LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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¿Cómo podemos mantener nuestras almas libres de ansiedades, temores y desánimos?

Vivimos en la era de la prisa y los cambios. Los días transcurren y nos parece que su duración es menos que lo acostumbrado. Las circunstancias se presentan de tal manera que hoy podemos vivir en Perú y en pocas horas estar residiendo en Alemania.

La vida se nos ha tornado compleja. Se nos demanda en los trabajos productividad, rendimiento, eficacia… Además, necesitamos la energía necesaria para cumplir con los cuidados de nuestros hogares; las necesidades espirituales y físicas de los que nos rodean y las nuestras también.

Nuestras mentes libran una verdadera batalla. Es en ella donde se generan los pensamientos, la imaginación y el razonamiento, de tal manera que permanecer equilibradas y tranquilas nos resulta muy difícil. ¿Cómo podemos mantener nuestras almas libres de ansiedades, temores y desánimos?

Hemos de analizar una hermosa cualidad del carácter cristiano: la sobriedad. Es el necesario equilibrio en todo. La palabra “sobrio”, según el Diccionario de la Real Academia Española, implica: “mesura, templanza”.

El apóstol Pedro, cuando escribe su Primera Carta a los creyentes del primer siglo, dispersos por la persecución del Imperio romano (1ªPedro 1:1), les exhorta a que en medio de la hostilidad y adversidad en que se encontraban, debían mantenerse con una mente equilibrada. Les dice: “Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimiento, sed sobrios, y esperad por completo en la gracia que se os traerá cuando Jesucristo sea manifestado” (1ªPedro 1:13).

Tanto aquellos fieles como nosotras, debemos saber lo que la Palabra de Dios nos asegura: lo perfecto de nuestra salvación. Fuimos escogidos por Dios el Padre en Cristo desde la eternidad pasada, para una esperanza segura para la eternidad futura, y esto nos otorga bendiciones espirituales para disfrutarlas en el presente. Es una nueva manera de vivir que ha de experimentar todo cristiano genuino. Una vida santa, porque pertenecemos a un Dios santo.

Pedro nos dice que es necesario tener disciplina mental para poder vivir con una cosmovisión bíblica. Se requiere centrarse en Dios y en su Palabra; se necesita un entendimiento “ceñido”, ajustado, disciplinado, de las verdades bíblicas. Esto precisa conocer y comprender los principios espirituales con los que nuestro Dios gobierna. Nuestros pensamientos deben estar centrados y disciplinados en las realidades eternas; solo así guardaremos nuestros corazones libres de cosas infructuosas e innecesarias, y estaremos preparadas para evaluar cada cosa para la gloria de Dios.

Luego el apóstol nos da un importante mandamiento, donde encontramos la palabra que queremos resaltar: “Sed sobrios”.

Estos son días muy malos (Efesios 6:16). Pueden albergarse en nuestro interior interrogantes que nos inquieten: ¿Qué sucederá con un familiar cuya salud física está seriamente afectada? ¿Qué pasará con mi ser querido que se muestra indiferente e insensible a las cosas de Dios? Estoy perdiendo vigor, los años van dejando huellas en mi cuerpo, ¿podré llegar a la vejez con suficiente fortaleza física y mental? ¿Cómo debo conducirme en una sociedad donde el individualismo, el hedonismo y el relativismo moral dominan la conducta de las personas?

Ser sobrio es tener un pensamiento claro, capaz de concentrarse en la tarea. Debemos ser capaces de evaluar las cosas correctamente, para que no nos desconcertemos con cada nueva y fascinante idea, con cada circunstancia estresante, con cada filosofía mundana. Debemos ver toda circunstancia desde una perspectiva bíblica. Ello nos proporciona el enfoque correcto: aprendemos que nuestro Dios trabaja para la eternidad y obra en Su amor perfecto para Su gloria y para que todas las cosas operen para nuestro bien, aunque muchas veces no lo comprendamos. La Palabra de Dios dirige nuestros pensamientos para que sepamos que aunque nuestra fe sea probada, será hallada en alabanza, gloria y honra cuando se manifieste nuestro Señor Jesucristo (1ªPedro 1:7).

Es necesario mantener clara nuestra perspectiva acerca del futuro: “Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed sobrios, y velad en oración” (1ªPedro 4:7).

La sobriedad espiritual es el pensamiento claro y controlado. La necesitamos, tanto en medio de un mundo que nos roba la paz, como ante un enemigo que busca impedir que disfrutemos el gozo de nuestra salvación. Por eso, vemos que Pedro nos exhorta por tercera vez a la sobriedad: “Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar” (1ªPedro 5:8). No nos durmamos, el enemigo de nuestras almas tratará de llenar de temor nuestros corazones, con “fuertes rugidos”, esto puede nublar nuestra concentración espiritual y, por tanto, aturdir nuestra percepción de la presencia y el poder de Dios para preservarnos del mal.

La sobriedad espiritual mantiene nuestras mentes en estado de alerta, para comprender contra quién luchamos y quién pelea por nosotras nuestras batallas.

El apóstol Pablo nos enseña la importancia de que aquellos hermanos que llegasen a la madurez por su edad y andar con el Señor, manifiesten esta cualidad tan importante, no tan solo con el uso del vino sino también en todas las áreas de su conducta: “Que los ancianos sean sobrios” (Tito 2:2).

En su último escrito, alertando a su hijo en la fe, Timoteo, Pablo le advierte de que vendrían “tiempos peligrosos”; tiempos donde los hombres tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas (2ª Timoteo 3:5; 4:4). Timoteo debía ser “sobrio en todo”, es decir, no permitir que la corriente de alejamiento de la verdad revelada intoxicase sus pensamientos, “…persiste en lo que has aprendido…soporta las aflicciones, haz obra de evangelista, cumple tu ministerio” (2ª Timoteo 3:14a; 4:5).

Para conducirnos con la adecuada mesura en todo, hemos de copiar el ejemplo supremo en la vida de nuestro Señor. De Él aprenderemos cuándo hablar y cuándo callar; en qué lugar nos conviene estar y cuándo no es beneficiosa nuestra presencia. Ante las multitudes, nos relata el evangelista, Jesús les hablaba “conforme a lo que podían oír” (Marcos 4:33b). Al responder sabia y equilibradamente a sus enemigos, cerró los labios de ellos, quedando maravillados de Sus respuestas (Marcos 12:34; Lucas 21:40). Ante Pilato, Su templanza despertó la admiración del insensible gobernador (Mateo 27:14; Marcos 15:5)… ¡Oh, que la sobriedad divina gobierne nuestras mentes y corazones!

Dioma de Álvarez

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