LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Para las jóvenes: ¿Qué esperas?

La verdadera esperanza no está en controlar el futuro, sino en confiar en Aquel que ya lo sostiene

Hay una escena en Los Juegos del Hambre en la que el presidente Snow, un personaje autoritario e inteligente, el creador de estos juegos, dice algo inquietante: “La esperanza es lo único más fuerte que el miedo. Un poco de esperanza es efectivo. Demasiada esperanza es peligrosa”.

Si soy honesta, cuando lo vi me impresionó la rapidez con la que identifiqué lo que había detrás de esta idea. Parecía que ponía en palabras algo que yo inconscientemente estaba entendiendo de la realidad. Describía el alcance de uno de los más poderosos sentimientos – ¿O debería llamarlo actitud? – del ser humano. Uno que cuando se ve frustrado nos afecta de tal manera que no podemos volver a levantarnos. El presidente Snow estaba poniendo sobre la mesa aquello de lo que quiero reflexionar.

¿Quién no ha sentido alguna vez que es mejor no esperar demasiado? Como si mantener la ilusión baja fuera una forma de proteger el corazón. Como si decir, “no me hago ilusiones” fuera, en realidad, una coraza elegante de persona madura. Yo misma llevo tiempo reflexionando en esto, porque siento que este ha sido mi discurso interno por unos meses ya, o quizás años.

Pero estoy pensando, al ver a personas que admiro, al leer mi Biblia, al observar historias de gente que han cambiado su realidad y la de quienes les rodean… ¿Y si el problema no es en sí la esperanza, sino dónde la colocamos? Esperamos en personas que cambian, en planes que se rompen, en resultados que no controlamos… y cuando eso falla, duele. Duele mucho. A veces ha sido tanta la ilusión frustrada, que empezamos a negociar con nosotras mismas: mejor no esperar nada, así no me decepciono. Pero en el fondo, esa decisión no nos hace más fuertes, ¿no crees? En el fondo nos hace más pequeñas. Más apagadas. Más cerradas a posibilidades que a lo mejor intentaríamos y en las que veríamos a Dios obrar.

En lo que sí estamos seguro de acuerdo, es que la esperanza mal colocada no solo decepciona, sino que desgasta. Es como apoyar todo tu peso en una silla rota: tarde o temprano cede y el batacazo es bueno. Y el golpe no es solo la caída. Te llevas el golpe emocional de haber sido tan tonta como para haber puesto tu confianza en esa silla y pensar que iba a aguantar tu peso. Así que, por supuesto que hay una forma de esperanza que puede ser peligrosa: la que depende de lo inestable, la que se construye sobre lo que cambia. Y, paradójicamente, ¿qué hay que no cambie en este mundo de locos?

¡Oh! pero esta esperanza también tiene otra cara. ¿No es así? La cara que el presidente Snow teme cuando dice “demasiada esperanza es peligrosa”. La que aparece en los lugares incluso más oscuros de la historia.

Viktor Frankl, superviviente de los campos de concentración, escribió: “Al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas, elegir la actitud personal ante un conjunto de circunstancias”. Y esa elección, en muchos casos, fue la esperanza. No una esperanza ingenua, sino una que mira el dolor de frente y, aun así, decide no rendirse.

Esa es la esperanza que ilumina. La que no depende de que todo vaya bien para existir. La que no niega la realidad, pero tampoco se somete a ella de manera determinista. La que, en lugar de evitar el sufrimiento, le da sentido.

C.S. Lewis en Cartas del Diablo a su Sobrino, escribe como si fuera el diablo aconsejando a su sobrino cómo alejar a los humanos de Dios, y una de sus estrategias más sutiles es mantenerlos enfocados en lo inmediato: en el miedo presente, en la incertidumbre del mañana, en lo que pueden perder… Porque cuando una persona pierde la visión eterna, su esperanza se vuelve mucho más frágil.

Y aquí es donde me paro y pregunto: ¿Dónde está puesta mi esperanza hoy? ¿En que todo salga como yo quiero? ¿En que nadie falle? ¿En ser suficiente yo misma? Porque si es así, entiendo por qué muchas veces he preferido no esperar nada.

Pero C.S. Lewis apunta a algo muy distinto: la verdadera esperanza no está en controlar el futuro, sino en confiar en Aquel que ya lo sostiene. Y eso lo cambia todo. Esto para mí significa algo muy sencillo y muy difícil a la vez: cada vez que algo no sale como esperabas, tienes una elección: Puedes cerrar el corazón, o puede redirigir tu esperanza; No negando lo que sientes, sino recordando en Quién confías. Es un ejercicio diario, casi como respirar. Volver una y otra vez.

Y… ahora que lo pienso, las personas más valientes que conozco en esta vida, justamente hacen esto. No dejan de esperar, miran de frente el dolor, pero siguen confiando en Dios. Y coincidentemente, también son las personas que conozco que viven con mayor plenitud de corazón. Una de ellas: mi madre.

Y tiene sentido, ¿no? Porque cuando miro a Cristo recuerdo que Él jamás prometió una vida sin dolor, pero sí una esperanza que lo trasciende todo. En Romanos 15:13 dice: “Que el Señor de la Esperanza os llene de todo gozo y fe”.

Y eso, para mí, es cura. Cura para el miedo a ilusionarme. Cura para el cansancio de esperar en lo que falla. Cura para el impulso de protegerme apagando el corazón.

Porque lo he visto. Y nadie jamás podrá negar lo que he presenciado con mis ojos: Que cuando la esperanza está puesta en Él (no en lo que Él te da), el terror a que todo se derrumbe ya no tiene el mismo poder paralizador. Puede doler, sí. Puede no salir como esperaba. Pero no rompe. No deja sin consuelo. No deja sin suelo. Porque esa esperanza no depende de que todo vaya bien, sino de que Él sigue siendo fiel.

Así que hoy te dejo, y me dejo, con esto:

¿Y si el problema no es que esperas demasiado… sino que esperas en el lugar equivocado?

Quizás la invitación no es a esperar menos, sino a esperar mejor. A levantar la mirada. A atreverte otra vez.

Porque creo que empiezo a entender desde un prisma nuevo ese “Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad” (2 Corintios 12:9).

Nora Moreda

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