Una lección sobre administración del tiempo y un testimonio de lo que una mujer sola puede hacer en nombre de Dios
Antes de que Eglón y yo nos casáramos, recibí una carta de su tía y así, por correspondencia, nació mi amistad con “la señorita Nettie», como después vi que todos en México la llamaban. Me escribía de su trabajo, de cómo iba a diferentes lugares, visitaba enfermos, tejía zapatitos para los recién nacidos, y muchas cosas más. Así supe detalles del trabajo en México, lugar donde ya me había comprometido a ir para servir al Señor.
Tal vez pasaron dieciocho meses, era el mes de marzo de 1962, cuando, de repente, Eglón me llamó desde el trabajo para decirme: “Mi tía ha muerto: ha pasado a la presencia del Señor”. La pregunta que me hice fue: “¿Cómo pasó?” Pues estaba sana, y casi nunca enfermaba. ¡Tenía tantos deseos de conocerla! Por sus cartas había llegado a quererla. Pero Dios sabe lo que es mejor, y decidió que descansara de sus trabajos.
Fue un duro golpe para los miembros de las iglesias de México que ella visitaba. Nos contaron que de muchas partes vinieron a su sepelio, y una larga fila de «sus hijos», así se llamaban ellos mismos, acompañó su cuerpo al panteón, dejando un claro testimonio a la ciudad de Orizaba de cómo fue apreciada su labor, y que su trabajo en el Señor no había sido en vano.
Vivía en un apartamento pequeño, en el mismo edificio de la imprenta «El Sembrador», y como Eglón y yo íbamos a casarnos en julio de ese año, sus padres lo arreglaron con mucho cariño, para nosotros. Y así, en medio de la tristeza, el Señor preparó un lugar donde viviéramos. A Eglón le traía muchos recuerdos, y para mí fue un reto, pues todos hablaban de «la señorita Nettie», esperando, quizá, que yo llenaría el hueco por ella dejado. Pero… yo era muy joven, con esposo y con muchas cosas que aprender todavía, incluido el idioma. Recuerdo que el suelo de su apartamento tenía muy marcados los lugares por donde caminaba, y esto me hacía pensar en ella cada día, y recordar a los muchos que esperaban que yo siguiera sus pisadas.
Grandes y pequeños hablaban de su trabajo. Sentí una gran carga, y empecé a investigar exactamente lo que ella hacía, y cómo se había ganado la confianza y el cariño de tanta gente.
Nettie nació en México el 6 de diciembre de 1894, año en que fue fundado «El Sembrador», folleto evangelístico que sigue publicándose hasta el día de hoy, y a cuyos talleres dio gran parte de su vida. Desde muy joven leía cada publicación, antes de que saliera, buscando errores, y más adelante pudo aportar sus comentarios para enriquecerlas. También, cuando era necesario, se desvelaba doblando folletos y haciendo los paquetes para que cada envío saliera a tiempo.
Fue bautizada y recibida en comunión el mes de octubre de 1907, y desde el año 1912 acompañó a su padre (el primer Don Eglón) para tocar el órgano en las iglesias que visitaba. También ayudó a muchas señoritas que querían aprender a tocar el órgano y, en su trabajo entre los niños, algunas pudieron acompañar los cantos.
Su labor para el Señor no fue espectacular, pero los resultados los obtuvo por su constancia y consagración en todo lo que emprendía para su Maestro. El trabajo entre niños y jóvenes fue su especialidad. Hoy, años después de su muerte, todavía me encuentro, por diferentes ciudades de esta región, con alguien que me dice: “Cuando niño, iba a las clases bíblicas de la señorita Nettie; y después, ya de edad madura y lejos del Señor, un canto o algo que leí me recordó sus palabras e hice mi decisión por Cristo, paso que debiera haber dado años atrás”.
Mi esposo me cuenta que cuando él asistía a la Escuela Bíblica de los miércoles por la tarde, eran como 150, entre niños y adolescentes, los que escuchaban cada semana sus enseñanzas, y todos estaban atentos. Dios le dio el don de contar las historias bíblicas de forma atractiva para todas las edades.
Otro de sus trabajos consistió en visitar enfermos y escribir cartas. Me enteré de que, de joven, le gustaba buscar en los periódicos la página necrológica y escribir a los deudos cartas consoladoras, hablándoles de Cristo y sus promesas. En este ministerio fue una experta. Muchos me cuentan cómo sus pláticas traían paz a su alma.
Cuentan que, entre sus charlas, decía que nunca quiso estar atada a marido, pues deseaba tener todo el día para salir a servir a su Señor, sin tener que pensar en los quehaceres del hogar y la comida. Ciertamente, me cuenta mi esposo que su manera de vida fue muy sencilla, y que su ministerio la llevaba a lugares distantes, a 2 ó 3 horas en autobús, más otro tanto a pie. Cada semana visitaba tres o más pueblos lejanos, donde se reunía con niños y mujeres a estudiar las Escrituras; y cuando estaba en Orizaba, pasaba gran parte del día visitando a enfermos y a quienes habían dejado de asistir a los estudios por algún motivo. Deduzco de esto que, aunque sabía cuidar su cuerpo, pues nunca tuvo una enfermedad más allá de gripe y catarros, no lo regalaba con grandes comidas, ni ocupaba mucho tiempo en la cocina, para así poder dar más del mismo al ministerio que había recibido del Señor. En ella encontramos una lección sobre administración del tiempoy un testimonio de lo que una mujer sola puede hacer en nombre de Dios.
Hoy, medio siglo después, aún hay personas que recuerdan lo que Dios hizo por ellas a través de “la señorita Nettie”. Ciertamente, sus obras la siguen (Ap.14:13). Esto es lo importante a observar en toda vida rendida a Dios.