LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Dios es el único que puede proveer y proveerá el medio para resolver tu situación…

El ser humano es eminentemente social. Así nos hizo Dios. Al crear al primer hombre, observó la necesidad de una compañía humana para este.  Dios dijo: “…no es bueno que el hombre esté solo…” (Génesis 2:18). De esta necesidad surge una de las más grandes bendiciones que los seres humanos podamos gozar: la amistad. Ella es un vínculo que se basa en compartir sentimientos, intereses y experiencias. Es muy beneficiosa para el bienestar emocional y la convivencia social.

Lograr relaciones amistosas demandará invertir tiempo, y proveer afectos y cuidados que fomenten su buen desarrollo. Lamentablemente, en las relaciones humanas suelen surgir conflictos y se crean enemistades, a veces tan fuertes y desgarradoras que nos dejan emocionalmente muy lastimadas. Debemos buscar la causa de ello, la cual se remonta hasta nuestros primeros padres: Adán y Eva.

Desafortunadamente, cuando el pecado entró a la raza humana, el hombre se enemistó con Dios. Dios nunca se ha enemistado con Su criatura, fue el ser humano quien voluntariamente decidió separarse de la relación íntima y armoniosa con su Creador. Adán y Eva dudaron de la bondad divina, creyeron la mentira del diablo, pensaron que al desobedecer el mandato divino serían felices y sabios; pero todo lo contrario ocurrió. Al pecar, en sus corazones se generó: culpabilidad, temor, hostilidad y un deseo constante de ser independientes del Altísimo. Esta es la causa por la cual ocurren los enojos, las iras, los pleitos y las enemistades.

Toda la raza humana sufre como consecuencia del pecado: degeneración, depravación y sufrimientos insondables. Por naturaleza, somos enemigos de Dios. El apóstol Pablo dice a los hermanos en Colosas y a nosotras también: “vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras…” (Colosenses 1:21).

Así pues, cuando fue necesario buscar restaurar la relación con Jehová, Él mismo se encargó de ello. Adán y su mujer, llenos de miedo, trataron de esconderse de Su presencia; pero no pudieron. El Señor no quiso dejar a sus criaturas abandonadas en este estado de temor, y Su voz de amor y misericordia resonó en el huerto: “¿Dónde estás tú?” (Génesis 3:9). Por supuesto, Él sabía dónde estaban; lo que quería de ellos era una simple confesión: que admitieran que estaban extraviados.

Dios nunca promovió ni promueve la enemistad con sus criaturas, a pesar de su desobediencia; por eso vemos que Él es quien toma la iniciativa de buscarlos y les provee el medio para restaurar la relación. Trataron inútilmente de cubrir su desnudez, cosiendo hojas de higuera como delantales (Génesis 3:7). Esto nos habla del esfuerzo humano para justificar sus faltas ante Dios. Lo cual es totalmente ineficaz. Es Jehová Dios en su gracia que les provee de túnicas de pieles de animal para vestirlos. Este acto es la primera imagen bíblica de la redención. Un animal sin culpa es sacrificado para proveer una cobertura para el hombre pecador. Al aceptar esa cobertura, ellos reconocen que son impotentes para eliminar la separación espiritual de Dios y, por consiguiente, la enemistad que sus pecados han traído al mundo. Deben aceptar por la fe, que Dios es el único que puede proveer y proveerá el medio para resolver su situación.

Desde la eternidad, Dios tenía un plan para reconciliarnos con Él. Su santidad afrentada, la raza humana separada de Él y herida por el pecado… solo Él mismo podía proveer el medio de la reconciliación. La reconciliación del hombre con Dios no es igual que la que se realiza en el ámbito humano. Nosotros podemos, por medio de palabras, confesiones, actos de perdón y decisiones de mutuo acuerdo, lograr superar conflictos y enemistades. Con Dios no es igual, porque no se trata de un conflicto entre iguales y porque el pecado es horroroso ante el Señor. Él es muy limpio de ojos y no puede ver el mal (Habacuc 1: 13a).

Para tener una relación amistosa con Dios, es necesario que obtengamos Su perdón, el cual no se adquiere por obras o méritos humanos. Él solo perdona en base al pago del castigo por los pecados. El pecado afrenta Su justicia y santidad, ningún acto humano puede corregir esto y Dios lo sabe, por eso desde la eternidad tenía la provisión para ello. La vida de su unigénito Hijo entregada en la cruz del Calvario fue el pago perfecto para nuestra reconciliación. Por eso, el apóstol Pablo nos dice: “Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo… (2 Co. 5:18a). 

Toda la creación se ha visto afectada por la caída de Adán y Eva. El pecado ha contaminado todo el universo, y una creación contaminada es inadecuada para Dios. Hoy sufrimos catástrofes naturales: terremotos, huracanes, tsunamis, tormentas, epidemias, etc. “Toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22). Es el buen deseo de Dios reconciliar todas las cosas con Él (Colosenses 1:20), de modo que desde la eternidad tiene un plan, para un día contemplar el vasto universo con beneplácito.

Cristo vino al mundo para realizar la provisión necesaria, para que esto se cumpla. Porque para eliminar el dolor y la discordia de la creación no bastaba con que el Hijo se encarnara; debía de padecer la muerte. Solo puede ser por medio de la sangre, de Su sangre en la cruz, que una creación arruinada pueda reconciliarse con Dios. La sangre ya fue derramada y puesta sobre el propiciatorio, y así se ha hecho la paz con Dios. En un día, no muy lejano, esperamos ver la plena aplicación de esta obra a la creación (Romanos 8:21).

En contraste con las otras cosas creadas, los creyentes ya estamos reconciliados. La obra de Cristo no solo ha eliminado nuestros pecados, sino que nos ha llevado a una condición ante Dios en la que Él puede vernos con complacencia, “sin mancha e irreprensibles” (Colosenses 1:22). Así es como Dios nos ve en Cristo, y con gratitud podemos cantar:

¡Abba, Padre! Te adoramos, en el nombre de Jesús;

Dios y Padre te llamamos, hechos hijos de la luz.

Ya del juicio libertados por la sangre del Señor,

Y por él reconciliados, disfrutamos de tu amor.

Pródigos un tiempo fuimos, y alejados del hogar;

Mas tu voz de amor oímos, pues quisístenos llamar;

Por Jesús nos perdonaste y nos allegaste a ti,

Nos besaste, y nos sentaste en tu comunión aquí.

Dioma de Álvarez

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