LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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¿Dónde hemos dejado el temor de Dios…?

Desde hace algún tiempo, seguramente debido al paso del mismo, no dejo de pensar en las “verdades” que nuestra sociedad, la de todos y cada uno, sustenta. Porque, querámoslo o no, vivimos y nos movemos en el mundo que nos rodea, y “el polvo del camino” se pega a nuestros pies… Y esas “verdades” se superponen a las nuestras, muchas veces anulándolas. Así pues, es muy importante que seamos conscientes de esto, porque Satanás disfruta contemplando a los hijos de Dios enredados en los quehaceres de este mundo sin tiempo para dedicar a las obras del otro, del otro mundo, del eterno, del que existe bajo el reinado de Cristo; él disfruta viendo las verdades del Reino comprometidas por las afirmaciones de una sociedad que se considera avanzada, pero que día a día demuestra que ese avance del que presume la aleja de la humanidad que la distingue.

Los que hemos vivido más tiempo y hemos conocido diferentes “sociedades”, es decir, distintas etapas en el pensamiento colectivo (ya sea temporal o espacial), podemos atestiguar que la conciencia colectiva también cambia, como casi todo. Esto es lógico e inevitable. Por eso, una de las figuras con las que se identifica a Cristo, es la “Roca”: “…porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo” (1ª Co.10:4). “La piedra que los edificadores desecharon, ha venido a ser la cabeza del ángulo; y: piedra de tropiezo, y roca que hace caer, porque tropiezan en la palabra, siendo desobedientes” (1ª P. 2:7, 8).

¿Hay algo seguro en esta vida y que pueda ser ancla de nuestra existencia? Sí, Cristo. Y ¿por qué es eso importante? Pues porque un barco sin ancla está a merced de lo que el mar, donde se mueve, haga. Y nosotros no debemos ser, no somos, esa clase de barco… porque las verdades divinas, y su consejo, son inmutables (He. 6:17).

En esta oportunidad quisiera considerar una de estas verdades que, a mi parecer, es indispensable para disfrutar de la vida cristiana en su plenitud: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová; los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza” (Proverbios 1:7).

Todos estamos de acuerdo en que es mejor ser sabio que no serlo; y que el que no piensa así es un insensato. ¿Dónde, pues, hemos dejado el temor de Dios, que es lo primero que debemos tener si queremos ser sabios? Quizás esas “verdades” de esta sociedad que creemos tener apartadas, nos estén afectando… Porque dicen estas “verdades” que ante todo tenemos derechos, que no hay nada por encima de nosotros mismos, que somos los dueños de nuestro destino, que nadie sabe lo que nos conviene sino nosotros mismos, que la familia es un lastre… que a nadie debemos dar cuenta sino a nosotros mismos. Si aceptamos incondicionalmente, sin pensar, todas estas premisas, ¿cómo podemos explicar el temor de Dios? Consideradlo…

Los cristianos, quizás influidos por la sociedad, ponemos mucho énfasis en decir que “temor” no es lo mismo que “miedo”, pero si miramos las definiciones de estas palabras, observamos que tienen mucho en común. ¿Hemos de tener, entonces, miedo de Dios? Pues creo que en cierto modo sí, si es que creemos en el poder sin fin de nuestro Dios y en sus verdades eternas, que para nuestro descanso también incluyen su insondable amor y misericordia.

En Génesis 3:9-11 leemos: “Mas Jehová Dios llamó al hombre, y le dijo: ¿Dónde estás tú? Y él respondió: Oí tu voz en el huerto y tuve miedo, porque estaba desnudo; y me escondí. Y Dios le dijo: ¿Quién te enseñó que estabas desnudo? ¿Has comido del árbol de que yo te mandé no comieses?”.

Adán y Eva hasta ese momento no habían recibido sino bondades de parte de Dios. Vivían con conciencias limpias, felices, con todo lo necesario para ellos. No sabían lo que era sentirse mal, con miedo. Pero ahora sí, lo experimentaban, y no era porque Dios se había mostrado desagradable hacia ellos o hacia nadie que ellos hubieran visto. Temieron a Dios porque:

Habían desobedecido: Dios les advirtió que sería negativo para ellos comer del árbol, pero a pesar de todo, lo hicieron. Y a la media verdad, que es mentira, de la serpiente, le siguió la media verdad, que es mentira, de Adán, cuando le dijo a Dios que temía y se escondía porque estaba desnudo, cuando en realidad lo hacía porque sabía que había desobedecido.

Conocían el poder de Dios: Tanto Adán como Eva conocían todo lo que Dios había hecho. Adán más que Eva, porque él había experimentado la vida en soledad y había recibido la bendición de una compañera. Sabían del poder infinito de Dios, y que ellos jamás podrían hacerle frente, porque a pesar de la media verdad, que es mentira, de la serpiente, “seréis como Dios”, a estas alturas ya ellos habían comprendido que la diferencia entre ellos y el Creador seguía siendo abismal.

Sabían que Dios no miente: Por eso, al recordar lo que el Todopoderoso les había dicho, “del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás”, tuvieron miedo. No sé qué exactamente entendían ellos por “morir”, ya que hasta entonces parece que la muerte no existía en el huerto, pero sabían que Dios es verdadero y que lo que Él decía era así; y morir era la consecuencia negativa de la desobediencia.

Alguien me dijo una vez que la raíz de la palabra utilizada para designar al árbol de la sabiduría, es la misma que la que se utiliza en la palabra “prudencia”. No tengo suficientes conocimientos para analizar esta afirmación, pero me gusta pensar que ese tropiezo, esa caída de Adán -de la humanidad- que le hizo temer, al conocer la transgresión, la consecuencia, y el poder y fidelidad del que advirtió, también dejó puerta abierta para la prudencia, es decir, para discernir y distinguir lo que es bueno o malo, para seguirlo o huir de ello.

Si reconocemos nuestra desobediencia, si creemos de verdad en el poder sin límites de Dios, y si creemos que Él es recto y justo y no se puede negar a sí mismo, no tendremos problema a la hora de temer a Dios, y estaremos abriendo la puerta a la sabiduría. Pero si no tememos a Dios, tendremos que preguntarnos cual de estas premisas no estamos aceptando.

Seamos prudentes, pues, y temamos a Dios. Por lo que Él es. Porque aunque su poder y justicia son infinitos, su amor es eterno, es su esencia, lo que le llevó a darnos prudencia para buscarle y a Cristo para mostrarnos el camino y llevarnos hasta Él. Pero temamos; y no lo hagamos sólo por miedo a las consecuencias, sino por amor a aquel que prometió y dio su vida por nosotros (Hebreos 10:23).

Débora Fernández de Byle

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