Este himno ha traído siempre alegría, agradecimiento y confianza en la obra perfecta de Dios y en su cuidado por nosotros
Este es uno de los himnos que se cantan con música distinta dependiendo de los himnarios que tengan las congregaciones. Por ello, nos referiremos a las dos melodías más conocidas. Así mismo, las estrofas varían según los himnarios y, en este caso, vamos a comentar las principales uniéndolas en un poema único. Pondremos en negrita las que son más antiguas.
1.- Cantad alegres al Señor,
Mortales todos por doquier;
Servidle siempre con fervor,
Obedecedle con placer.
2.- Con gratitud canción alzad
Al Hacedor que el ser os dio;
Al Dios excelso venerad,
Que como Padre nos amó.
3.- Su pueblo somos: salvará
A los que busquen al Señor;
Ninguno de ellos dejará;
Él los ampara con su amor.
4.- De su promesa el alto don
Nos dio, y fiel sabrá cumplir;
Eternas sus bondades son
Y su verdad no tiene fin.
5.- Reconoced que es Dios y Rey,
Nuestro potente Creador;
Ovejas somos de Su grey,
Y pueblo Suyo por su amor.
6.- Con alabanza y gozo entrad
A la presencia del Señor;
Al Soberano aclamad,
Y bendecidle con fervor.
Este himno fue compuesto siguiendo el mensaje del salmo 100, y en su versión más antigua consta de las cuatro primeras estrofas; se canta de manera solemne, dando una gran importancia a la letra.
La letra es la de un cántico de alegría y reconocimiento de la grandeza de Dios, así como de gozo por la protección que ejerce sobre su pueblo, que somos nosotros. En la primera estrofa se anima a todos los mortales, no solo al pueblo de Israel, en cuyo contexto se escribió el salmo 100, a alegrarse, a servir a Dios y a obedecerle. Pero no hay que hacerlo por obligación sino con alegría, fruto del regocijo que produce la cercanía de Dios.
En la estrofa siguiente se reconoce nuestra procedencia de Dios, Dios es nuestro Padre y eso merece que le veneremos y estemos agradecidos; que le reconozcamos y dependamos de Él como un hijo depende de un padre.
En la tercera estrofa se sigue reconociendo que somos Su pueblo; por tanto, Él es el soberano. Como consecuencia de ser su pueblo, Él nos salvará de todo mal; salvará a todo aquel que busque al Señor, ya que Dios no desampara su obra (Salmo 138:8). En la cuarta estrofa se reconoce que Dios cumplirá sus promesas y que sus bondades son eternas (Lamentaciones 3:22-24).
Las estrofas 5 y 6 se añadieron posteriormente y son recogidas en algunos himnarios. En ellas de reconoce que Dios es nuestro Rey, nuestro Creador poderoso, y que somos como ovejas de su rebaño, al cual Dios cuidará (Salmo 23). Somos su pueblo porque Dios así lo quiso, por Su amor nos adoptó, nos predestinó (Efesios 1:5-6), y por su gracia y amor nos ha incorporado a su familia, transformándonos de esclavos del pecado a hijos amados, con todos los privilegios y derechos de herederos en Cristo, a través de la fe en Él.
La melodía más antigua viene prácticamente de la época de la Reforma. Se le atribuye a Loys Bourgeois y está recogida ya en el salterio de Ginebra de 1551 y siguientes; se la conoce como Old 100th. Los “salterios de Ginebra” eran recopilaciones de salmos puestos de forma métrica y en francés, para ser recitados o cantados por los asistentes a los cultos. Los salterios eran supervisados por Juan Calvino, teólogo y reformador francés que trabajó en Suiza para implantar los principios de la Reforma tal como él la entendía. Calvino y sus seguidores solo admitían como canto adecuado en los cultos, los salmos, por considerar que provenían de la revelación de Dios a David. Él decía: «Es muy conveniente para la edificación de la iglesia cantar algunos salmos en forma de oraciones públicas, por medio de las cuales se ruega a Dios o se cantan sus alabanzas, para que los corazones de todos puedan ser despertados y estimulados a hacer oraciones similares y a rendir alabanzas y gracias similares a Dios con un amor común». No se permitía cantar ninguna otra parte de la Palabra.
