Una vida de fe podrá orar y recibir la convicción de que Dios obrará lo que no parece posible
¿A veces te viene el pensamiento de que eras más espiritual hace unos años que ahora, que has perdido terreno? ¿Antes te acercabas a la Palabra con más ilusión, u orabas con más fervor, o tu esperanza para el futuro era más brillante? ¿Tenías la sensación de que el Señor estaba más cerca, o que estabas más llena del Espíritu? ¿Qué pasó? No lo sabes. No obstante, el Señor se encarga de restaurar nuestra alma.
Yo llevaba una temporada así, con un poco de añoranza, sin saber cómo remediarlo, cuando, de repente, el Señor me dio alas. Y llegaron por la lectura de Romanos 4, sobre la fe de Abraham, y el recuerdo de cómo yo viví largos años de esta manera cuando estaba esperando la conversión de mi hija, y cómo pensaba y oraba como Abraham. Fue la misma Palabra la que me llevó otra vez a esta manera de vivir, a la vida de fe, es decir, la vida de creer lo imposible…
El texto que me volvió a introducir en la vida de fe es este: “Abraham, el cual es padre de todos nosotros (como está escrito: Te he puesto por padre de muchas gentes) delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen” (Romanos 4:17). La vida de fe es creer en un Dios que levanta a los muertos y llama las cosas que no son, como si fuesen, y hace que lleguen a existir. No solo es cuestión de creer que Dios puede levantar muertos, es creer que lo hará, que levantará a tus muertos espirituales y que les dará vida, y serán salvos. Una cosa es orar por tu hijo para que sea salvo, y otra cosa es creer, a pesar de todo lo que vean tus ojos, que Dios lo va a salvar, y, con los ojos de la fe, verle ya salvo. Lo crees porque Dios te lo ha prometido, y tu fe recibe la promesa y lo da por hecho, aunque aún no ha transcurrido. Esto es lo que hizo Abraham.
Abraham “creyó en esperanza contra esperanza, para llegar a ser padre de muchas gentes, conforme a lo que se le había dicho: Así será tu descendencia. Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba ya como muerto (siendo de casi cien años), o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios” (Ro. 4:18-20). Ya se presentarán las dudas. Verás que tu hijo, pongamos, se aleja cada vez más de Dios, que no quiere saber nada, que van pasando los años y no ocurre nada… pero tu fe sigue creyendo y recordando las promesas. Esto es fe. Es fe basada netamente en lo que ha dicho Dios.
La fe y la obediencia van cogidas de la mano. Cuando Abraham estaba a punto de sacrificar a Isaac, con el cuchillo en la mano, lo alzó creyendo que Dios iba a resucitar a su hijo a continuación de su muerte, para poder cumplir las otras promesas que Dios le había dado en cuanto a él. Esto es fe. Abraham tuvo fe cuando creía que Dios le iba a dar un hijo y era imposible por su edad, por la edad de su mujer, y por la esterilidad de su mujer; eran ¡tres motivos! pero a pesar de toda la evidencia, creyó. Y más tarde, lo ofreció a Dios, creyendo que Dios lo iba a resucitar. Esto es más que creer en un momento dado, es creer durante años, cuando parece cada vez más imposible. Es considerar lo espiritual más real que lo físico.
En nuestro caso, nos embarcamos en una vida de fe creyendo que Dios va a crear cosas que ya no existen, como unidad en tu iglesia o cambios en la vida de un ser querido, o dinero para un proyecto, o ayuda para que un matrimonio funcione… o que te cambiará a ti y te librará de cosas muy propias tuyas que no corresponden a un hijo de Dios. Puede que seas histérica, de mal carácter, celosa, murmuradora, quejica o mandona. Lo que sea. Mueres con Cristo, y por la fe resucitas a una nueva vida sin este estorbo de tu vida vieja.
Esta vida de fe es una cosa maravillosa. Una amiga te viene con un problema y oras, y recuerdas promesas de la Biblia, e insistes, y crees que Dios va a resolver el problema, y estás tranquila y puedes llevarle al descanso en Dios. Esta es la vida de fe. No es solo pedir a Dios; es recibir de Dios (1 Juan 5:15). Cada problema es una invitación a la oración para recibir una palabra, un versículo de la Biblia, en lo cual depositar tu fe con la certeza de que Dios lo cumplirá. Una vida de fe podrá orar y recibir la convicción de que Dios obrará lo que no parecía posible. Abraham recibió semejante promesa de parte de Dios, la creyó y le fue contado por justicia. A Dios le complace nuestra fe. Parece que le emociona ver que una persona realmente confía en Él: “Por mí mismo he jurado, dice Jehová, por cuanto has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo; de cierto te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar…” (Gn. 22:16, 17). Esta vida de fe, Jesús la ejemplificó como el Pionero de nuestra fe (He. 12:2).
En el ejemplo de Abraham notamos una cosa más. Pablo cita la promesa que Dios dio a Abraham: “Dios habló con él, diciendo: He aquí mi pacto es contigo, y serás padre de muchedumbre de gentes” (Gn.17:3, 4). Dios habló con Abraham. Nuestro Dios es el Dios de Abraham. El mismo. Dios habla. Su vida de fe se basó en creer lo que Dios le dijo. La nuestra también.
¿Cuáles son las promesas que Dios te ha dado a ti de su Palabra? Tu vida de fe consistirá en creer que Dios las cumplirá para ti. Será toda una aventura ver cómo lo hace. La vida de fe es tan difícil como emocionante. Creemos en un Dios que levanta muertos y llama las cosas a la existencia. ¡¡Con Él todo es posible!!