LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Amar al Señor, nuestro Dios

No podemos olvidar las palabras de Jesús: “por sus frutos los conoceréis…”

Hay una canción de Steve Green cuya letra impactó mi vida. La traducción de esas palabras sería la siguiente: “Amar al Señor, nuestro Dios, es el latido de nuestra misión; la fuente de la que se derrama nuestro servicio. Al otro lado de la calle o alrededor del mundo, nuestra misión es todavía la misma: proclamar y vivir la verdad en el nombre de Jesús”.

Para mí es impresionante la capacidad que Dios da a ciertas personas, artistas, para transmitir de una manera tan clara, concisa y bella, unas verdades tan tremendas. Simplemente en un párrafo, nuestro hermano nos resume lo que debe ser la vida del verdadero hijo de Dios.

Es triste ver la falta de compromiso en las iglesias, al menos en nuestro mundo occidental. La afluencia económica es, quizás, el factor desencadenante, proveyendo un sinfín de tentaciones que nos roban el tiempo; necesitamos mucho de este para trabajar y, luego, para disfrutar lo que hemos ganado trabajando… ¡el ocio es el dios de este siglo! Por tanto, al Dios verdadero sólo le damos lo que nos sobra, después de todo lo demás.

Podemos argüir que el corazón lo tenemos en el lugar apropiado, que amamos a Dios, pero que el ritmo de vida actual es el que es. ¡Una gran excusa donde las haya! Porque sabemos que el “hacer” en sí mismo no significa nada, como bien expresara Oseas: “Porque misericordia quiero, y no sacrificio, y conocimiento de Dios más que holocaustos” (6:6)… Sin embargo, no podemos olvidar las palabras de Jesús: “por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:15-20).

Y volvemos así a la canción de Steve Green, porque su letra nos resume de forma maravillosa la confluencia de estas dos verdades en nuestra vida. Si amamos de verdad a Dios, el servicio para Él, el compromiso con su Iglesia, fluirá naturalmente de nosotros. Porque la piedra angular de la misión del seguidor de Jesucristo no es otra que amar a Dios. Y cuando amamos de verdad, lo demás viene rodado: vivimos y proclamamos la verdad del evangelio de Cristo.

¿Cuál es, entonces, el problema? Si amamos a Dios y eso es el motor de nuestro compromiso y servicio, ¿por qué esta falta de interés patente y demostrada en Sus cosas? Es como la madre que dice que ama a su hijo pero nunca está con él y, por tanto, lo desconoce… Quizás el problema estriba en que no amamos de verdad, como debiéramos. Y no me extraña, ya que el amor hay que aprenderlo y practicarlo, como cualquier otra disciplina. Recordemos que Pablo animaba a Tito a que “Las ancianas asimismo (…) enseñen a las mujeres jóvenes a amar a sus maridos y a sus hijos (…) para que la palabra de Dios no sea blasfemada” (2:3-5). Si algo se enseña, es porque hay que aprenderlo…

Por tanto, tenemos que aprender a amar. No nos dejemos engañar por la falacia de los sentimientos. Porque, aunque el amor ciertamente se siente, si no pasa de ahí, no es verdadero amor. Recordad la historia de Nehemías; él fue presa de sus sentimientos: “Cuando oí estas palabras me senté y lloré, e hice duelo por algunos días, y ayuné y oré delante del Dios de los cielos” (1:4). Pero no se quedó ahí Nehemías, lo cual hubiera sido nefasto. A continuación, y porque el amor hacia su Dios era real, se dispuso a trabajar… y ya conocéis la historia, ¡levantó los muros de Jerusalén!

La pregunta que me hago, entonces, es: ¿Sé, yo, amar? ¿Sabemos, nosotros, amar a Dios?

Muchas veces, en la Biblia se nos habla del amor entre hermanos, de que debemos perdonarnos las faltas, ser misericordiosos, no desear para el otro lo que no queremos para nosotros, etc., pero estas cosas no nos ayudan en cuanto a cómo debemos amar a Dios, porque Él no tiene faltas, Él no es como nosotros…

Personalmente, el pasaje que más me ayudó a comprender cómo debo amar a Dios, se encuentra en la epístola a los Hebreos: “Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor que habéis mostrado hacia su nombre, habiendo servido a los santos y sirviéndoles aún” (6:10).

El amor está intrínsecamente ligado al trabajo. Si hay amor, habrá obras o hechos que lo demuestren. A eso se refería el apóstol Santiago cuando hablaba de la fe y las obras; se trata de la misma dinámica.

El trabajo de amor al que se refiere el escritor de Hebreos es el servicio a los santos. Y ese trabajo de amor, ese servicio, es hacia Su nombre. Es decir, servimos a los hermanos porque amamos a Dios, o, lo que se infiere de esto: Amamos a Dios y eso nos lleva irremisiblemente a servir a nuestros hermanos… porque obedecemos Sus mandatos.

Además, no se trata de un servicio puntual, muy lógicamente, además. Ya que el servicio fluye del amor a Dios, no se debe acabar nunca. Cuando amamos a alguien, lo seguimos haciendo, a no ser que nos demuestre dolorosamente su falta de valía. Con Dios no tendremos ese problema jamás. Por eso, el versículo habla de haber servido y seguir sirviendo. Y si este tema de la perseverancia en el servicio no hubiese quedado claro en esta última frase del versículo 10, el escritor bíblico nos regala los versículos siguientes: “Pero deseamos que cada uno de vosotros muestre la misma solicitud hasta el fin, para plena certeza de la esperanza, a fin de que no os hagáis perezosos…”. ¿Somos perezosos? ¿Faltos de amor, quizás?

Amar a Dios no es un concepto abstracto y que sólo cada uno sabe en su interior. Amar a Dios es algo que se demuestra, son frutos que nacen de nuestra vida entregada a Él. Y si tuviera que resumirlo para que lo podamos recordar y poner en práctica, lo haría así:

Amar a Dios es obedecer su Palabra: “Si me amáis, guardad mis mandamientos”, dijo Jesús (Jn. 14:15). Claro está que, para obedecerla, tenemos que conocerla. Por tanto, el primer paso para amar a Dios es estudiar su Palabra, interesarnos por lo que Él tiene que decirnos.

Amar a Dios es amar a tu hermano: “Si alguno dice: Yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto? Y nosotros tenemos este mandamiento de él: El que ama a Dios, ame también a su hermano” (1ªJn. 4:20,21). Y esto se demuestra con obras de servicio y una actitud benigna.

No se trata de sentimientos, no. El amor a Dios es obedecer y obrar. Preguntémonos seriamente, sinceramente, a puerta cerrada, hablando con nosotros mismos: ¿A quién obedezco, a la sociedad y sus demandas o a la Biblia y lo que de ella aprendo? ¿Para quién produzco, obro, para mí y lo mío o para Dios y su reino? Que nuestra respuesta nos marque un mejor camino a seguir.

Débora Fernández de Byle

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