¿Qué quiero que cuente mi vida del Dios en el que creo?
“Coged las rosas mientras podáis, veloz el tiempo vuela. La misma flor que hoy admiráis, mañana estará muerta” – Robert Herrick
Así es como empieza el primer verso de un poema que ha trascendido el paso del tiempo y que vio la luz en el siglo XVII. Lo escuché por primera vez por casualidad mientras veía una película que siempre me ha encantado y que siempre he recomendado: El club de los poetas muertos. En la escena en la que se mencionan estas líneas, un profesor de literatura enseña a un grupo de alumnos que no podrían estar menos interesados en la materia, pero que terminan amando las palabras y la poesía gracias a su influencia.
Es paradójico, porque el poema habla de un concepto que durante todo mi paso por el instituto y luego la universidad no dejé de escuchar como muletilla tras cualquier propuesta de hacer algo que yo sabía que no me convenía o no estaba alineado con mi conciencia. Típica situación de alguien diciéndome: “Vamos, atrévete, solo se vive una vez, ¡carpe diem!”; cuando lo que en realidad me proponían no tenía nada de bueno o sabio. Por ejemplo, salir una noche a un sitio que no era apropiado o tomar decisiones impulsivas “por vivir el momento”, aunque sabía que luego me sentiría mal o tendría que mentir a quienes confiaban en mí para encubrirlo.
Poco sabía la Nora de antes, y poco sabían quienes usaban este concepto para convencerme, de cómo los matices que no estábamos teniendo en cuenta cambiaban por completo la idea que este carpe diem proyectaba en su origen.
Cuál fue mi sorpresa al darme cuenta de que esta expresión la habíamos estado usando mal. Y cuál fue mi sorpresa cuando, al entenderla bien, descubrí que Dios, lejos de ser contrario a este principio, es el Dios del verdadero y auténtico carpe diem. Fue uno de esos momentos en los que te explota la cabeza al descubrir que estabas equivocada con algo, y que Dios quería devolverle su sentido real para transformar tu manera de ver la vida.
Y sí, si me lo permitís, voy a elaborar lo que acabo de decir, porque probablemente os suene raro al haber escuchado esta frase en los mismos contextos en los que la escuché yo durante tanto tiempo.
Esta expresión, en el sentido de “busca satisfacer cualquier deseo y disfruta de cualquier placer antes de que ya no tengas la oportunidad”, está deformada. En realidad, cuando el poeta romano Horacio la escribió por primera vez en su obra Odas, el sentido original tenía un matiz muy diferente. Lo que verdaderamente significaba era “aprovecha el tiempo mientras puedas”. Y ahí, ya ves, cambia todo.
Cuando entendí ese pequeño matiz, la frase adquirió un significado completamente distinto. Ya no me decía que viviera sin pensar, sino que aprovechara el tiempo, que disfrutara porque los días son cortos, sí, pero sobre todo que construyera: que trabajara hoy para crear lo que quería dejar mañana, cuando ya no estuviera. ¿Lo ves ahora? La cosa no tiene nada que ver.
Hay una pintura del poema que menciono al principio, una pintura de dos chicas jóvenes recogiendo rosas en un precioso jardín. Quizás existieron, llenas de vida, de sueños, de retos y proyectos, como tú y como yo, listas para tomar aquello que la vida prometía ofrecer. ¿Crees que llegaron a hacerlo?
A mí esto me hace pensar… En la fugacidad de mi tiempo en este mundo y en qué hacemos con él, en qué lo invertimos y convertimos. ¿Lo estamos aprovechando para construir la historia que queremos contar? ¿Cómo quiero que me recuerden? ¿Qué quiero que cuente mi vida del Dios en el que creo?
Cuando Jesús hablaba, sabiendo lo corto que es todo aquí, también habló de aprovechar bien el tiempo y los dones que se nos dan. En la parábola de los talentos (Mateo 25:14–30), cuenta la historia de un señor que confía a sus siervos diferentes cantidades de dinero antes de irse de viaje. Dos de ellos lo invierten y multiplican, pero uno, por miedo, entierra el suyo. Cuando el señor regresa, alaba a los que aprovecharon su tiempo y sus recursos, y reprende al que los desperdició. Con esta parábola Jesús nos enseñó que no se trata solo de “disfrutar el momento”, sino de hacerlo con propósito, usando lo que tenemos para honrar a Dios y servir a los demás, para extender su reino dentro de nosotros y hacia fuera. Como dice también Efesios 5:16: “Aprovechad bien el tiempo, porque los días son malos” (LBLA).
Así que, a la chica y mujer que esté leyendo hoy este artículo, te invito: ¡Aprovecha el momento para construir tu historia y para que tu vida refleje a Dios! No pierdas el tiempo en cosas que harán que tu historia cuente algo distinto de lo que realmente quieres dejar. ¡Carpe Diem! Coge las rosas mientras puedas, y haz algo bonito con ellas.