Contamos con un arma poderosa: el Libro de los libros, la Palabra de Dios
La mayoría de los escritores actuales, seculares, están muy preocupados.
Se vive una dolorosa realidad: la fragilidad de la lectura y su desaparición posible o inminente. Lo que fue una pasión, se extingue…
Muchos han considerado la lectura como el camino hacia la nutrición del alma. Pero esta es una observación no precisa, teniendo en cuenta que el libro de hoy, haciendo alarde de libertad de expresión y de lenguaje, transita por la descripción abierta de todas las formas del mal, y un vocabulario acorde a los hechos.
Muchas veces, con menos tareas o responsabilidades, podemos contar con horas libres, y para quienes nos gusta leer, tener un libro en las manos es realmente muy atractivo.
Para la que ha sido persuadida a leer obras preciosas y valiosas resulta, por lo general, decepcionante leer la vida del autor. ¿Cómo se puede escribir un buen libro con una vida tan decadente? Autores que escribieron para entretener a niños y jóvenes, por problemas personales o familiares, se quitaron la vida. En el siglo pasado la sociedad ocultaba algunas cosas personales de los escritores y jerarquizaba su obra.
Hoy, con una sociedad más «light», más permisiva, se puede saber toda la vida privada del autor e identificarse con su pensamiento. Cuando leemos lo malo, expresamos lo malo. Nuestro lenguaje se corrompe.
Se intenta comunicar más que en siglos anteriores y sólo se expresa pobreza y grosería. El léxico actual dice menos de lo que se piensa ¿o no se piensa?… Se usan pocas y frívolas palabras.
El ruido ha aumentado y se habla más fuerte. Los niños gritan mucho más, y se ha perdido la armonía del habla. Las malas palabras son una evasión frente a la ignorancia del vocablo adecuado. Se trata de expresar el pensamiento y sólo se logra la mitad. Los libros y revistas seculares no colaboran, y expresan el resultado de vidas indiferentes ante Dios…
El lenguaje siempre fue el medio para describir la verdad, y comunicarla. «No escribimos cartas y no leemos cuentos a nuestros hijos”, expresa G. Steiner. La falta de estas simples prácticas, marca un proceso educativo que va minando la comunicación entre generaciones e imposibilita la transmisión de una herencia cultural.
Cuando el lenguaje es dañado por falta de una buena lectura, se van intercalando en el habla expresiones mal estructuradas o con vocablos pobres, que no aclaran los pensamientos, y que hoy nos llevan a preguntarnos: ¿Cómo se puede aprender escuchando? ¿Sin silencios? ¿Sin reflexión?…
He leído algo sobre «la palabra privada y la palabra pública». Para algunos debería existir una forma «pública» de hablar y una forma «de entrecasa». Si esto fuera así, la nueva expresión ha roto el límite entre ambas, y se considera una forma más franca o más sincera, como si el hablar mal fuera permitido en nuestra intimidad. ¡Esto es, simplemente, una solución hipócrita!
Nuestros niños entran a la educación inicial con un lenguaje simple o primario y, cuando la escuela no se esfuerza por enseñar la correcta lengua, aprenden el lenguaje de los héroes televisivos. Héroes que no leen y que se expresan en forma agresiva, egoísta y vulgar.
Como mujeres mayores, esencialmente como cristianas, creo que podemos inmiscuirnos en esta preocupación, aportando con sencillez algunas soluciones bíblicas.
Si para muchos la lengua es la huella visible del interior del ser humano; Si ésta revela nuestro mundo privado; Si la falta de buena lectura es agravante de este mal… ¿Por qué no colaborar atacando el mal de raíz?
Contamos con un arma poderosa: el Libro de los libros, la Palabra de Dios.
Si el mundo advierte que hemos perdido la costumbre de leer, de escribir, de contar cuentos a nuestros hijos, nietos, sobrinos… ¿Por qué no revertir esta situación?
¿Por qué no comenzar a leer en voz alta o contar las historias bíblicas?