Y esta corriente asimismo había alcanzado a Inglaterra, y predominaba también en la época de Isaac Watts, casi dos siglos después. La letra de este himno está inspirada, como se ha dicho más arriba, en el Salmo 100. Su versión más antigua proviene de Isaac Watts (1674-1748) quien, aunque escribió poemas basados en los salmos, rompió con la costumbre y obligación de la corriente calvinista de la época y revolucionó la himnología eclesiástica al componer también poemas que provenían de la expresión de las emociones espirituales suscitadas en su relación con Dios, y en la doctrina que emanaba de otras partes de la Biblia distintas a los salmos.
Y así fue como escribió este himno en 1706, que no tuvo mucha aceptación al principio. En 1737 fue algo modificado por John Wesley (1703-1791), gran renovador de la iglesia. Y es entonces cuando se empezó a cantar con la solemne melodía denominada “Old 100th”, compuesta por Loys Bourgeois dos siglos antes y que está recogida por vez primera, como ya se ha comentado, en la edición de 1551 del “Salterio de Ginebra”.
Loys Bourgeois, nació en París hacia 1510 y falleció en 1559. Fue, por tanto, un hombre del Renacimiento. Trabajó en París, Lyon y Ginebra, y es uno de los compositores más importantes de las melodías que se cantaban entonces en las iglesias protestantes, especialmente calvinistas. Estas melodías tenían que ser muy solemnes y lentas, y si alguien se salía entonces de esos parámetros o modificaba en alguna ocasión estas reglas, podía incluso llegar a ser encarcelado por ello; tal era el grado de control que se ejercía sobre la música religiosa.
Curiosamente, con la melodía “Old 100th” se empezó a cantar no solo este poema sobre el salmo 100, sino otros como la “Cruz excelsa” o la doxología “A Dios el Padre”. Por otra parte, el salmo “Old 100th” es tradicionalmente el que acompaña la coronación de los Reyes y Reinas de Inglaterra.
Sin embargo, este himno también es cantado en muchas congregaciones con otra música algo más moderna, compuesta por John Hatton, nacido en Inglaterra hacia 1710 y muerto en 1793. Se conoce poco de él. Era presbiteriano y vivió en la calle Duke Street de Lancashire. De ahí tomó nombre una famosa melodía que compuso en 1773 y que se aplicó a varios himnos, entre ellos “Cantad alegres al Señor”. Se cree que falleció en un accidente de diligencia.
En lo que todos coinciden es en que la versión española corresponde a Tomás González Carvajal. Más recientemente, en 1991, el Comité Celebremos añadió alguna estrofa más al original.
Tomás González Carvajal nació en Sevilla en 1753 y falleció en Madrid en 1834. Su historia es muy interesante. Estudió en Sevilla filosofía, teología y jurisprudencia. Fue encargado por el gobierno para la supervisión de las “Nuevas Poblaciones de Andalucía, nuevos poblamientos en esas zonas durante el reinado de Carlos III”. En La Carolina (Jaén) su salud se deterioró bastante debido al clima de la zona. Tuvo una labor muy señalada como intendente del ejército durante la guerra de la Independencia contra los franceses que habían invadido España; fue depurado por sus ideas liberales en el advenimiento de Fernando VII, sufriendo destierro unos años. Hombre devoto y conocedor del griego, estaba habituado a la lectura de la Biblia, y una de sus ocupaciones en tiempo libre era traducir al español los salmos, realizando publicaciones de este tema y de otras obras afines.
Sea como fuere, con un autor u otro, este himno, cantado desde tiempos remotos, aún es entonado en las iglesias más tradicionales, trayendo como siempre alegría, agradecimiento y confianza en la obra perfecta de Dios y en Su cuidado.