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Mujeres que dejaron Huella: Doña María de Morris

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Enfrentada con una decisión que definiría el resto de su vida, decidió pedir al Señor que le mostrase Su voluntad…

Sarah Mary Davies de Morris (“Doña María de Morris”), dejó huellas como mujer fiel y sierva del Señor, obrando al lado de su fiel esposo Don David Morris, misionero pionero, evangelista, enseñador de la Palabra y autor de canciones y coros evangélicos en el país de Argentina durante 50 años, desde 1921 hasta 1971. 

 Sarah nació en Trebanos, Gales, Gran Bretaña, el 29 de febrero de 1898.  Los padres de Sarah eran granjeros galeses y en su campo cuidaban ovejas. Sarah era la mayor de tres hermanas. Durante sus años de adolescencia, hubo en el país de Gales un avivamiento espiritual de grandes proporciones. Una gran parte de la población escuchó y aceptó la Palabra de Dios, y fueron salvos. Hubo creyentes que obedecieron el llamado de Dios a predicar el evangelio, y muchos salieron como misioneros a otros países del mundo. A finales del siglo XIX, en Argentina se habían establecido colonias galesas en varias provincias.  Es en unas de estas colonias donde Don David, el futuro esposo de Sarah, se dedicó por décadas al ministerio del evangelio.   

Sarah recibió a Jesús como su Salvador cuando era joven. Su fe era firme y segura. Se dedicaba a ayudar a la familia, cuidando de sus hermanitas y de las ovejas que tenía a su cargo. Cuando se comunicaba con su Salvador, al orar, se arrodillaba con su cabeza cubierta, en obediencia a la Palabra de Dios. Cuando tenía 25 años le llegó por barco una carta desde el lejano país de Argentina. La carta era de su amigo misionero Don David, quien tres años atrás había sido encomendado a la obra misionera. 

Sarah se asombró cuando leyó en la carta que Don David le proponía matrimonio. Se habían conocido un poco hacía unos años, y no sabía si debía aceptar la propuesta. David le explicó que, en su esfuerzo continuo por evangelizar, le urgía la necesidad de ser acompañado por una esposa creyente, fiel al Señor, hábil y capaz de ayudarlo en el riguroso trabajo de misionero. En fin, David le propuso matrimonio con la condición de que ella fuera su ayuda idónea para servir al Señor junto a él en Argentina. Sarah sabía que, si aceptaba, su vida cambiaría por completo. Nunca había estado lejos de sus padres y hermanas, y sería necesario aprender el idioma español. En el fondo de su corazón deseaba servir al Señor en lo que Dios le indicase. Enfrentada con una decisión que definiría el resto de su vida decidió pedir al Señor que le mostrase Su voluntad y bendición. Sarah se puso de rodillas, cubriéndose la cabeza con su mantilla, y con su corazón lleno de temor y sinceridad, le pidió a Dios que le indicase Su voluntad. Cuando Sarah se puso de pie al terminar de orar, se preguntaba cómo Dios le contestaría su súplica. La respuesta vino en pocos días…

Era un día de mucho frío, y Sarah se puso su abrigo para salir. Estando afuera, temblaba de frío por el viento fuerte; al no tener sus guantes, puso sus manos en los bolsillos para calentarlas, y allí encontró un folleto que había recibido en una reunión evangélica. El título era una pregunta: “¿Irás tú con este varón?” (Gen. 24:58).  Esta es la pregunta presentada a Rebeca, en el Antiguo Testamento, cuando su familia y el criado de Abraham le preguntaron si aceptaría casarse con Isaac, hijo de Abraham, en el país lejano de Canaán. Sarah recordó que Rebeca, en el pasaje bíblico, respondió: “¡Sí, iré!”. 

