Nuestra forma de vida tiene que evidenciar nuestra ciudadanía
¿Te gusta viajar? Creo que casi a todo el mundo le gusta viajar, conocer otras ciudades, otros países, otras personas… Cuando lo hacemos descubrimos de primera mano que cada lugar del mundo tiene su idiosincrasia particular, su cultura, sus costumbres. Desde cuestiones simples como los horarios de cada día o la cocina de cada lugar, hasta otras más profundas como normas de comportamiento y relación que, si bien no están escritas, son respetadas por la mayoría de los miembros de esa comunidad. Y son precisamente esas diferencias, esos detalles grandes o pequeños, los que hacen que cada grupo sea una comunidad única e independiente.
Los cristianos también somos, o debiéramos ser, una comunidad diferenciada del resto. Aunque pertenezcamos a distintos grupos humanos alrededor del mundo, hay ciertos comportamientos, ciertas actitudes frente a la vida, que deberíamos tener en común seamos de donde seamos, porque somos ciudadanos del Reino de los Cielos; si hemos nacido de nuevo por la fe en Cristo.
Al inicio de su ministerio público, Jesús pronunció uno de sus sermones más conocidos: El Sermón del Monte. Pienso en este discurso de Jesús como una especie de “declaración de intenciones”, lo que Él esperaba -y espera- que diferenciara a sus seguidores del resto de los seres humanos; Esa “cultura divina” que debería ser la base del comportamiento y el carácter cristiano en cualquier rincón del mundo, la marca distintiva de los ciudadanos del Reino de los Cielos.
El evangelio nos cuenta que, tras experimentar los milagros de toda índole con que Jesús les beneficiaba, las multitudes empezaron a seguirle a todas partes a donde iba (Mt. 4:25), dificultando seguramente los momentos pedagógicos entre Él y Su gente. Y viendo Jesús esta situación, sube a la ladera de la montaña y se sienta junto con sus discípulos para empezar a enseñarles (Mt. 5:1); ahí comienza el conocido discurso.
Me gusta imaginar a Jesús, el Rey de ese Reino, sentado en el campo, allá en el monte, explicando a aquellos seres humanos con los que compartió tres años de vida física en la tierra, cómo debía ser el comportamiento de aquellos ciudadanos celestiales. Y, como ciudadana del Cielo, me propongo “sentarme” junto a los apóstoles en esa aula privilegiada al aire libre, para recibir las instrucciones del Maestro… ¿Te vienes?
Me resulta interesante que, antes de dar indicaciones concretas sobre situaciones concretas, Jesús comienza su clase magistral con lo que veo como las características generales que se suponen a un ciudadano del Cielo, aquellas personas que son receptoras de la bendición de Dios. ¿Te diste cuenta de que son características generalmente despreciadas en nuestra sociedad actual? Sin embargo, en el Reino de los Cielos la bendición de Dios cae especialmente sobre los que son así.
Jesús asegura que, a pesar de lo que valore nuestra sociedad, Dios bendice a los que lloran, a los humildes, a los que desean fervientemente la justicia real, a los compasivos, a los que tienen corazón puro, a los que se esfuerzan para que la paz reine, a los que son perseguidos por hacer lo correcto, a los que reconocen su necesidad de Él, los que no van de autosuficientes, y a los difamados o maltratados por seguir a Jesús.
Estos Jesús dice que serán consolados, que heredarán toda la tierra, que serán saciados, que serán tratados con compasión, que verán a Dios, que serán llamados hijos de Dios… A estos el Reino de los Cielos les pertenece. Ellos pertenecen al Reino de los Cielos y el Reino de los Cielos les pertenece a ellos, y esto en presente, sin esperar un cumplimiento futuro; aquí y ahora.
Sí, estamos en este mundo, cada uno en su país, en su región, en su ciudad, en su pueblo, en su familia… Con nuestras costumbres y normas, nuestras culturas particulares y nuestros diferentes idiomas; pero, si hemos nacido de nuevo por Cristo, por encima de todas estas cosas que nos distinguen, pertenecemos al Reino de los Cielos y el Reino de los Cielos nos pertenece. Somos pueblo de Dios, somos familia de Dios, somos ciudadanos del Cielo, y nuestras características personales tendrían que ser aquellas que Dios bendice; nuestra forma de vida tiene que evidenciar nuestra ciudadanía. No podemos esconder la Luz que vive en nosotros debajo de una canasta (Mt. 5:14). ¡No! Dejemos que alumbre, que las personas vean brillar nuestras vidas con Su luz y, como resultado: ¡¡ALABEN A NUESTRO PADRE CELESTIAL!!
Quiero seguir considerando, poco a poco, este práctico sermón del Maestro. ¿Qué te parece? Te propongo que sigamos aquí “sentados”, en este monte, a los pies de Jesús, y sigamos escuchando de Su boca lo que Él quiere ver en nuestras vidas. ¿Te quedas conmigo?