LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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¿La solución? Consiste en orar hasta recibir la luz de Dios y Su verdad

Parece que Dios se ha olvidado de ti… Su presencia te elude, su Palabra no te dice nada, no hay ningún pensamiento en tu cabeza que te anime. No importa qué camino escoges, no se te abre ninguna puerta. Te acuerdas de días pasados y la ilusión que tenías, pero ahora no; la noche te ha envuelto. La vida te ha decepcionado. Se ha convertido en una carga. Lloras de día y de noche. A todas luces Dios te ha metido en un abismo; todas sus ondas y sus olas pasan sobre ti, y te vas hundiendo. Piensas que será por tu culpa, que Dios te ha dejado de lado por tu pecado, o porque has tomado una decisión equivocada. Confusión y zozobra. ¿Te identificas con estos sentimientos, o piensas que esto no puede ser la experiencia de un creyente? El caso es que fue la experiencia del salmista, y que Dios no le condena por pensar así. La describe en los salmos 42 y 43, que, de hecho, forman un solo salmo.

Un ¡ay! le sale del alma. El salmista dice: “Diré a Dios: Roca mía, ¿por qué te has olvidado de mí?”. Él piensa en Dios, y quizás en el diablo, el enemigo. De Dios dice que se ha olvidado de él, y del enemigo, que le oprime. Dice: “¿Por qué andaré yo enlutado por la opresión del enemigo?” (42:9b y 43:2b). No sabe la respuesta a ninguna de estas dos preguntas. Los enemigos le deprimen preguntándole continuamente: “¿Dónde está tu Dios?”. Había tenido esperanza en Dios, pero Dios no ha hecho nada, y se ha hundido en la desolación. Parece que el enemigo le dice la verdad, que Dios le ha abandonado.

En este estado de tanta tristeza, el salmista hace dos cosas: habla con su alma, y habla con Dios. A su alma le dice: Tranquilízate y pon tu esperanza netamente en Dios, y te verás alabándole por cómo te ha librado. Sus palabras exactas son: “¿Por qué te abates, oh alma mía, y te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, salvación mía y Dios mío” (42:5, 11, y 43:5). Esta frase se repite tres veces, porque está en medio de una lucha espiritual titánica y tiene que volver vez tras vez a poner su esperanza en Dios, y creer que Dios mandará su ayuda, y que saldrá de esta. La esperanza en Dios es vital. En otro salmo, el salmista dice: “Hubiera yo desmayado, si no creyese que veré la bondad de Jehová en la tierra de los vivientes” (Salmos 27:13), y en aquel salmo también manda su corazón a esperar en Dios: “Aguarda a Jehová; esfuérzate, y aliéntese tu corazón; sí, espera a Jehová” (Salmos 27:14). Nuestra parte es poner nuestra esperanza en Dios, en que Dios vendrá en nuestra ayuda.  

Pues, en nuestro salmo, el salmista no sólo habla consigo mismo, sino también con Dios. A Dios le dice: “Envía tu luz y tu verdad”. Esta es una oración muy fuerte. Necesita luz en medio de la noche del alma. Está en densa oscuridad, en medio de una prueba fortísima, y no entiende nada. Necesita luz y entendimiento. La verdad te libera: “conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan 8:32); “el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad” (Juan 16:13). En este estado es menester comprender lo que Dios quiere que sepas. Dile a Dios: “¿Qué quieres que vea? ¿Algo que no veo de mí misma? ¿He pecado? ¡Examíname! (Salmos 139:23, 24). ¿Por qué hago lo que hago? ¿Qué quieres cambiar en mí? ¿Qué mentiras me está diciendo el enemigo? (Juan 8:44c). ¿Qué versículo me va bien en estas circunstancias? ¿Qué necesito aprender de ti?

La verdad rompe el poder de las mentiras del diablo que te destrozan. Cuando tenemos la luz y la verdad que necesitamos para nuestro caso en concreto, “estas me guiarán; me conducirán a tu santo monte, y a tus moradas. Entraré al altar de Dios, al Dios de mi alegría y de mi gozo; y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío”. Vamos a desglosar esta frase poco a poco, ¡porque es fantástica! La luz de Dios nos conduce a la morada de Dios, es decir, a su presencia. ¡Eso es lo que el salmista buscaba: ¡sentir la presencia de Dios! Esta luz me lleva al altar de Dios, a la cruz, donde confieso mi pecado, si tengo, o donde perdono a otro que me ha hecho daño. Es donde me desbloqueo. Allí encuentro el amor de Dios escrito en sangre, y comunión con el sufrimiento de Cristo. Es donde veo y me identifico con Jesús, quien lleva mis penas: “En toda angustia de ellos él fue angustiado, y el ángel de su faz los salvó; en su amor y en su clemencia los redimió, y los trajo, y los levantó todos los días de la antigüedad” (Isaías 63:9). Conecto con Dios en Cristo. Siento su alegría. Encuentro al “Dios de mi alegría y mi gozo”.  Se va la oscuridad; mi desolación se levanta, y veo al Señor. Termino alabando a Dios y cantándole cánticos de gozo.

Pero el salmo no termina aquí. Otra vez se repite el estribillo porque la solución no consiste en saber esto; consiste en orar hasta recibir la luz de Dios y su verdad. He de orar, y Dios me tiene que revelar su verdad, y la tengo que recibir… Si no lo puedes hacer sola, pide a una hermana madura en la fe que ore contigo, hasta que la luz de Dios irrumpa en tu vida y ponga un cántico de gozo en tu corazón. Las circunstancias pueden continuar, pero tú cambias de la noche a la mañana. Sientes que Dios está a tu lado, y “su cántico está contigo”. La voz del enemigo ha sido silenciada. Tienes esperanza. La salvación de parte de Dios ha llegado. Ya puedes aguantar la prueba hasta que termine, porque Jesús está contigo, y lo sientes. Él te basta.

Margarita Burt

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