LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
Buscar
Cerrar este cuadro de búsqueda.

¿Queremos evitar ese fatal deslizamiento que nos aleja de Dios?

Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos lazo, sino para lo honesto y decente,

y para que sin impedimento os acerquéis al Señor (1ª Corintios 7:35)

¿Es importante acercarse al Señor? Es decisivo.

Si hemos creído a Jesús y le hemos pedido perdón por nuestros pecados… ¿nos esforzamos por permanecer cerca de Él? Es provechoso.

Si no creemos en el evangelio de Cristo ni nos acercamos al Señor, estamos condenando nuestra alma eterna. Pero si no nos acercamos a Él habiendo entendido y aceptado los términos de su redención para nosotros, estamos despreciando una vida abundante que ya podría ser nuestra…

Este versículo de 1ª Corintios, quedó dando vueltas en mi cabeza. El apóstol Pablo, en su demostrado amor para con los hermanos, les advierte de una serie de cosas, en este caso relacionadas con el matrimonio, que podemos leer en los versículos anteriores. Pero lo que llamó mi atención fue la última frase del versículo: “para que sin impedimento os acerquéis al Señor”. Es decir, que acercarse al Señor es necesario, pero no algo que debamos dar por sentado, ya que existen impedimentos… ¿Cuáles son?

Mi interés por esta afirmación de Pablo creció cuando descubrí que el sentido original de la palabra que se traduce por “impedimento”, era “distracción”. El apóstol nos recuerda que los consejos que se nos dan a través de la Biblia, son válidos y efectivos para evitar las distracciones que nos alejan de Dios… porque si no nos estamos acercando, es casi seguro que nos estamos alejando.

¿Qué es una distracción y qué la hace tan poderosa? Según el diccionario, una distracción es una “cosa que atrae la atención apartándola de aquello a que está aplicada”. Es decir, el poder de nuestras distracciones radica en aquello de lo que nos apartan: Dios.

Todos sucumbimos a las distracciones, aunque no son las mismas para todos. Dependiendo de nuestros gustos, afinidades o carácter, nos distraen cosas diferentes. Pero lo peligroso de ellas es que nos apartan de lo mejor, de lo que habíamos decidido que debería estar ocupando nuestra atención, nuestro entendimiento y concentración.

Aquí quisiera hacer un inciso para reconocer la enorme dificultad que en la actualidad tenemos para evitar las distracciones. Vivimos en una sociedad pudiente que nos ofrece mucho en lo que pensar y ocupar nuestro tiempo, pero, además, hemos llegado a un desarrollo tecnológico que hace casi innecesario el desarrollo del lenguaje y el pensamiento (y por tanto de la concentración y meditación). Ya no necesitamos poner en palabras lo que pensamos, o expresar lo que imaginamos… tenemos pantallas que llenan nuestra mente con colores, imágenes y opiniones; inteligencias artificiales que desarrollan cualquier inquietud, pregunta o idea… lo cual hace “innecesario” y tremendamente difícil crear o manifestar las propias. El síndrome de déficit de atención es casi una epidemia entre los jóvenes y niños, y si no atendemos, si no prestamos atención… “Por cuanto no atendieron a los hechos de Jehová, ni a la obra de sus manos, Él los derribará y no los edificará” (Salmos 28:5).

Para el creyente, es necesario – yo diría que ¡vital! – prestar atención a Dios, a sus hechos y palabras. Se nos llena la boca al hablar de la Biblia, de que es la Palabra de Dios, nuestro consuelo, la manera de entender a nuestro Señor, de conocer su voluntad… pero ¿a cuántos estudios bíblicos asistimos? ¿Cuánto tiempo dedicamos no sólo a la lectura, sino a pensar en lo que hemos leído, orando; a profundizar en ello para adaptarlo a nuestro vivir diario?

Sinceramente creo que deseamos agradar a Dios, servirle, pero quizás las distracciones nos impiden atender, es decir, “aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible”, en este caso, a Dios.

Si esto es así, y si queremos de verdad honrar a Dios, agradarle y servirle, es crucial que identifiquemos nuestras distracciones, para no exponernos a ellas y dejar que empeoren la relación y cercanía con nuestro Padre celestial.

No puedo saber qué distrae a cada uno en particular: trabajo, posición social, apariencia física, familia, iglesia, diversiones… Puede que todo sea lícito, pero no todo es conveniente si nos distrae de buscar a Dios, de aprender de Él y acerca de Él; si convertimos en prioritario lo que es secundario. Y ¿cómo sabemos si hemos convertido en prioritario algo ocupando, así, el lugar que corresponde a Dios? Creo que siendo sinceros con nosotros mismos y calculando, sobre todo, el tiempo y el esfuerzo que dedicamos a cada cosa. ¿Nos parece mucho dedicar dos horas al culto de los domingos? ¿Cuánto tiempo dedicamos a las pantallas? ¿Nos parece un gran esfuerzo desplazarnos entre semana para asistir a la reunión de oración o estudio bíblico? ¿Cuánto esfuerzo dedicamos a nuestros viajes de placer; a nuestras reuniones de amigos o familiares; al cuidado de nuestro cuerpo…?

Personalmente, me hace mucho bien recordar y releer las palabras de Hebreos: “Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos.

Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos…” (2:1-4).

Queridas, somos parte del nuevo pacto en Cristo. Nuestra salvación es infinitamente más efectiva y preciosa, porque Él es quien la consiguió y responde por ella. ¡No debemos descuidar esta preciosa dádiva divina y distraernos con otras cosas! No nos arriesguemos, como nos recuerda el texto, a “deslizarnos”. Ya veis que no se trata de una caída aparatosa o un cambio de rumbo brusco. El peligro yace en ese deslizamiento casi imperceptible pero que nos lleva a descuidar, a no atender adecuadamente, a distraernos de las cosas que pertenecen a Dios.

Pero, si ya nos hemos deslizado, ¡gracias, Señor! porque en este mismo texto se nos da la solución al problema: poner MÁS diligencia y atención a lo que hemos oído, leído, aprendido… y seguir oyendo, leyendo, aprendiendo de la Palabra de Dios. Diligencia es: “Cuidado y actividad en ejecutar una cosa”, y debemos poner más; más cuidado y actividad a la hora de atender a las buenas noticias de nuestro Señor. ¡Ser conscientes de y evitar las distracciones! Para poder atender a lo verdaderamente importante y relevante para nuestra vida.

¿Queremos solucionar el problema? ¿Queremos evitar ese fatal deslizamiento que nos aleja de Dios? Pongamos más diligencia a la hora de prestar atención… No a lo que este mundo nos grita, sino a lo que Dios nos dice.

Débora Fernández de Byle

Caminemos Juntas
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.