Estos son tiempos difíciles, porque la emoción predomina frente a la razón…
El auge de los dispositivos móviles, las redes sociales, el Internet… han generado cambios drásticos en los hábitos de la sociedad actual a la hora de recibir noticias. La sobreabundancia de información provoca un menor nivel de profundidad en los contenidos, y a su vez una menor comprensión.
El intercambio de mensajes en la red, permite que los usuarios sean, además de consumidores, productores de discursos que circulan y cuyo contenido muchas veces es falso. Vivimos en una época que muchos han definido como de la “posverdad”. La Real Academia Española define la “posverdad” como: “La distorsión deliberada de una realidad que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”. El diccionario de Oxford la describe “como lo que está relacionado o denota circunstancias en las que los hechos objetivos influyen menos en la opinión pública que aquellos que apelan a la emoción o la creencia personal”.
En este contexto han surgido las llamadas “Fake News” o “noticias falsas”, que consisten en difundir de forma masiva información espuria de interés público a sabiendas de su falsedad, con la intención de engañar o confundir, desinformar, crear pánico en las personas, implantar angustia y promover conductas incorrectas, lo cual genera una alta desconfianza en la población general.
Muchos sectores de la sociedad creen que la verdad ha perdido valor, que ha sido derribada y yace en el suelo herida de muerte. En estos tiempos difíciles donde la emoción predomina frente a la razón, es importante aprender a reconocer una información errónea antes de divulgarla.
Pero… solo puede identificarse lo que es falso cuando conocemos lo verdadero. Hoy la sociedad divaga en la confusión, deambula entre el error y lo fraudulento. La raíz de este mal está en haber el hombre excluido a Dios de su vida, buscando el sentido de esta en valores ajenos a los divinos.
En esta época donde el hedonismo y el individualismo priman y el concepto del bien y el mal están sumergidos en una zona gris que facilita la confusión moral, somos los cristianos los agentes de influencia efectiva para dar a conocer la verdad a un mundo confundido. Porque sabemos dónde se encuentra la verdad, en una Persona: el Señor Jesucristo.
Alguien dijo que “la verdad expone las reales conexiones de todas las cosas entre sí, y con respecto al centro de todo, que es Dios”. Cristo ha sido y será su verdadera expresión. La verdad en cuanto a Dios Padre ha sido presentada en la persona del Hijo y por medio de la Palabra que Él ha anunciado. Él expuso la verdad en la tierra por medio de Su palabra y Sus obras, dediquemos tiempo para conocerle y así estaremos libres de toda falsedad.
El ser humano es más que un conjunto de células, ¡es un alma viva! un ser responsable, una persona que tiene conciencia de auto existencia y puede relacionarse con su Creador; pero también es un ser caído (por la entrada del pecado con la desobediencia de nuestros primeros padres) y desde entonces se halla en una pendiente moral inexorable; pero cuando conoce la verdad revelada en la persona de Jesucristo, puede comprender claramente dónde está el engaño y el error.
Tal vez, muchos se estén planteando la misma interrogante que siglos antes presentara el gobernador romano al Señor: “¿Qué es la verdad?” (Juan 18:38). Pilato buscaba escapar de su responsabilidad al condenar a alguien que sabía que era inocente. Su pregunta surgió cuando el Maestro le reveló su propósito de venir a este mundo: “para dar testimonio a la verdad” (Juan 18:37). Lo que no pudo comprender, porque no quiso reconocerlo, es que la “Verdad” estaba delante de sus ojos. Pues, el Señor Jesús es el camino, y la verdad, y la vida, y nadie viene al Padre, sino por Él (Juan 14:6). Sí, Él es la verdad, el que saca todas las cosas a la luz, tal como ellas son a los ojos omniscientes de Dios.
Por Jesús sabemos lo que es el bien, el mal, el hombre, el mundo, Dios mismo y, por consiguiente, Dios como Padre. “A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer” (Juan 1:18). Al enviar Su mensaje a la iglesia en Filadelfia, se describe como: “el Santo, el Verdadero” (Apocalipsis 3:7). Él posee santidad absoluta y, a la vez, verdad perfecta en el sentido de que Él es genuino, en Él no hay engaño. Él es absolutamente fiel a Dios en Su testimonio a la verdad. Todo lo que hace y todo lo que dice está en absoluta perfección. Él no es nada parcial, es todo perfecto. Él es el único digno de confianza. ¡Nunca nos defraudará!
Si nos encontramos en caminos de incertidumbre, Él es la luz verdadera que alumbra nuestros pensamientos (Juan 1:9). Si la insatisfacción llena nuestra vida, aprendamos que Él es el verdadero pan del cielo (Juan 6:32), que ofrece el alimento que trasciende lo terrenal y temporal. El que come de Él nunca tendrá hambre y el que en Él cree no tendrá sed jamás (Juan 6:33).
Si las cargas y las responsabilidades en la obra del Señor nos agobian, y nos enrostran o reprochan nuestras incapacidades, no olvidemos nunca que Él es la vid verdadera (Juan 15:1), que nutre y da vigor al alma. Separadas de Él nada podemos hacer.
Si nos desalentamos al ver mucha profesión de fe con ausencia de vida piadosa, recordemos: “Él es el testigo fiel y verdadero” (Apocalipsis 3:14). Cuando la intranquilidad nos agobie porque las injusticias nos rodean, podemos dejar toda la causa en Sus manos. Su juicio es verdadero (Juan 8:16).
Nuestro Padre celestial sabe dónde nos encontramos, por eso nos da el único medio para ser guardadas de todo lo que caracteriza esta época mala: su Palabra. Ella es la verdad. ¡Oh, que le contemplemos cada día con los ojos de la fe, que nuestros corazones encuentren plena seguridad en Él, y así mostremos a muchos que andan en incertidumbre y desconfianza que nosotras tenemos la verdad! ¡Porque sabemos lo que somos y seremos, todo gracias a Él!