Un acercamiento a la inerrante guía de la prudencia
Busco en la concordancia un versículo sobre los labios, cuya referencia había olvidado, y encuentro una larga columna acerca de estos repliegues que forman la puerta de nuestra boca. ¿Por qué tiene que decir la Biblia tanto de ellos?
Los labios se abren y cierran, se estiran y contraen. Son los que permiten la correcta pronunciación de las palabras. Se aprietan para cortar el paso al aire frío del invierno, o al negarnos a tomar la obligada medicina o el alimento que se nos fuerza a ingerir en la enfermedad, y no apetecemos.
Se encogen arrugados con el enfado, cuando se nos contradice o no se nos tiene en cuenta. Fuertemente se repliegan cuando invade la angustia, o con el dolor físico que repentinamente nos acomete; o con el llanto.
Los labios se estiran graciosos con la sonrisa, o la alegre carcajada producida por la contemplación o la escucha de algo que toca cierta fibra sensible: La sana ocurrencia de nuestro interlocutor, las gracias de los pequeñines, la actitud afable de aquellos con quienes nos cruzamos en nuestro diario trotar.
Se despliegan también, tristemente, para la murmuración y la queja, ante la contradicción o para participar en charlas inútiles, a veces ruidosas, heridoras de tímpanos ajenos, en la cual, por lo general, podría hallarse mucho que censurar.
Qué bien cuando, afortunadamente a tiempo, se contraen los labios, impidiendo así la salida a la provocada indignación, o a una imprudencia, atentos a la verdad manifestada por el sabio Salomón: “Del fruto de la boca del hombre se llenará su vientre; se saciará del producto de sus labios” (Pr.18:20). ¡Tal es la siempre vigente ley de la siembra y la siega!
Sea cual sea la dimensión de la piedad – ¿quién más temeroso de Dios que David? – o quizá cuanto más piedad, mayor consciencia de su déficit, porque sólo los realmente piadosos saben, como los sabios de veras, que no han llegado sino sólo al borde del insondable océano del conocimiento de Dios. Sea cual sea la dimensión de la piedad, o justamente cuanto mayor sea, y como señal, ante los propios ojos, de poseerla, tendríamos que estar rogando sin cesar al Señor que nos creó para su gloria: “Pon guarda a mi boca; guarda la puerta de mis labios” (Sal.141:3).
Porque las palabras, como piedras lanzadas con honda, vuelan sin freno cuanto peor funciona la dinamo que potencia nuestra vida espiritual. Imposible correr tras la pronunciada indebidamente, para devolverla a su lugar antes de dar en el blanco. Por eso “el que refrena sus labios es prudente” (Pr.10:19).
Se pliegan los labios con suavidad para el beso a quien amamos, para pronunciar vocablos que componen un mensaje de consuelo y aliento. Dice el Salmista que el Señor daba palabra, y había grande ejército de las que llevaban buenas nuevas. ¿Por qué no pedir a Él la provisión de tan rico caudal, y esparcirlas a diestra y siniestra? El patriarca Job sabía que “panal de miel son los dichos suaves, suavidad al alma y medicina a los huesos”, y en medio del sufrimiento, agudizado por los razonamientos importunos de sus molestos consoladores, respondió a estos: “Yo os alentaría con mis palabras, y la consolación de mis labios apaciguaría vuestro dolor”. ¡Había practicado el ministerio de consolación y ánimo! Al igual que su Redentor, que a todos se dirigía lleno de ternura.
No siempre hablamos como conviene, no sólo por decir lo que no debemos, sino por descuidar las formas. Una amiga se me quejaba siempre: “Yo le digo a Juanita eso y se enfada, se lo dice Margarita, y lo recibe bien”. Diciendo lo mismo mi amiga que Margarita, Juanita reaccionaba de distinta manera. ¡Qué importante es practicar expresarnos con cada cual como conviene! El fruto será como manzanitas de oro con filigranas de plata. ¡Cuánta riqueza para nosotras y para el receptor de nuestras palabras!
¿Por qué el Señor nos manda tener en nosotras mismas sal (Mr.9:50), y más tarde se nos insta a que nuestra palabra sea siempre con gracia, sazonada con tan eficaz elemento? (Col.4:6). La sal debe ser la amalgama resultante del amor, la misericordia y la compasión, que nos llevan a abstenernos de hacer o decir al estilo que aborrecemos se nos haga o diga. Debe estar también esa sal en amar la limpieza del propio corazón (Pr.22:11), para que los labios se impregnen de la gracia del cielo. ¿No se relacionará esto con la necesidad de que “la Palabra de Cristo habite en nosotras con toda su riqueza?” (Col. 3:16.).
David pedía a Dios que pusiera guarda a su boca, que vigilara la puerta de sus labios, porque no hay cosa que más traicione nuestra vocación cristiana, dañando el buen testimonio para Cristo, que las palabras no rendidas a Él.
Pero, ¿qué culpa tienen los labios, cuando la causa de esas mismas radica en el epicentro de nuestro “Yo Imperante”? ¿No sería ahí donde en realidad mejor convendría situar la guardia? No. Seguramente porque, por no poder evitar que este ente temible se rebele mil veces, es por lo que, al menos, con un buen guardián a la puerta de nuestros labios, sí habría modo de impedirle expresarse a su manera, y lograríamos tiempo para idear una táctica digna de Aquel a quien amamos. Responder con bendición a quien nos hace mal, esto es, dominar el impulso de responderle como se merece, es extraño a los habitantes de nuestra “aldea global”, pero el resultado, los beneficios de tal reacción, constituyen una de los cientos de cosas maravillosas recolectadas en el área de la libertad con la que Cristo nos hizo libres. Porque la respuesta, forzosamente apacible de aquella persona y, de nuestra parte, la alegría de haber sorteado la trampa del irredimible Yo, se nos brindan como hermoso premio a la determinación de ser prudentes y añadir gracia a nuestros labios (Pr.16:23) para que sólo dejen pasar la palabra buena que refrene el furor de nuestro casual contrincante