LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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¡Vivamos cada momento de nuestra vida en consciente dependencia de nuestro Dios!

No hace mucho, comentábamos con unos amigos acerca de la fe, de si era, o no, un nombre incontable, o si era, o no, susceptible al crecimiento o la maduración. Ciertamente no me siento capaz de sentar cátedra en cuanto a esto (o en cuanto a nada, realmente), pero sí que creo sería interesante considerar algunas cosas en cuanto a la fe, la FE con mayúsculas, la que salva, la que define y guía tu vida, la FE en Dios.

Todo comenzó al recordar las palabras de Jesús a sus discípulos después de que estos le pidieran que les aumentase la fe, una petición interesante si consideramos que parece que se la hicieron justo después de que Jesús les hablase de la necesidad de perdonar constantemente. Pero es que esas mismas palabras se las vuelve a decir cuando los discípulos le preguntan por la razón de su fracaso a la hora de echar fuera un demonio de un lunático: “Jesús les dijo: Por vuestra poca fe; porque de cierto os digo, que si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: Pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible” (Mateo 17:20).

Tanto del episodio recogido en Mateo como del que se recoge en Lucas (17:6), podemos deducir que a la fe de los discípulos le faltaba mucho para ser la correcta y, si somos sinceros, igualmente sucede con nuestra fe. Del relato de Lucas casi se podría deducir que no tenían fe en absoluto, ya que el “si” condicional nos lleva a pensar que la mínima expresión de fe (como la pequeñísima semilla de mostaza) ya sería capaz de grandes cosas. Sin embargo, la alusión que de nuevo hace Jesús a esta semilla en Mateo, nos aclara que sí tenían fe, aunque poca.

En cualquier caso, lo pertinente aquí no es si tenían poca fe o ninguna, sino lo que podrían haber hecho con ella de tener la necesaria.

¿Tenemos la fe necesaria?

Entramos aquí en otra dimensión de las cosas. ¿Se puede cuantificar la fe? No lo sé. Es cierto que Jesús varias veces habla de “hombres de poca fe” o de “llenos de fe”. Pero recordemos también lo que Pablo nos dice en 1ª Corintios 13:2, “y si tuviese toda la fe, de tal manera que trasladase los montes…”; parece que la mínima cantidad de fe y la máxima cantidad de fe, son igualmente efectivas…

Todo esto me lleva a pensar que quizás no es que la fe sea grande o pequeña en sí, sino que cuando la ejercemos, lo hacemos en mayor o menor medida, del mismo modo que todos tenemos el mismo músculo, pero su efectividad dependerá de cómo y cuánto lo usemos.

Si la fe fuese grande o pequeña en sí misma, no tendríamos responsabilidad personal a la hora de seguir lo que Dios nos pide en su Palabra. Porque si mi fe es pequeña, ¿qué puedo hacer yo?; no me da para más… Pero si se trata de la misma fe para todos, el que la ejerza constantemente estará mostrando su dependencia de Dios, su creencia verdadera en que la Palabra de Dios es veraz y efectiva. Quien ejercita su fe lo hace porque su relación con Dios es lo suficientemente cercana, y real, como para creer en lo que Él dice, que es siempre sí y amén.

En otras oportunidades se habla de “conforme a la medida de la fe”, pero el contexto nos muestra que se refiere a acepciones específicas de este término, y no a la fe esencial, la que nos lleva a mirar a Cristo para cualquier cosa en nuestra vida; la fe por la cual el justo vivirá.

Es interesante que esta palabra, “fe”, aparece casi exclusivamente en el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento sólo he encontrado dos ocasiones en que la raíz de esta palabra aparece: una para designar lo contrario de fe, es decir, infidelidad, que se encuentra en Deuteronomio 32:20, y otra que todos conoceremos y que se halla en Habacuc 2:4: “He aquí que aquel cuya alma no es recta, se enorgullece; mas el justo por su fe vivirá”. El Talmud judío afirma que Habacuc redujo los 613 mandamientos de Moisés a uno: “El justo por su fe vivirá”. Es de resaltar la palabra “su” que acompaña y define a la fe. Se refiere a la fe de cada uno en particular, esa fe del hombre que intenta agradar a Dios en sus propias fuerzas. Lejos de esa otra fe que expone el evangelio de Cristo y de la que se habla abundantemente en el Nuevo Testamento, esa fe que no depende de nosotros mismos sino de la gracia infinita de nuestro Dios: “Porque en el evangelio la justicia de Dios se revela por fe y para fe, como está escrito: Mas el justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). Podríamos decir, quizás, que la justicia de Dios por fe del Antiguo Testamente, abrió paso a la perfecta justicia para fe que se nos revela en el Nuevo (“no por obras sino para obras”). Ya no se trata de nuestra fe personal, fallida e imposible de hacer perfecta, sino de la fe perfecta que se hizo posible gracias al sacrificio de Cristo en la cruz. El justo ya no vive por su propia fe, sino por la fe suficiente en el perfecto evangelio de Cristo, que le ha sido dada por gracia y para gracia.

Queridas, ejercitemos nuestra fe, esa perfecta fe que nos ha sido dada; vivamos cada momento de nuestra vida en consciente obediencia y dependencia de nuestro Dios.

Os dejo una frase que me hizo considerar: “Un mero asentimiento mental a lo que se afirma, no es fe. Así, la fe engloba la creencia, pero llega más lejos que ella, dándose de una manera vital a su objeto”. Nuestra vida tiene necesariamente que reflejar, que demostrar que realmente creemos en Dios y su Palabra. Cuando aceptamos los consejos de un especialista en dietética ponemos nuestra fe en él y cambiamos con determinación nuestros hábitos de vida para alcanzar nuestra meta. ¿Podemos decir que nuestra determinación para seguir y obedecer todo el consejo de Dios es la misma? ¡Que así sea!

Débora Fernández de Byle

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