LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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La mamá y el niño – Enseñando hábitos espirituales: La gratitud

La gratitud genuina y verdadera emana del corazón

En el transcurso de la niñez de nuestros hijos, la enseñanza es parte constante de nuestra interacción con ellos. Les enseñamos a usar utensilios para comer, a formar palabras, a jugar apropiadamente con otros, a ayudar en tareas domésticas… Muchas de estas conductas son eslabones en su desarrollo, otras son rutinas o hábitos que les enseñamos porque sabemos que son importantes para su vida diaria. Hábitos como cepillarse los dientes, vestirse a tiempo, hacer sus deberes, ordenar su habitación… son parte de rutinas que establecemos para el orden del hogar, y es por ello que tomamos tiempo para establecerlos con consistencia. Pero, ¿tomamos tiempo para establecer hábitos espirituales, para no solo transmitirles a nuestros hijos valores y principios bíblicos, sino para brindarles herramientas necesarias para su crecimiento espiritual?

Para que una práctica se convierta en hábito debe ser repetida frecuente y consistentemente; es una acción que por ser tan regular en su vida diaria se interioriza y pasa a ser parte integral de su manera de ser. Esto implica esfuerzo de nuestra parte, ya que debemos tener un plan y aplicarlo consistentemente. También va a ser difícil enseñarle algo que nosotras no hemos hecho un hábito en nuestra propia vida, por lo tanto, debemos evaluar y aplicar ese concepto primeramente a nosotras mismas. ¿Qué valores o hábitos espirituales queremos impartir?

En nuestros próximos artículos vamos a ir abarcando varios hábitos espirituales, pero en este quisiera comenzar con la gratitud. Por gratitud no me refiero simplemente a la enseñanza correcta del uso de “Gracias” y “Por favor”, o sea, la enseñanza de modales correctos en el ámbito social. Más bien, además, debemos enseñarles una sincera actitud de gratitud hacia el prójimo y hacia Dios.

Recientemente hemos terminado una época de fiestas en la que abundan los regalos, invitaciones y actividades especiales, y si somos sinceras en nuestras observaciones, la práctica de ser agradecidos parece haber sido omitida de la celebración. Recibir es parte del itinerario, algo esperado o presumido; y muchas veces aun escuchamos un quejoso «¿Eso es todo?» del niño cuyas expectativas fueron demasiado altas. ¿Qué pasó con la capacidad de asombro? ¿Y qué de la apreciación hacia aquel que preparó, organizó, o compró, con el trabajo y la consideración que lo acompaña?

Por supuesto que esto no se limita a las fiestas; el arte de recibir con gratitud y apreciación es una cualidad de carácter que debe ser aprendida en la niñez a través de la enseñanza diaria de sus padres (es mucho más difícil aprenderlo como adulto). ¿Cómo podemos enseñar a nuestros hijos a ser agradecidos y a hacer un hábito de ello para que como adultos sea parte natural de su comportamiento? 

I.  La gratitud hacia otra persona:

En primer lugar, ser agradecidos implica una actitud de humildad. El orgullo que adquirimos a medida que crecemos puede ser un impedimento para ser realmente agradecidos si no hemos aprendido a hacerlo desde pequeños. El infante que aprende a caminar lo hace con mucha humildad, vez tras vez se cae, pero persiste en lograr su meta; cada caída no es un fracaso, sino parte del aprendizaje. Es esta humildad la que le otorga al niño una enorme capacidad para aprender. Empecemos enseñándoles la cortesía de decir «por favor» y «gracias» y, consistentemente, recordémosle hasta que se haga una costumbre. Cuando va de visita a otra casa nunca debe salir sin haber dicho «gracias por haberme invitado”, y si fue alimentado «muchas gracias por la cena»… Toda atención necesita ser retribuida con un amable «gracias», pero también la actitud de apreciación que sabe que hubo una acción intencional de amor hacia él mostrado por esta familia o persona.