Sería una buena idea regularizar la lectura del Libro de Dios, y oír nuestra propia voz para hacerlo junto a las cabecitas que nos rodean en ese tiempo especial. Hace muchos años leer, solamente leer, fue práctica de nuestras iglesias, y se hacía con reverencia, con emoción y, en muchos lugares, con temor de ser descubiertos y perder la vida.
Vienen a mi mente rostros queridos, ya en la presencia del Señor, que aprendieron a leer con la Biblia, su primer libro de lectura.
Recuerdo los viejos textos de lectura donde, indefectiblemente, aparecía el dibujo de una abuela con un libro en sus manos, rodeada de los nietos sentados a sus pies. ¿Y si lo ponemos en práctica?
Todas podemos contar con la buena lectura: La Biblia. Y, salvo que tengamos algún impedimento propio de nuestra edad, como dificultad para ver o para hablar, propongamos viajes imaginarios hacia las tierras bíblicas. Usemos de esta potencia de crear imágenes que enlazan a los niños con sus mayores, y pueden ser el hilo conductor hacia el placer de conocer a Dios, su obra y su amor. Además, contamos con la bendición de conocer al Autor del Libro. Él se ha revelado en el mismo. Jamás nos decepcionará.
Hablemos y enseñemos el lenguaje del cielo, el espiritual. Hablemos palabras de verdad (Pr. 22:21); palabra a tiempo (Pr.15:23); palabras suaves (Pr.15:1); palabras convenientes (Pr.25:11); palabras de sabiduría (1Co.12:8); palabras agradables, con gracia (Col.4:6); palabras de Cristo… (Col.3:16).
Lo increíble en este tema de la lectura y el lenguaje es que, lo que descubre tardíamente el mundo, la Palabra de Dios lo proclama desde hace más de 21 siglos: «…porque de la abundancia del corazón habla la boca” (Mt.12:34), y: «Porque cual es su pensamiento en su corazón, tal es él» (Pr. 23:7).
Se escribe menos, es cierto, pues escribamos para que nos escriban. Volquemos todo el amor que decimos tener, en pequeñas y cariñosas frases y oraciones a nuestros niños y jóvenes. Que ellos encuentren en nuestra imperfecta escritura el perfecto amor de Cristo.
La Biblia es un libro espiritual, pero muy práctico, por eso: «La exposición de tus palabras alumbra, hace entender a los simples» (Sal.119:130)
Leer la ley de Dios claramente y poner el sentido correcto en ella con el propósito de que se entienda la lectura, es ayudar a nuestros pequeños oidores (Neh. 8:8).
El pueblo de Cristo no debe sucumbir ante la falta de lectura y ante el lenguaje corrupto. ¡El Señor viene pronto! ¡Cuánto podemos hacer! ¡Cuánto debemos hacer aún!
El enemigo vencido hará lo imposible para que no leamos la Palabra de Dios. Ofrezcamos resistencia. Traigamos a la memoria las palabras del Salmo 119:97-100: ¡Oh cuánto amo yo tu ley! Todo el día es ella mi meditación. Me has hecho más sabio que mis enemigos con tus mandamientos. Porque siempre están conmigo. Más que todos mis enseñadores he entendido, porque tus testimonios son mi meditación. Más que los viejos he entendido. Porque he guardado tus mandamientos.
¿Cuánto tiempo más tendremos a los más pequeños alrededor de nosotros? Ellos crecen rápidamente. Cuando queramos llamarlos o retenerlos, ya no podremos. Estarán ocupados con sus estudios y tareas; pero tampoco nosotros contamos con todo el tiempo que creemos tener…
Sé del esfuerzo de muchos padres por «borrar» el lenguaje del mundo. Ayudémosles. Quizás podamos dejar por unas horas nuestras hermosas y amadas labores, y comenzar a leer… a contar…
Queridas, seamos o no abuelas, tías, abuelas postizas… ¡Que nos vean leer lo mejor! Que hablemos bien, con respeto y amor a la gente menuda, a todos. Que observen en nosotras el anhelo de ser más sabias, ¡con la Biblia en nuestras manos!