padre había muchas moradas y que iba a preparar lugar para ellos para estar juntos en su momento. Nosotros también somos sus discípulos; podemos estar seguros de que tenemos un lugar preparado en los lugares celestiales y de que algún día allí estaremos, por la bendita gracia de Dios.
William James Kirkpatrick fue un prolífico autor y compositor de himnos, y recopilador de muchos himnarios con gran cantidad de himnos propios. Él puso música al que hoy vamos a comentar: “Comprado con sangre de Cristo”, himno que aún se sigue cantando en las iglesias de todo el mundo.
Este autor nació en 1838 en el condado de Tyrone, en el centro de Irlanda del Norte. Este lugar es conocido por sus parques forestales, impresionantes montañas y restos prehistóricos. Sin embargo, solo pudo embeberse de semejante paisaje durante poco tiempo. Sus padres se trasladaron a Pensilvania (USA) cuando apenas contaba dos años, si bien él aún permaneció en Irlanda con sus abuelos durante unos años más, hasta que también se trasladó a vivir con sus padres.
Su padre era maestro de música, y eso indudablemente indujo a William a iniciarse en este arte. En 1854, con 16 años, se mudó a Filadelfia a estudiar música y ¡carpintería!; seguramente sus padres pensaban que una profesión artesanal le sería beneficiosa para su futuro, como así fue en parte.
Pero él amaba la música y cada momento libre lo dedicaba a estudiar cello, violín y flauta. Finalmente empezó a tomar interés por los himnos cristianos, y sus conocimientos fueron aprovechados por el coro de la iglesia y la escuela dominical.
Estudió armonía y canto con los más prestigiosos profesores de la época. Cuando contaba 20 años le presentó a un ilustre profesor, una armonización de un himno que escuchó cantado en la escuela bíblica donde estaba, y que fue considerada extraordinaria; por ello, al poco tiempo William fue invitado a incorporarse como armonizador de himnos al grupo de trabajo que se encargaba de la realización de himnarios de la época.
Se casó en 1861, dedicando su tiempo a la carpintería como medio de subsistencia, pero sin abandonar su mayor interés: la composición. Su esposa falleció 17 años más tarde y fue entonces cuando sus intereses cambiaron totalmente, y ya se dedicó definitivamente a la composición y armonización de himnos.
Se volvió a casar en 1893, pero su nueva esposa falleció también en 1917 y finalmente su tercera esposa le sobrevivió, ya que W. Kirkpatrick falleció en 1921.
Este compositor le puso música a “Comprado con sangre por Cristo”, poema cuya autora fue Fanny Crosby (1820-1915). Ella fue poetisa, letrista de himnos, misionera y una de las figuras más importantes del Góspel estadounidense. Fanny, que sufrió ceguera desde que era un bebé, tuvo una visión espiritual profunda que le llevó a componer más de 8000 himnos y más de 1000 poemas seculares. Es una figura tan importante en la música cristiana que merece un artículo exclusivamente dedicado a ella y a su trabajo.
Comprado con sangre por Cristo
Comprado con sangre por Cristo,
gozoso al cielo ya voy;
librado por gracia infinita
cual hijo en su casa estoy.
Coro:
Por él, por él
comprado con sangre yo soy;
con él, con él,
con Cristo al cielo yo voy.
ll
Soy libre de pena y culpa,
su gozo él me hace sentir.
Él llena de gracia mi alma,
¡con él es tan dulce vivir! /Coro
lll
En Cristo Jesús yo medito,
en todo momento y lugar;
por tantas mercedes de Cristo
su nombre me gozo en loar. /Coro
lV
Yo sé que me espera corona,
la cual a los fieles dará;
me entrego con fe al Maestro,
sabiendo que me guardará. /Coro
Este himno muestra la total confianza en la salvación obtenida mediante el perdón de toda culpa y pecado, gracias al sacrificio de Cristo en la Cruz. La autora es plenamente consciente de esta verdad, y ello la lleva a recibir la libertad que trae consigo el pago hecho por la preciosa sangre de Cristo. La autora muestra su total entrega y gratitud por semejante merced, o gracia, como queramos llamarlo, y su gozo al entender que algún día recibirá una corona como regalo por su fidelidad. Ello le lleva a entregarse con fe, confianza y esperanza al Maestro, pues Él la guardará.
Este texto, lo mismo que muchos de sus poemas, nos debe llevar a meditar sobre la enorme gracia que Cristo nos concedió: el perdón de pecados, la absolución de nuestras faltas, la certeza de nuestra salvación por medio de Cristo, y la esperanza de que algún día, en el tiempo de Dios, Él nos llamará a su presencia, a las moradas celestiales que nos ha preparado de antemano.
¡Sigue caminando con esperanza, mirando hacia la meta a que Dios nos llama! como señalaba el apóstol Pablo en Filipenses 3:14: “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”.
¡A Él sea la gloria!