LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Sólo aceptando la verdad de lo que somos, podemos llegar a entender lo prodigioso de lo que hemos llegado a ser

En la zona donde vivo, periódicamente sufrimos un fenómeno atmosférico al que denominamos “calima”. Consiste en la presencia de partículas de polvo, arena o ceniza en suspensión. Aquí, la calima suele llegar arrastrada por vientos procedentes del desierto del Sahara, lo que provoca un cielo anaranjado, reduce la visibilidad y empeora la calidad del aire. En el pasado, este fenómeno era muy poco frecuente, un par de veces al año, quizás, pero en los últimos tiempos, su frecuencia ha aumentado.

Cuando sufrimos “la calima”, como lo llamamos, el cielo deja de tener su color azul celeste brillante, la luz pierde su nitidez, y las casas se llenan de un polvillo fino y ocre que cuesta eliminar totalmente. Como podréis deducir, no nos gusta la calima. Y todavía menos cuando recordamos lo que dice en Deuteronomio 28:24, enmarcado en las maldiciones por la desobediencia del pueblo: “Dará Jehová por lluvia a tu tierra polvo y ceniza; de los cielos descenderán sobre ti…”.

Gracias a las misericordias de Dios, casi siempre que hay un episodio de calima, a continuación tenemos lluvias, que limpian el ambiente y asientan el polvo.

Polvo… ¡nuestra esencia! Recordemos lo que dice en Génesis capítulo 3 y versículo 19: “Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás”. Abraham, el amigo de Dios, hombre de fe, era consciente de esto, lo entendía, y por eso podemos leer de él: “Y Abraham replicó y dijo: He aquí ahora que he comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza…” (Génesis 18:27).

¿Somos nosotros conscientes de nuestra verdadera naturaleza? La dignidad que Dios nos otorgó a través de la muerte de Su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, no hace sino magnificarse cuando comprendemos nuestra verdadera posición, que somos polvo.

Y es necesario que seamos conscientes de esto, porque la humildad que es absolutamente necesaria para acercarse a Dios, sólo puede originarse en la aceptación de este hecho: Somos polvo… aunque ¡tocado por el todopoderoso Dios!

¿Por qué es importante que reflexionemos acerca de esto? No se trata de quitar al ser humano su dignidad o valía, todo lo contrario. Porque sólo aceptando la verdad de lo que somos, podemos llegar a entender lo prodigioso de lo que hemos llegado a ser. Y al entenderlo, podremos, si es que dejamos nuestra necedad aparte, dar gracias a Aquel cuyo prodigio nos trajo hasta aquí: a formar parte de la familia divina y a señorear la tierra.

El ser humano es soberbio, al igual que lo fue Satanás. Parece la condición esencial de lo creado. Nos gusta pensar que somos especiales, que tenemos el control, y que con nuestras fuerzas y habilidades podemos conseguir grandes cosas… ¡Eh! Espera… todo eso es cierto, y por eso es tan peligroso. Dios nos hizo a Su imagen y semejanza, y eso se nota, pero no podemos olvidar ¡que somos polvo!

La soberbia es lo que nos hace olvidar nuestra posición, nuestra verdadera naturaleza, y, por tanto, la que nos mete en un sinfín de problemas y situaciones cuyo fin puede ser la muerte eterna. La definición de soberbia nos dice: “Altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros. // Satisfacción y envanecimiento por la contemplación de los propios méritos con menosprecio de los demás”. ¿Hay algo más “humano” que esto?

Satanás quería ser preferido a Dios, se envaneció pensando que sus propias cualidades y méritos lo hacían igual si no superior a Dios… y menospreció así a su Creador. ¿Puede que nos ocurra eso mismo a nosotros, los humanos?

Ciertamente, hay muchos seres humanos que se piensan iguales o superiores a Dios. Rechazan la existencia de este y se inventan fábulas grandiosas para explicar la inexistencia de Aquel que todo lo llena en todo, y que de la nada hizo todo lo creado. Otros, creen que Dios existe, pero la concepción que tienen de Él es propia; se hacen un dios a su medida, que les da la razón siempre, les consiente todo, y que no discierne lo bueno de lo malo. La soberbia de estos últimos quizás no es tan evidente, pero es soberbia al fin, porque consideran que sus propios razonamientos superan a la Palabra de Dios.

Por último, tenemos a los que nos llamamos cristianos, los que hemos entendido el mensaje del Evangelio de Cristo y hemos tenido la bendición de poder humillarnos ante Dios, de aceptar nuestra condición de pecadores alejados del Padre, y hemos venido a formar parte de la familia de Dios. ¿Hemos, entonces, nosotros apartado de nuestra vida esa soberbia tan humana y destructiva? Volvamos a la definición… ¿Hemos dejado nuestro apetito desordenado de ser preferidos? ¿Hemos dejado nuestro envanecimiento por los méritos propios que nos lleva a despreciar a los que no son como yo?

Como siempre, leer con detenimiento y pensar sobre lo que leemos, nos da la respuesta. Porque, aunque es humano el deseo de que te prefieran, de sentirte especial para los demás, lo que Dios desea es que ese apetito no sea “desordenado”, no esté fuera del lugar que le corresponde. Cuando sintamos ese deseo de ser preferidos, de resaltar, hemos de pensar en Nuestro Señor y compararnos con Él; así, redirigiremos nuestra energía, la que íbamos a dedicar a sobresalir entre los demás, para sobresalir ante nuestro Dios. Porque Él ve en lo secreto y te recompensará en público, si lo cree conveniente.

Igualmente, aunque es humano sentir satisfacción por los méritos propios, por lo que logramos conseguir, Dios nos previene contra el envanecimiento que se puede derivar de esos méritos y logros, y ciertamente nos prohíbe despreciar a los demás por no considerarlos, desde nuestra subjetiva perspectiva personal, tan meritorios como nosotros.

Porque ¿quién te distingue? ¿o qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieses recibido? (1ª Corintios 4:7). Este debería ser un versículo de cabecera para todos los que creemos en la salvación en Cristo. ¡Se evitarían tantos problemas en las iglesias!

Que Dios nos conceda entendimiento y humildad a cada uno de los que somos suyos, para comprender y recordar, siempre, que somos polvo, que todo viene de Él, que todo se lo debemos a Él, que la gratitud no puede ser sólo una palabra en nuestros sermones, y que la humildad que nos llevó a entender y aceptar el sacrificio de Cristo, es la que debe regir cada faceta de nuestras vidas.

Débora Fernández de Byle

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