¿Nos damos cuenta de que sin Él no habría Navidad…?
¡Qué pronto han pasado los meses! Parece que la temporada de Navidad llega más a prisa cada año. El comercio inicia sus promociones navideñas cada vez con más anticipación. Cada uno de los grandes almacenes quiere ser el primero en presentar las modas de invierno, los adornos navideños, los juguetes, y todo lo que ha sido diseñado y producido para las fiestas de fin de año.
Es así que nos damos cuenta del sentir materialista que ha invadido a la población. Se nos llenan los ojos y la mente de tantas cosas, que comenzamos a pensar: ¿Qué vestido compraré para cuando venga la familia… y para el día en que los niños tengan su fiesta en la escuela… y para las reuniones especiales de la temporada…? Pensamos en las visitas y comenzamos a planear los menús, buscamos cómo adornar nuestro hogar, cómo arreglar los muebles para dar más espacio, pensamos en las cortinas y las alfombras, ¿habrá que cambiarlas, se podrán lavar? También nos preguntamos: ¿Tengo manteles y servilletas con motivos navideños? Y la música, los villancicos navideños, los cantos especiales, ¿qué hay de nuevo para este año? ¿Qué puedo adquirir para que haya alegría en el hogar durante esta temporada que sólo llega una vez al año? Pero aún no es todo, pues todavía hay más en qué pensar: los regalos, las tarjetas… ¿Qué voy a comprar? ¿Para quién serán? ¿Qué toque distintivo les pondré esta vez?
Y así sigue nuestra mente trabajando…
Pero la pregunta de nuestro título nos lleva a pensar en el invitado especial de la fiesta. ¿Quién será? Definitivamente será aquel o aquello a quien le dedique más tiempo, más dinero, más energías. Eso es lo que dicen nuestras obras. Eso es lo que Dios ve en nuestros corazones… Entonces, reflexionemos. ¿Quién debiera ser el invitado especial? ¿Quién habría de llenar nuestros pensamientos durante las fiestas navideñas? ¿Qué tendría que ocupar la mayor parte de nuestro tiempo? La respuesta en nuestros labios de seguro será: ¡Cristo! Pero lo importante es qué dice el corazón, y qué es lo que manifiestan las acciones.
Preocuparme por la mesa, por mi apariencia, por las visitas, por los hijos y los nietos es lógico, razonable y, además, necesario. El problema es que estas «muchas cosas» nos hagan perder «la buena parte» (Lc.10:42).
Tendremos que encontrar tiempo para estas actividades extras de fin de año, pero no lo hagamos a expensas del tiempo que acostumbramos pasar con nuestro Señor. ¿Nos damos cuenta de que sin Él no habría Navidad?
Recordemos que cuando Dios pidió a su pueblo celebrar la fiesta de la pascua, les dio tres indicaciones importantes que deberían de tener su paralelo en las fiestas que celebramos hoy.
Deberían de subir con todos sus hermanos al templo de Jerusalén. Era una de las tres fiestas anuales obligatorias (Dt.16:16).
Habrían de llevar su ofrenda al altar, pues no podían presentarse a Dios con las manos vacías (Dt.16:16,17).
Y ya sentados alrededor de la mesa, tenían que contar a sus hijos y nietos la historia de su redención (Ex.13:14), y explicarles por qué era tan importante esa fecha.
Recuerdo, cuando niña, lo importante que era esa reunión especial de Navidad. Todas las familias llegaban completas a dar gracias a Dios por su «don inefable» (2Co.9:15). Cierto, cada país tiene su tradición para celebrar la Navidad. En unas, el 24 de diciembre se acostumbra la «cena de Noche Buena»; en otras, la reunión familiar se celebra el día 25 al mediodía; en otros países se resalta la celebración de fin de año y año nuevo. Pero, me pregunto, como miembros que somos del Cuerpo de Cristo, como su Esposa que espera su regreso: ¿Hacemos algo especial en estas fechas? Y si lo hacemos, ¿le damos a nuestro Señor la importancia que merece? ¿Nos preocupamos tanto o más de cómo le diremos a nuestro amado: ¡Gracias por venir a salvarme!, que por todo lo que hacemos para las demás celebraciones de Navidad y fin de año?
Antes se pensaba en los pobres, se compartía con ellos lo que había en la mesa, buscando que para ellos también fuera un día especial. Hoy sólo se comparte con aquellos que nos dan algo a cambio, y se programan intercambios de regalos, para asegurarnos de recibir también un obsequio. ¿Dónde está el: «de gracia recibisteis, dad de gracia»? (Mt.10:8).
Las de más edad tal vez tenemos gran culpa de que ahora Navidad sólo signifique tarjetas, regalos, comida y fiestas. Cuando pensamos en las tarjetas que enviamos, ¿qué nos llevó a decidir comprarlas? ¿Sus colores, diseño… o las palabras allí escritas? Cuando escogimos los villancicos y la música navideña que alegraría nuestra mesa, pensamos en lo alegre de la tonada y de su ritmo, pero ¿pensamos en sus palabras? En la mesa estarán los platillos hermosamente arreglados, las velas, los adornos… pero ¿habrá una Biblia? Ya pensamos en las entradas, el plato fuerte, el postre, en algunos juegos, en el momento para repartir los regalos… pero, ¿apartamos un lugar para que se nos diga qué significa lo que estamos haciendo? ¿Tenemos pensado pedir a uno de nuestros convidados que nos hable de su redención, y diga lo que Cristo significa para él?
Hagamos algo diferente esta Navidad, ¡que Cristo sea el invitado especial!
Que nos preocupe más cómo hacer esto una realidad patente a los ojos de nuestro esposo, hijos y nietos, y que ocupe más de nuestro tiempo que el pensar en qué comer y vestir.
Si un conocido tocara a nuestra puerta cuando estamos sentados con la familia disfrutando los platillos navideños, ¿qué haríamos? ¿Le diríamos que volviera más tarde, o lo invitaríamos a pasar a la mesa?
Cerremos los ojos e imaginemos que al abrir la puerta vemos que el que llama es Cristo (Ap.3:20). ¿Cómo reaccionaremos? ¿Qué le diríamos?…
Si es el invitado especial, tendrá ya un lugar a la mesa y se le estará esperando antes de empezar.
¿Será esto así en esta ocasión, este año?