Para disfrutar de esta seguridad, debemos cultivar nuestra relación tanto con el Señor en el cielo como con Su pueblo en la tierra…
Vivimos en un tiempo donde cada día nos asombra el alto índice de criminalidad, violencia e inseguridad que se registra en diferentes partes del mundo, de tal manera que ha sido necesario adoptar diferentes medidas de protección con el fin de lograr que estemos más o menos a salvo de cualquier daño físico o mental.
Sentirnos seguras es una necesidad apremiante ante un mundo cambiante y complejo. Encontramos en los diferentes medios de comunicación, una gama de sugerencias que supuestamente nos ayudarán en nuestra protección y la de los demás, ora ante peligros inminentes, ora contra daños fortuitos. Las llaman: “medidas de precaución” (muy necesarias y pertinentes, por cierto). Sin embargo, debemos admitir que ellas no nos libran del todo ante situaciones en que nuestra vida esté en riesgo de perderse.
Para enfrentar estos tiempos difíciles y peligrosos, nuestra felicidad y seguridad deben radicar en confiar en el amor inamovible de nuestro Dios. Él tiene cuidado de nosotras, no solo en el ámbito de lo físico, sino también en lo espiritual.
Nunca olvidemos que nuestro Padre, sabio y misericordioso, nos ha amado desde antes de la fundación del mundo. Por eso nos dio el “don inefable de su Hijo”.
Cristo Jesús es el “Buen Pastor” que entregó su vida para darnos seguridad eterna. Él es el Pastor que deja las 99 ovejas en el desierto y sale a buscar a la que estaba extraviada (Lucas 15:4). Esta es una imagen fiel de nosotras, perdidas en un mundo lleno de trampas y voces confusas, sin capacidad de volvernos a Dios, sin protección alguna.
La oveja no posee ningún instinto que le permita volver por sí misma una vez que se ha descaminado. Por el contrario, siempre huye aún más si se da cuenta de que alguien va tras ella. Solo se detiene bajo el efecto de las circunstancias, cuando ya no puede ir más lejos. Pero para el Pastor ella tiene mucho valor, por eso la busca hasta encontrarla y hacerla volver. Gasta lo que fuere necesario para lograrlo y soporta toda clase de incomodidades con tal de recuperarla. Solo Jesús conoce el precio de nuestras almas y nuestra incapacidad para volvernos a Dios. Por eso hizo todo lo necesario para encontrarnos. Su amor es infatigable. Dio su vida para rescatarnos, y al hacerlo nos libra de recorrer el camino de inseguridades y peligros que antes hicimos.
Cuando el Señor nos encuentra, feliz nos lleva sobre “sus hombros” (figura de su poder y fuerza). De aquí en adelante, todo el camino a recorrer en este mundo está bajo su cuidado de amor, sus ojos están sobre los justos, y atentos sus oídos al clamor de ellos (Salmos 34:15). Podemos estar seguras de que cuidará de nosotras hasta que lleguemos a la casa del Padre.
Reconocemos nuestras muchas debilidades. En ocasiones, temores y dudas asaltan nuestra mente y la fe es probada; pero confiemos, ya que tenemos un fiel Sumo Sacerdote intercediendo por nosotras a la diestra de la Majestad en las alturas, y tal como Aarón, el sumo sacerdote del antiguo pacto, llevaba sobre sus vestiduras santas doce piedras preciosas engastadas en oro, cada una con el nombre de cada tribu (Éxodo 28:12,28), las que se encontraban constantemente sobre sus hombros y sobre su pecho, así nos lleva a cada una de nosotras. Es una conmovedora imagen del lugar que ocupamos los redimidos del Señor. Estamos sobre Sus potentes hombros, pero también sobre Su corazón.
Al igual que estas piedras fijadas de manera inamovible, nada puede hacer que los rescatados por el Señor se vean privados de Su fuerza o de Su amor. Ningún acontecimiento en nuestras vidas, aun sea de extremo riesgo, es fruto del azar o la casualidad. Delante de Él están todos nuestros días. Nunca nos dejará solas al transitar por este mundo. Su poder y Su amor nos aseguran protección eterna. Podemos decir con David: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…” (Salmos 23:1).
Jesús dio Su vida en el Calvario para que nosotras podamos ser suyas para siempre. Nos asegura que estamos en Sus manos y en las manos del Padre (Juan 10:28,29). Esta es una doble garantía de seguridad. Y nos dice que nadie nos arrebatará de ellas.
Esta mano invencible (que redimió al pueblo de Israel de la esclavitud de hierro de Egipto, los preservó y defendió a través del desierto y los condujo a la tierra que mana leche y miel), rodeará a Sus frágiles ovejas y las protegerá de cualquier ataque del adversario.
Aunque el lobo busque asolar el rebaño, el Buen Pastor conduce a las ovejas “de su mano” (Salmos 95:7) a los verdes pastos donde se alimentan tranquilamente junto a las aguas apacibles. El Señor nos instruye y anima a través de su Espíritu y su Palabra. Quiere que dependamos de Él de todo corazón. Sea cual sea la situación, los retos o las amenazas, siempre nos sostendrá. Estamos tomadas por la mano que mide las aguas y los cielos, que con tres dedos junta el polvo de la tierra, y pesa los montes con balanza y con pesas los collados (Isaías 40: 12). ¡Qué perfecto cuidado!
Para disfrutar de esta seguridad, debemos cultivar nuestra relación tanto con el Señor en el cielo como con Su pueblo en la tierra. Para lograrlo, debemos tener una mentalidad dispuesta a examinarnos a la luz de Dios, a juzgar nuestra propia voluntad y obstinación, a fin de que nuestros corazones estén en sintonía con Él. Debemos confesar nuestras ofensas a Él y a nuestros hermanos y obedecer su Palabra. Así caminaremos en comunión con Él y disfrutaremos de Su cuidado amoroso, sin temer lo que pueda pasarnos en esta vida.
“Cristo está conmigo; ¡qué consolación!
Su presencia quita todo mi temor.
Tengo la promesa de mi Salvador:
“No te dejaré nunca; siempre contigo estoy”.
No tengo temor,
no tengo temor.
Jesús ha prometido:
“Siempre contigo estoy”.
El que guarda mi alma, nunca dormirá.
Si mi pie resbala, Él me sostendrá.
En mi vida diaria Él es mi guardador.
¡Oh, qué fiel Su palabra: “Siempre contigo estoy”!