LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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El fruto del Espíritu en el matrimonio: PAZ

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No es fácil caminar juntos como pareja en forma unida y en paz… ¡pero es posible!

Seguimos en nuestra serie sobre el fruto del Espíritu y la aplicación de cada una de sus cualidades a nuestra relación matrimonial, Gálatas 5:22,23,25: “Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,mansedumbre, templanza; contra tales cosas no hay ley (…) Si vivimos por el Espíritu, andemos también por el Espíritu”. Ya hemos hablado de las cualidades del amor y el gozo, y en este artículo tocaremos el tema de la paz. Por supuesto que cada una de estas cualidades no se dan en aislamiento; algunas de las acciones que tomamos para mejorar un área coinciden o hay superposición, mejorando otras.

Cuando pensamos en la palabra “paz” sabemos, naturalmente, aquello que la destruye: conflicto, ansiedad, temor, tensión y enojo. La historia bíblica favorita de mi nieto de tres años es cuando Jesús calma la tormenta (Marcos 4:35-39); después de contársela le gusta jugar con un barquito de papel en el agua armando olas con empujes de su mano sabiendo bien que si el agua entra en el barco pronto se hundirá y ya no lo podremos usar. Cuando oye las palabras “Silencio, cálmense los vientos”, sus manitas mecen suavemente y el agua deja de salpicar y golpear contra el barquito… Aquellos vientos y olas son un buen representante de los ataques a la paz que alteran la calma de nuestro hogar e incitan, en vez de resolver, conflictos. Pero vivir en paz día tras día no es algo instantáneo que logramos con simplemente desearlo; es algo que demanda perseverancia para cambiar actitudes, y práctica en resolver conflictos.

I. Perseverancia para cambiar actitudes implica cambios que debemos hacer en nuestra propia vida. La paz interior que emana para lograr la paz exterior implica un andar diario con Dios, una relación y dependencia de Aquel que calma todas las olas revoltosas de nuestra mente y corazón. En Colosenses 3, el capítulo que enumera las acciones y actitudes que el nuevo creyente debe dejar para “revestirse” con nuevas cualidades y formas de actuar que reflejen que somos hijas de Dios, se nos urge a que “la paz de Dios gobierne en vuestros (nuestros) corazones” (v.15).

Aquello que roba nuestra paz interior y se desborda para irrumpir en nuestra paz matrimonial:

  • Ansiedad y depresión: Esta es una de las olas más potentes que Satanás usa para desplazar nuestra atención centrada en Cristo hacia lo que está pasando (o creemos que está o puede estar pasando) a nuestro alrededor. Filipenses 4:6-7 nos alienta a cambiar nuestra ansiosa manera de pensar “Por nada estéis angustiados, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús”. Jesús mismo en el Sermón del Monte nos pide que no nos preocupemos ansiosamente, porque de la misma manera que Dios cuida de las aves y su naturaleza, cuidará también de nosotras (Mt. 6:25-26). David en sus Salmos, nos alienta a calmar nuestra ansiedad y reemplazarla con una actitud de confianza en Dios: 28:7; 32:7,8; 37:5; 55:22; 91:15-16; 121:1-8.
  • Temor y tensión: Esta ola va a la par de la anterior, y en cierto modo parece ser lo mismo, pero en vez de llevar a la depresión nos turba internamente, creando tensión en nuestra forma de relacionarnos, a veces sin saber la causa. Hay temores válidos; por ejemplo, como madres, nuestra cautela en el cuidado de nuestros hijos, reconociendo cuando hay problemas, protegiéndolos, etc. Pero hay temores y tensiones que absorbemos de nuestro alrededor y que, sin darnos cuenta, están afectándonos insidiosamente: las noticias sobre los remanentes de la pandemia, la situación económica, el antagonismo entre diferentes facciones políticas… como también las teorías conspiratorias que llenan el internet, y aquello con lo que se nos bombardea a través de los medios sociales… Aunque a veces solo le demos un vistazo o lo escuchemos a medias, queda en nuestras mentes y nos llena de una pesadumbre y negativismo que nos quita la alegría y la paz que como creyentes debería caracterizarnos.  No dejemos que Satanás triunfe llenando nuestra mente de esta manera; dejemos todo en las manos del Señor, busquemos un momento a diario a solas en que podamos leer, aunque sea unos versículos, y orar… Dejemos que Él borre y reemplace estos pensamientos con Su Palabra, recobrando así esa paz interior que necesitamos para ser aquellos que “anunciamos paz” (Is. 52:7).

II. Práctica en resolver conflictos: Estos son el mayor culpable de la falta de paz en nuestro matrimonio.

  • Conflicto, con sus posibles corrientes sumergidas de enojo y rencor. Sabemos que los conflictos son inevitables, pero en vez de evitarlos, ignorarlos o usarlos para atacar el uno al otro, necesitamos aprender a resolverlos en forma productiva, sabiendo que es una oportunidad para crecer, para dejar que Dios nos vaya moldeando y transformándonos para Su gloria. Resolver conflictos en forma positiva y sana implica, como dijimos, mucha práctica y perseverancia. Algunos principios útiles para esto son:
  1. Primero, controlar muestro temperamento, no dejar que el enojo nos lleve a faltar al respeto el uno al otro e insultar en vez de dialogar.
  2. Si estamos demasiado enojados, no hablemos en ese momento; tomemos un respiro y dejemos la conversación para más tarde. No permitamos que el enemigo tenga la victoria dejando que nuestra lengua derrame todo aquello que está cruzando nuestra mente en esos momentos. Recuerda Proverbios 15:1: “La respuesta amable calma el enojo, pero la agresiva echa leña al fuego” (NVI).
  3. En forma calmada comunicar el problema clara y específicamente, sin exageraciones, aserciones negativas u oraciones que comiencen con “Siempre…”, “Nunca…” etc. Por ejemplo, si algo que se dijo en compañía de otros nos molestó o lastimó, no comenzamos el diálogo con: “Siempre me haces quedar mal en frente de otros …”; eso, automáticamente, enfurece al otro o eleva el tono de nuestra conversación a enfado y pelea. En vez, podemos comenzar con: “Me dolió que contaras… frente a nuestros amigos; eso era algo personal que debería haber quedado entre nosotros. Creo que necesitamos decidir juntos aquello que podemos y lo que no deberíamos compartir con otros. Sé que posiblemente haya cosas que yo he dicho que tampoco te han gustado o te han molestado, y sería bueno que me lo recuerdes o que lo conversemos juntos para no repetirlo …”.
  4. Todo diálogo necesita momentos hablados y momentos en que debemos escuchar, y escuchar sin interrumpir al otro. Tampoco estemos pensando en nuestra respuesta mientras el otro habla. Escuchar implica concentrarnos en lo que el otro está diciendo y tratar de entender su punto de vista.
  5. Ser prontos para perdonar, y perdonar completamente, sin rencor o lista de agravios que traer de vuelta en el próximo altercado.
  6. Siempre ¡terminemos orando juntos! Puede que uno de nosotros tenga más paz que el otro sobre la situación, y es a través del orar juntos que podemos transmitir esa paz y calma al otro.

Paz implica sacrificio, no es algo que ocurre naturalmente; cuando entró el pecado en el mundo, también entró el conflicto. Ganar y lograr nuestros motivos egoístas es a lo que nuestra vieja naturaleza nos instiga. Perseverar y caminar juntos como pareja en forma unida y en paz no es fácil, implica trabajo, humildad y permitir que Cristo esté en el centro de nuestra unión.  

G. Elisabeth Morris de Bryant