…incapaces de atenderle en su agonía, volvieron a cerrar los ojos dominados por el sueño
¿Qué podría decirse de la última semana de nuestra vida? ¿Qué eventos o actos la caracterizarían? Alguien dijo que deberíamos vivir el hoy como si hubiera de ser el último de nuestra existencia. Pero el día está lleno de sorpresas y trampas que difícilmente podemos sortear a causa del enemigo, esa quinta columna infiltrada en lo profundo del ser desde el albor de los tiempos.
¡Si mimáramos cada hora para no dar pie en ellas a la caída! ¡Pero…!
No debiéramos esperar a la puesta de sol para borrar el enojo, los celos, la envidia… sino ser muy conscientes al momento de lo que no case con una vida que está escondida con Cristo en Dios, y dar marcha atrás al instante. ¡Cuestión de “educar” la voluntad, el querer como el hacer!
De Cristo, Aquel de quien debiéramos ser fiel imagen, no se dice haber sido hallado en falta alguna, ni durante su última semana en la tierra, ni nunca.
Aun siendo varones de Dios, los profetas y apóstoles tuvieron su punto flaco, su talón de Aquiles que las Sagradas Escrituras no ocultaron. Jesús, el Hombre representativo, todo lo hizo bien siempre.
El tiempo apresuró su transcurrir, particularmente la notable última semana de esta Vida perfecta, como deseando precipitar los acontecimientos tan esperados y temidos, y traer veloz la hora del supremo sacrificio.
Pero en medio del raudo acontecer, saberse cercano a la cruz, momentos infinitos en que cargaría con el producto de nuestro Yo, y verse abandonado del Padre, el Señor se mantuvo sereno, paciente con las inconsecuencias de los suyos, sin ansiedades ni nerviosismos, aun en las horas terribles de Getsemaní donde, como humano, se enfrentó a la lucha tremenda entre el terror a tan ignominioso fin y el deseo de que -si así estaba dispuesto- se hiciera la voluntad del Padre.
Se sobrecoge el corazón al contemplarlo en las memorables escenas del último día. La hora se acercaba, pero sus emociones no trascendieron en la Última Cena con los discípulos, cuando les invitó a participar de los símbolos representativos de su muerte por nosotros, instituyó la celebración de este acto en memoria suya, y les reveló que uno de ellos le iba a entregar.
Todos se entristecieron -el que iba a hacerlo fingió-. Preguntaron: “¿Seré yo, Señor?”.
Excepto el que estaba designado para obra tan vil -dada su incapacidad de contagiarse de la ternura del Maestro, por cuanto rechazó amar la Verdad, tan asombrosamente revelada ante él para ser salvo-, los discípulos temblaban contritos ante el pensamiento de ser el traidor. ¿Recordarían las palabras del profeta sobre el que levantaría el calcañar contra el Señor?
Mas, superados tristeza y temor, ante otro anuncio tremendo: el de que todos se escandalizarían de Él esa noche, ya no es el espíritu humillado, sino la fuerza de la autosuficiencia la que les impulsó a responder categóricamente: “No te dejaremos…”. Pedro obtuvo la respuesta: le negaría esa misma noche, tres veces antes que el gallo cantase.
¡Cómo engaña la propia confianza!
Sigue luego la amargura de Getsemaní, donde Pedro, Jacobo y Juan le acompañan más adelante, y a quienes revela su angustioso y triste estado, pidiéndoles a la vez quedarse allí velando, mientras Él se aleja un poco para, postrado en tierra, orar por la posibilidad de evitársele “la Hora”, y “la Copa” del sufrimiento que le aguardaba.
Ellos, incluso con la pesadez que les lleva a caer en profundo sopor debido a la tensión de las horas precedentes, en el anochecer sosegado del fragante huerto advierten su lucha, oyen su oración. Saben del sudor de gotas de sangre, síntoma de enorme sufrimiento; de sus desgarrados ruegos y súplicas, reflejo de la agonía de su alma, siempre finalizados con: “Mas no lo que yo quiero, sino lo que Tú”.
Y ven… que al fin es un ángel quien se acerca a confortarlo.
¡Los ángeles! Un suspiro de aliento se escapa al pensar en la provisión del Altísimo para los suyos. Ministros que hacen su voluntad acudiendo al punto a aliviar a quienes por causa del Nombre sufren, o librarlos de peligros en tanto Él desee mantenerlos a salvo.
Momentos hubo en nuestra propia vida en que, de no haber sido por el pronto auxilio de un ángel, algo grave nos habría ocurrido. Fue milagroso haber escapado del inminente y fatal peligro.
Nuestro amado Redentor, finalizando la lucha, obtuvo ayuda de un ser celestial cuando, en momentos tan críticos, le faltó el consuelo humano (Lucas 22:43).
¡Saber que el ángel del Señor acampa alrededor de su pueblo!
Una mano amiga viene a secar la ardiente lágrima que rueda por tu mejilla, ¡ah! pero no ya la de una angelical criatura, sino la que nuestros pecados taladraron. ¡El mismo Señor nos acompaña!
Cuando decididamente acepta la Copa, se acerca la tercera vez a los discípulos -ya lo había hecho antes pidiéndoles velar con Él, por su mortal tristeza, y exhortándoles a estar atentos y orar para no caer en tentación-, y les dice: “Dormid ya, y descansad. Basta, la hora ha venido (…). Levantaos, vamos; he aquí, se acerca el que me entrega” (Marcos 14:41,42).
Entre el “dormid” y el “basta”, tuvo que haber transcurrido algún tiempo, y un querido hermano me hizo pensar en lo que pudo ser.
A pesar de lo avergonzados que estuvieran de su debilidad al dormirse desoyendo el encargo de su Maestro, y no saber qué responder a su pregunta en cuanto a no haber velado con Él una hora, incapaces de atenderle en su agonía, volvieron a cerrar los ojos dominados por el sueño.
Pero el Señor no les obligó a levantarse y caminar con Él hacia los hombres que ya veía acercarse. Se sentó a velar el sueño de ellos con toda la ternura y el amor de que sólo Él es capaz. ¡Es el Buen Pastor! Hasta que, con el reparador descanso, estuvieron preparados para el siguiente acto del drama, en el que protagonizarían lo anunciado: la negación de Pedro y la dispersión de sus ovejas huyendo por las callejuelas de la desleal Jerusalén.
Son todos estos acontecimientos que, por conocidos, leemos en ocasiones sin conmovernos, pero que cada vez debieran alertarnos en cuanto a nuestra inconstante forma de responder ante el Señor, y movernos a acercarnos más a Él con el fin de recibir la gracia y el poder necesarios para, en cada uno de nuestros deseos, acatar su voluntad y dirección.
La tristeza y la falta de comprensión de lo que estaba pasando, junto con el hecho de no haber confiado y descansado en la grandeza del Hombre que ante sí tenían, recientemente reconocido por ellos como el Hijo del Dios viviente, les llevó a grandes contradicciones.
¿Cómo obramos ante las situaciones críticas de los que amamos?
Ahora, con Dios por y en nosotras, se nos garantiza la actuación de su poder en nuestras vidas. No contaron los discípulos con esto, por estar aún pendiente la venida del Espíritu Santo.
Sean la ternura y el amor de Cristo para con todos, lo más patente al configurarse su imagen en nosotras. Él lo hace posible por la eficacia de su sangre para limpiarnos, y por estar cerca desde el momento en que, convencidas de nuestra condición de pecadoras, arrepentidas y convertidas, le dimos paso en nuestra existencia.