LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Para las jóvenes: ¡Por fin estaré bien!

Cuando otras cosas ocupan el lugar que corresponde a Dios, terminamos viviendo en una carrera sin fin…

A veces me pregunto cuántas decisiones de mi vida he tomado porque realmente quería tomarlas y cuántas porque, en el fondo, esperaba que alguien me quisiera o apreciara más después. Y dándole vueltas a esto me doy cuenta de que esta segunda motivación no suele presentarse de una forma tan evidente. No nos levantamos por la mañana pensando: “Hoy voy a intentar ganarme el amor de la gente”. Es más sutil que eso, ¿verdad?

Trabajo un poco más. Me esfuerzo un poco más. Cedo un poco más. Intento ser agradable, útil, responsable, espiritual, divertida o fuerte. Y muchas veces todo eso son cosas buenas, muy buenas, y necesarias. Son cosas en las que creo con todo el corazón y admiro cuando las veo. Son cosas a las que aspiro cuando son expresiones naturales de lo que está pasando por dentro con Dios y su Espíritu, cuando es una respuesta sincera a una intimidad en la que disfrutas tanto de Su amor que lo quieres compartir en actitud y servicio.

El problema aparece cuando empezamos a necesitar que todo esto que hacemos produzca algo concreto:

Que me vean.

Que me valoren.

Que me escojan…

Creo que muchas mujeres jóvenes vivimos cansadas y no sabemos exactamente por qué. Yo pienso casi siempre que es por el trabajo, por las infinitas responsabilidades o por la falta de descanso. Pero a veces el verdadero agotamiento viene de estar sosteniendo una pregunta que nunca me atrevo a formular en voz alta y que puede estar dirigiendo mis decisiones sin a veces darme si quiera cuenta: “¿Qué me falta para ser suficiente?”.

Inconscientemente esa pregunta se desliza escondida en tu mente, y aunque creas que no, terminas reconociendo que está ahí y que te está pesando, porque sin darte cuenta has acabado donde no querías estar. Y empiezas a creerte que desaparecerá cuando encuentres lo que estás buscando. Una pareja. Un grupo de amigos. Un trabajo. Un ministerio. Un sueño cumplido…

Pero algo me dice que, como yo, ya has descubierto o intuyes que no, que no funciona así. Que, como una buena amiga mía dijo muy acertadamente ‘nos creemos el ombligo del mundo, y el ombligo es como un agujero negro, cuanto más te miras el ombligo, más metida en el agujero negro te encuentras y más cosas son succionadas y arrancadas por esa fuerza enorme’.

Y entonces conocí a Lea de una manera diferente…

He leído su historia muchas veces, y las primeras veces, para mí, era un personaje secundario en la épica historia de amor verdadero entre Jacob y Raquel. Luego, me empezó a dar pena. Y desde entonces había pensado en ella como la hermana menos querida, la mujer que tuvo mala suerte en una situación tremendamente injusta.

Pero hace un tiempo me di cuenta de que estaba leyendo la historia desde fuera y, por esas cosas que Dios de repente hace en el momento en el que más lo necesitas, empecé a leerla desde dentro.

Lea aparece en Génesis 29 atrapada en una realidad que ella no eligió. Jacob ama a Raquel. Quiere casarse con Raquel. Trabaja años por Raquel. Y aun así termina casado con Lea, que se convierte en el objeto de un gran engaño y desilusión para Jacob. Digamos que, sin beberlo ni comerlo, Lea se convierte en la personificación de la traición de su padre, y la indecible frustración del hombre con el que se casa.

Intento imaginar cómo debieron de ser los días siguientes. Despertarte cada mañana junto a un hombre sabiendo que, si hubiera podido elegir libremente, habría escogido a otra persona. Y que no te ha elegido, aun sin amor, sino que has terminado con él como parte de un engaño que le va a causar fastidio toda su vida.

Y entonces, la Biblia empieza a mostrarnos algo que va mucho más allá de una historia familiar complicada, de las que, por cierto, está llena. Empiezan a nacer los hijos. Y con cada hijo, Lea habla:

“Porque el Señor ha visto mi aflicción; ahora me amará mi marido” (Génesis 29:32).

