LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Plantas de la Biblia: Incienso precioso, sin igual regalo …

Los nombres dados al incienso en los antiguos idiomas, se refieren a su aspecto al salir de la corteza

Navegando por la orilla izquierda del Nilo, se llega a Tebas en el Alto Egipto. Allí un pintoresco guía me indica, en el imponente templo de Deir-El-Bahari, inscripciones a manera de jeroglíficos; narradoras silenciosas que me muestran que en el siglo XVII, antes de nuestra era, una flota egipcia se dirigió a los países llamados To-Nuter y Pun, por orden del rey Rama-Ka, trayendo de allá “ana” y árboles vivos que producían esa sustancia, y, además, leña de sándalo, áloes, corteza de casia, colmillos de elefantes, oro, monos, etc. Los dibujos son elocuentes; “ana” significa incienso, y es la resina que sale del tronco de diversos árboles de la región subtropical, y que toma la forma de lágrimas amarillentas de sabor amargo, pero de fragante olor. Esas plantas se llaman Boswelia Sacra, de la familia de las Buseráceas, que crecen en la India, costa de Somalia y del sur de Arabia. En La Sagrada Escritura se habla sobre todo del incienso de Sabá (en Arabia) y del incienso del Líbano. Los dromedarios de Madián, de Efa y de Sabá, lo traían de Arabia (Is.60:6).

Los nombres dados al incienso en los antiguos idiomas, se refieren a su aspecto al salir de la corteza: lebonah en hebreo significa “blanco”, dando procedencia al griego libanos, el árabe luban (deliciosa leche cuajada) y el latino olibanun.

Una curiosidad: el incienso hembra se obtiene lastimando el árbol para que así destile; en cambio, el incienso macho lo destila naturalmente, el cual es más puro y mejor que el primero.

Evidentemente, el comercio de incienso tuvo gran desarrollo en épocas muy antiguas en los países del Mar Rojo; entonces era llevado a los puertos árabes y de allí a otros países. Cuando Alejandro Magno se apoderó de Gaza, hoy Ghazzeh, del sur de Palestina, formaron parte del botín 500 talentos de incienso y 100 de mirra, que fueron enviados a Macedonia. También los árabes fueron obligados a pagar al rey persa Darío, un tributo anual de 1000 talentos de incienso.

Hoy, la recolección se efectúa en el país de los somalíes, de febrero a marzo, encargándose de ella beduinos, que hacen incisiones en los árboles, y cada vez más profundas hasta que la gomorresina sale límpida, recogiéndose la adherida a los troncos.

Hasta aquí, la botánica y la historia unidas nos aproximan a conocer el verdadero alcance de esta planta que al aparecer en La Biblia, adquiere dimensión celestial.

El último párrafo de Éxodo 30 nos presenta el incienso como una “confección aromática de obra de perfumador, bien mezclada, pura y santa”. Este incienso precioso representa las perfecciones ilimitadas e ilimitables de Cristo. Sólo la mente de Dios puede medir las perfecciones infinitas de Aquel en quien habita la Divinidad, y sabemos que, por la eternidad, estas gloriosas perfecciones continuarán mostrándose a la vista de los santos y los ángeles. Sabemos con certeza que de tiempo en tiempo, a medida que emanen rayos de luz de esa gloria divina, arriba en lo celeste como abajo en los inmensos campos de su creación, se oirán los aleluyas, glorificando al que era, que es, y que será el objeto supremo de la alabanza de toda inteligencia creada; “de todo en igual peso…”. Cada aspecto de pureza moral halló en Jesús su verdadero lugar y su justa proporción. “Y molerás alguna de ella pulverizándola, y la pondrás delante del testimonio en el tabernáculo de reunión, donde yo te testificaré de mí. Os será cosa santísima” (vs.36). El significado de esta expresión “pulverizar” es profundo. Nos enseña que cada pequeño movimiento en la vida de Cristo, cada una de las menores circunstancias, cada acción, cada mirada, cada palabra, cada rasgo, esparce un perfume en proporción igual -“igual peso”- a todas las gracias divinas que forman su carácter. Cuanto más molido estaba el incienso, tanto mejor se manifestaba su preciosa y sin igual composición.

Este exquisito perfume estaba destinado a Jehová y su lugar estaba “delante del testimonio”. Hay algo en Jesús que sólo Dios puede apreciar. Con corazón creyente podemos acercarnos a Su persona y gozarnos en ella. Sin embargo, más allá de todo lo que los redimidos de Dios somos capaces de comprender, y de todo lo que los ángeles pueden contemplar acerca de las glorias insondables del hombre JESU-CRISTO, habrá aún algo en ÉL que sólo Dios puede medir, y de lo cual sólo Él puede gozar: “Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre conoce alguno, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar (Mat.11:27).

Nuestra naturaleza no tiene lugar en el Santuario de Dios, ha sido consumida y reducida a cenizas con todo lo que se relaciona con ella, y ahora nuestras almas son llamadas a gozar del buen olor de Cristo, subiendo como un perfume agradable delante de Dios; es en esto que Dios se complace. Ninguna mirada humana, ni angelical, podrá jamás entender, ni explicar, todo lo que encerraba este Perfume santo “pulverizado”, el cual sólo halla en el cielo un lugar adecuado para exhalar toda su divina magnitud.

Mª Cristina Jamarlli

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