Fue en ese momento que Sarah se identificó con Rebeca y se dio cuenta de que Dios le estaba respondiendo su petición, y que debería aceptar la propuesta de matrimonio de Don David. Don David y Sarah (Doña María, como la llamaban cariñosamente en la Patagonia) se casaron en Gales y fueron por barco a Argentina, para servir al Señor como misioneros; primeramente, en el norte del país, en la provincia de Tucumán, por diez años.  Dios les bendijo con tres hijos, Megan, Elved y Charles (Carlos). A los pocos meses de que naciera Carlos, se mudaron al pueblo galés de Trevelin, en la provincia de Chubut, al pie de las montañas Andinas de la Patagonia, donde siguieron trabajando casi cuarenta años más. 

Los últimos años, debido a la salud de Don David, residieron en Buenos Aires, donde continuaron su ministerio de enseñanza hasta volver, finalmente, a su país natal de Gales en 1971.

Desde la inauguración de la Iglesia Ebenezer en Trevelin, construida por Don David junto con los hermanos que habían estado congregándose con ellos, Doña María tomaba parte en muchas responsabilidades. Le gustaba cantar; como buena galesa, cantaba himnos con la congregación mientras su esposo tocaba el órgano, y muchas veces a dúo con su esposo, especialmente cuando él enseñaba uno de sus propios coros, que escribió prolíficamente. Ella compartía también en la enseñanza de las mujeres, y ayudaba con las responsabilidades semanales de preparar la capilla para las reuniones. Cuando Dios les abrió la oportunidad de llevar el evangelio a la cárcel, ella pudo acompañarlo muchas veces, y cantar con él coros e himnos antes de la predicación del evangelio. Durante esos 3 años en que les fue otorgado ese permiso, unas 40 almas fueron salvas.

Como misioneros, ellos viajaban en auto, a caballo o en tren, para llevar el evangelio a pueblos lejanos. Pero, hubo una ocasión en la cual los inconversos fueron los que vinieron a ellos. Con el movimiento del derecho femenino del sufragio iniciado por Evita Perón, todas las mujeres a partir de los 18 años tenían que ser registradas y documentadas, y eso requería fotos de su rostro. Don David era la única persona en la región que utilizaba una cámara fotográfica y tenía los recursos para revelar las fotografías. El departamento de la policía local insistió en que Don David se encargara de tomar las fotos. ¡Qué alegría sentían cuando veían venir a las personas hacia su casa! edificada detrás de la iglesia de Ebenezer. Algunas venían de lugares lejanos y, como la espera era larga por la cantidad de personas, Doña María les hacía entrar a la iglesia donde podían sentarse, y les ofrecía literatura evangélica y refrescos.

Doña María estuvo muy dedicada a su esposo, poniendo los deseos de él antes que sus necesidades. Uno de los momentos más difíciles de su vida fue cuando decidieron, para que sus hijos tuvieran una buena y continuada educación escolar, mandarlos a Inglaterra para quedarse allí en un hogar para hijos de misioneros, estudiando y viviendo lejos de sus padres por mucho tiempo, algo que muchos misioneros en esos tiempos hacían. En lo posible, viajaban a Inglaterra cada dos o tres años para verlos, pero, como madre, fue una separación muy dolorosa. Su hija e hijo mayores nunca volvieron a la Argentina. Su hijo menor, después de un llamado a la consagración en una conferencia juvenil, decidió que una vez terminados sus estudios volvería para servir al Señor en el campo misionero de sus padres. Fue un momento muy emocionante para ella ver a su hijo Carlos junto a su esposa Gloria, ser encomendados a la obra del Señor en 1965, llevando así la antorcha de continuación del ministerio misionero de sus padres. Unos pocos años después, en mayo de 1971, Don David y Doña María Morris volvieron a su país natal de Gales, donde siguieron participando en toda oportunidad de ministerio que Dios les dio. Doña María pasó al hogar eterno con su Salvador, a fines de 1979, y su esposo Don David, sin su ayuda idónea, pasó a la presencia del Señor unos meses después, en 1980.

  

Andrea Bergquist de Morris