LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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El cerebro de la mujer y el maltrato II

El cerebro tiene una capacidad increíble para recuperarse…

Me atrevo a enfrentarme a este tema porque el dolor del maltrato deja una huella en el cerebro de cualquier ser humano, y Dios no es indiferente a ese dolor.

Desgraciadamente, son muchas las mujeres que padecen, hoy en día, malos tratos de algún tipo: físico, emocional, sexual…

Podemos preguntarnos, ¿qué está pasando en nuestra sociedad para que cada día tengamos que levantarnos con algún sobresalto por muerte o agresiones a mujeres, tanto jóvenes como mayores?

El maltrato no solo hiere el corazón, los sentimientos; también deja una huella real e inmedible en el cerebro. Comprender esto nunca justifica al agresor, pero sí libera a la víctima de una culpa injusta, y abre caminos de restauración.

Aunque la violencia sea psicológica -puede ser invisible- resulta profundamente dañina. Las humillaciones, el control excesivo, las amenazas, la manipulación, el desprecio, el silencio hostil, las desapariciones, la conducción del coche excesivamente rápida… pueden ser igual o incluso más devastadores para el cerebro femenino que una paliza física.

El cerebro no evalúa tanto el daño por la visibilidad de la herida, sino por la sensación persistente de amenaza y por la necesidad de estar hiper vigilante todo el tiempo. Vivir constantemente bajo críticas, amenazas, abandono o inseguridad, mantiene ese estado de alerta persistente, como si el peligro nunca terminase. Esto tiene unas consecuencias profundas. Deja que te explique…

La amígdala es una estructura cerebral clave en la detección de los peligros. En mujeres que sufren maltrato, especialmente prolongado, la amígdala se hiperactiva.

Quizá te preguntes qué significa todo eso. Pues mira, implica que la persona está siempre “en guardia”, como he mencionado, hiper vigilante. Esto provoca reacciones intensas ante estímulos pequeños, que quizás no merecen esa reacción, y, a la larga, la ansiedad es permanente. Esto trae, consecuentemente, en la mujer, dificultades para relajarse o sentirse segura.

Incluso cuando el peligro de maltrato ha desaparecido, esas mujeres siguen preguntándose: ¿Por qué tengo tanto miedo si ya pasó? Esta pregunta no es debilidad ni falta de fe… Es ¡un cerebro que ha aprendido a sobrevivir! Y, el Señor, el Padre Celestial, no reprende a la mujer por ese temor, sino que la acompaña.

Otra zona especial del cerebro en este tema, es el hipocampo. Es una zona esencial para la memoria, el aprendizaje y la orientación en el tiempo. El estrés crónico, generado por el maltrato, puede reducir su funcionamiento, afectando a:

-La memoria (olvidos frecuentes, confusión)

-La capacidad de atención y concentración

-La capacidad de proyectarse hacia el futuro

No es que la persona pierda su valor o inteligencia, sino que el trauma del maltrato interfiere en la forma en que el cerebro organiza la experiencia. Por eso, a algunas mujeres maltratadas les parece que “no son las mismas”, que han perdido claridad, seguridad y confianza en su propio criterio.

Espiritualmente, podemos dar una explicación en cuanto a esto porque la Palabra de Dios, que antes nos consolaba, nos parece lejana… No es falta de deseo, no es no querer estar cerca del Señor. Es un cerebro agotado, que necesita ser restaurado.

También se afecta la zona cerebral de la corteza prefrontal, la responsable de decidir; poner límites y decir “no”; de tener autocontrol suficiente.

Esta zona puede verse especialmente afectada, y ser manifestado como:

-Dificultades para tomar decisiones 

-Sensación de bloqueo

-Dependencia emocional

-Problemas para poner límites; en general, y al propio maltratador

Hoy en día, la neurociencia nos explica que el maltrato debilita las mismas funciones que nos permiten protegernos.

Dios no acusa a la mujer herida; la levanta con paciencia.

El dolor se somatiza porque el cerebro está profundamente conectado con el cuerpo y, cuando se da un maltrato, aparecen síntomas físicos: fatiga crónica, dolores musculares, trastornos digestivos, insomnio, alteraciones hormonales… En un sentido, podemos decir que el cuerpo habla cuando el alma ha tenido que callar demasiado tiempo. Cuidar el cuerpo en estos procesos, no es opcional; es parte esencial de la sanidad integral que Dios quiere dar a la mujer.

Dios es el defensor del oprimido, está cercano a la mujer quebrantada y es justo ante la violencia. Jesús nunca normalizó el abuso; siempre restauró la dignidad.

Y ¡la buena noticia! El cerebro tiene una capacidad increíble para recuperarse. La neuroplasticidad permite crear nuevas conexiones, aprender seguridad y reconstruir la identidad.

Esto será así, siempre que se reconozca que se necesita ayuda: buscando un acompañamiento especializado; gozando de espacios de fe, libres de juicio; con tiempo, paciencia y, sobre todo, sabiendo que Dios, cuando nos acercamos a Él, abre camino en el desierto (Isaías 43:19).

¿Qué te parece?

Ester Martínez Vera

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