El niño también necesita aprender por el ejemplo. Un padre que comenta lo rica que está la comida y agradece diariamente a su esposa por sus productos culinarios, les está enseñando a sus hijos a apreciar la labor diaria de su madre que muchas veces se da por hecho y no se tiene en cuenta. Debemos, como integrantes de nuestra familia, ser prontos para agradecer toda acción de ayuda (aun si son tareas asignadas), agradecer cuando están dispuestos a compartir, cuando muestran compasión, cuando obedecen con prontitud. Si como madres o padres no agradecemos lo que nuestros hijos hacen, sino que solamente somos prontos a corregir, no somos buenos ejemplos de una actitud de gratitud. Enseñémosle a ver las acciones de los demás con el lente de apreciación, y sus propias acciones de servicio como oportunidades para mostrar cariño y consideración por los demás

A pesar de que a veces es difícil para el niño comprender los motivos por los cuales alguien les compra o confecciona ciertos regalos, necesita aprender a apreciar el amor y la consideración con que ese regalo fue comprado o hecho. Le guste o no le guste, el producto necesita ser agradecido, y deben mostrar interés para no herir los sentimientos de aquella persona. Debemos transferir el enfoque desde el regalo hacia la persona que dio el regalo. Una costumbre que podemos enseñarle es escribir pequeñas tarjetas o notas de agradecimiento (si son pequeños un dibujo); no es una carta larga sino una notita diciendo gracias por el regalo o explicando cómo lo están usando. Ya sea la abuela, como la tía, o el amigo, se sentirán apreciados con esta atención, y tanto el que escribe como el que recibe tendrá una bendición especial al revivir con la nota el gozo de dar y recibir (Pr. 3:27).   

II.  La gratitud hacia Dios:

Muchos son los atributos de Dios por los cuales podemos estar agradecidos, pero tomaremos dos que son importantes para ser parte de un hábito de gratitud:

Apreciar el amor de Dios: Desde pequeños les enseñamos a nuestros hijos acerca del gran regalo que Dios nos ha dado al mandar a Su Hijo para morir en nuestro lugar y ofrecernos Su salvación y la vida eterna para todo aquel que cree. Acompañado de este conocimiento, una vez que son salvos, necesitan apreciar esta salvación diariamente, dándole gracias a Dios en su oración nocturna por esta increíble dádiva de Su amor y Su gracia hacia nosotros. El amor de Dios no se limita solo a esta inmerecida salvación; Su cuidado de nosotros es diario. Nuestro niño necesita agradecer por este cuidado en forma específica de acuerdo con las experiencias del día, y aun cuando hay dificultades apreciar que Él está cerca para ayudar. Y por supuesto, siempre recordarles dar gracias cuando Dios ha contestado alguna oración. Si el niño es un poco mayor puede agradecer a Dios de antemano sabiendo que Él contestará su petición o le otorgará Su protección (Salmos 4:8).

Apreciar la grandeza de Dios: Admirar la creación a través de una caminata o una visita a las montañas o al campo, es una buena manera de enseñarles a nuestros niños a apreciar la grandeza de Dios. En nuestra caminata necesitamos tomar el tiempo para parar y admirar el increíble detalle y la belleza que Él ha incluido en cada minúscula parte de Su creación. Apreciemos junto con ellos los sonidos del viento entre las hojas, las distintas aves y sus llamados… Si tenemos la oportunidad de ver con nuestros hijos los pasos que un par de aves toman en hacer su nido, cuidar de los huevos y luego ver los pequeños pajaritos aceptando la comida de su madre… o aun el plantar una semilla y ver la planta crecer. Estas son hermosas experiencias en que apreciarán el maravilloso poder creador de nuestro Dios. Cuando agradecen en oración por las bendiciones materiales que Él nos da, recordémosles que también necesitan agradecer por la naturaleza que Él ha creado y los aspectos de esta que han visto y experimentado (Salmos 8:3,4; 9:1).

Las expresiones de apreciación pueden ser «falsificadas», ya que uno puede decir o escribir aquello que no siente. Pero la gratitud genuina y verdadera no puede ser falsificada, ya que emana del corazón. Enseñemos a nuestros hijos a tener esa gratitud que proviene de un corazón que sabe recibir con apreciación, y no con el ojo calculador del materialismo y la ingratitud de una sociedad egoísta.     

G. Elisabeth Morris de Bryant

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