Luego nace otro. Y otro. Y otro… Y las palabras cambian ligeramente, pero la esperanza sigue siendo la misma: “Ahora”; “Esta vez”; “Quizá después de esto…”.

Durante mucho tiempo leí esos versículos pensando que hablaban únicamente de una mujer que deseaba amor. Pero ahora creo que hablan de algo más profundo.

Hablan de una mujer que estaba intentando conseguir de Jacob algo que solo Dios podía darle. Y, adivina qué, ahí es cuando creo que la historia deja de ser sobre Lea y empieza a ser sobre mí; quizás también sobre ti, sobre nosotras.

Porque, tal vez, tú no estás esperando que un hombre te ame. Pero quizás estás esperando que algo te confirme que eres valiosa: un ascenso, un matrimonio, un bebé, un cuerpo diferente, una amistad, un reconocimiento, una oportunidad que todavía no ha llegado…

El engaño aparece cuando convierto algo bueno en la prueba definitiva de mi valor. Y hace poco me cuestioné, tenga la edad que tenga y haya vivido lo que haya vivido, ¿de verdad estás libre de esto?

No hay nada malo en desear esas cosas, son legítimas. Y no podemos evitar quererlas. El problema aparece cuando empezamos a pensar: “Cuando tenga eso, por fin estaré bien”.

¡Eso es exactamente lo que produce un ídolo!

Y cuando escuchamos la palabra “idolatría”, solemos pensar en estatuas antiguas o en pueblos lejanos. En religiones politeístas que adoraban a dioses diferentes al único verdadero. Pero un ídolo es simplemente cualquier cosa buena que elevamos hasta convertirla en algo imprescindible. Algo que permitimos que ocupe el lugar de Dios, y que, por tanto, también nos roba las bendiciones del alma por tener a Dios en el lugar que le pertenece en nuestra vida. Algo que necesita ocurrir para que podamos sentirnos completas. Algo que necesita quedarse para que podamos sentirnos seguras. Algo cuya pérdida creemos que nos destruiría.

Por eso la idolatría es tan difícil de detectar, y pensamos que no es algo con lo que nosotras tengamos que luchar, porque casi siempre empieza con deseos legítimos.

Lea no quería algo malo. Quería ser amada.

Nosotras tampoco solemos querer cosas malas. Queremos ser vistas, pertenecer, que nuestra vida tenga sentido. Queremos sentirnos importantes para alguien… Pero cuando esas cosas ocupan el lugar que solo corresponde a Dios, terminamos viviendo en una especie de carrera infinita, porque los ídolos siempre prometen más de lo que pueden dar. Y siempre exigen más de lo que deberían pedir.

Pero volvamos a la historia de Lea, porque ocurre algo precioso.  Llega el cuarto hijo. Y por primera vez Lea deja de hablar de Jacob:

“Esta vez alabaré al Señor” (Génesis 29:35).

No dice que su situación haya cambiado. No dice que Jacob la ame de repente. No dice que todo se haya solucionado. Lo único que cambia es la dirección de su mirada.

Me imagino cómo, durante años, había estado observando la misma puerta, esperando que alguien saliera por ella para darle aquello que necesitaba. Pero ahora levanta los ojos y descubre que Dios llevaba mirándola todo el tiempo.

Creo que muchas veces imaginamos la madurez cristiana como dejar de desear cosas. Pero quizá la verdadera madurez consiste en dejar de pedir a las cosas que hagan el trabajo de Dios.

Seguir deseando, sí.

Seguir soñando, sí.

Seguir esperando, sí.

Pero sin entregarles nuestro corazón… Porque ninguna relación, ningún logro, ningún ministerio y ninguna persona fueron diseñados para soportar el peso de nuestra identidad. Solo Cristo puede hacerlo.

Y cuando eso empieza a asentarse de verdad en el corazón, ocurre algo extraordinario: Ya no vivimos para ser escogidas. Vivimos desde el hecho de que ya lo hemos sido. No por ser las más bonitas, ni las más capaces, ni las más espirituales. Sino porque el Dios del universo nos vio, nos conoció por completo y aun así decidió llamarnos suyas.

Y resulta que esa clase de amor es la única capaz de liberar a una mujer del agotamiento de intentar ganarse a todos los demás. ¿Y si hacemos de Jesús el ombligo del mundo?

Nora Moreda

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