La Navidad lleva el asombro a vidas que carecen de Él y lo precisan con urgencia
Voy acercándome al majestuoso, legendario y silencioso desierto. Apenas son las 17.30 h. y todo es noche, particularidad del hemisferio norte en invierno. Las estrellas parecen bañarme con su manto de luz. ¡Qué cerca están de nosotros! Y qué distantes de nuestra particular existencia…
Preciados tíos del oriente me acompañan y traducen sensiblemente mis deseos: hallar sobre la prehistórica ruta del Índico al Mediterráneo, uno de los tantos mesones que hasta hoy albergan a mercaderes, caravaneros y caminantes de la arena, que van y vienen en su andar de siglos. Al fin, llegamos a las ruinas de la bíblica y mítica Tadmor (I Reyes 9:18) -ciudad fundada por el Rey Salomón, más conocida hoy por su nombre romano Palmira, a 120 km. de Damasco, capital de Siria- y al costado de su reconstrucción, encontramos el mesón ansiado. Arquitectura austera, sólida, de románicas arcadas que perimetran un gran patio. La puerta a la luz del candil me conmueve, pues casi a los pies, dentro de la pesada hoja, está como dibujada, la puerta de la aguja, la de Mateo19:24. Quiero tocarlo todo y levanto la pesada aldaba, y cada minuto me sabe a siglos. Oímos pasos, la pequeña abertura se abre y el difícil dialecto mezclado con la emoción que traigo, me detiene, Naima y Aasis responden por mí. Un instante más y la pesada puerta es abierta, asomándose un sorprendido casero que nos invita a pasar mientras lentamente comienzo mi precario diálogo.
No busqué mirar los habitáculos de los viajeros; sólo quería hallar el lugar guardador de los animales. El guía, un cristiano ortodoxo, cálidamente me interpreta y cruzamos el patio. El frío cala los huesos. De la América soleada a esta NAVIDAD oriental, ¡un océano abismal! A metros del establo el olor traspasa, marea, detiene… Mas yo, entro. Camellos, ovejas y caballos, apiñados por la estrechez, se abrigan unos con otros, y lo que yo busco lo cubre todo… Suelta, engavillada, apilada en fardos, está allí: la paja; caña de trigo, cebada, centeno y otras gramíneas, que después de secas y separadas del grano se convierten en sustento, abrigo, muelle natural y acogedor del ganado. Necesito sentirla, palparla. Todo fue simple, bastó meter mis manos heladas debajo de ella y sentir el calor, la tibieza de lo aparentemente rudo, simple, pero real y tangible. Único, el recuerdo de mi Dios niño, realidad que derretía en mí el hielo de muchos fríos; lágrimas que no podía contener, y de memoria recordar el texto de cada Navidad al lado de mis padres: “y dio a luz a su hijo primogénito y lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón…” (Lucas 2).
Di gracias a Dios por no haber perdido mi capacidad de asombro. Vivimos en un mundo de apretar botones. No hay sorpresas, no hay fantástico asombro, y H.Luccock, pastor y escritor (1885-1960), escribió: “…pero la Navidad, a este mundo rutinario, lo deja trastornado. Todo está gloriosamente fuera de lugar; un canto en el cielo, un bebé en un pesebre. Este elemento “fuera de lugar”, lleva el asombro a vidas que carecen de Él y lo precisan con urgencia. Porque la vida no se mide por la frecuencia con que respiramos, sino por la frecuencia con que el asombro nos corta la respiración”. Esto es, ¡descubramos el asombro de la NAVIDAD!