LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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Edad de oro: La Tempestad

Cuando mantener el equilibrio emocional es difícil, te animo, y te recuerdo que no es a la voz de tu corazón a la que debes oír…

Hace ya bastante tiempo, leí una pequeña obra teatral, llamada “La tempestad”, que forma parte del trabajo literario del gran escritor inglés William Shakespeare. Pero debo confesar que nunca logró conmoverme tanto como la descripción que hace el escritor del libro de Hechos en los capítulos 27 y 28.

Leído y releído cada versículo, he sido pasajera y compañera de esa odisea. A una mujer como yo, que llegados los años no ha aprendido a nadar, lo sucedido en aquellas embarcaciones expuestas al peligro del mar, ha hecho aumentar muchas veces las pulsaciones, y sentir en carne propia las angustias vividas por la tripulación.

Es llamativa y admirable la actitud que tiene alguien que conoce al Creador de cielo y tierra, y sabe que Él puede dominar los vientos y las olas: Pablo. Sin embargo, el apóstol no dice que Dios va a calmar la tempestad.

Pablo advierte, sin embargo, que van a tener una navegación difícil, con pérdidas y peligros.

El corazón orgulloso prefiere no oír la advertencia del hombre de Dios, y confía en el conocimiento humano. Aparece el temido viento huracanado: el Euroclidón, y la nave queda a su merced y a la deriva.

¿Has estado alguna vez así?

Caen los brazos, y te dejas llevar por la tempestad que ha venido sobre tu vida o familia.

Con espíritu de supervivencia se intenta algo. Luego… ¡el desánimo! Así nos desprendemos, arrojando al mar enfurecido todas aquellas cosas útiles que nos acompañaron siempre: La Palabra de Dios, el consejo espiritual, la compañía de los justos.

¿Quién podrá salvarnos de esto?

Nuestra débil esperanza se desdibuja como la figura de nuestra nave en medio de un mar sin sol ni estrellas. Comer nos resulta insípido. ¿Pensar…? ¡No! No hay luz en nuestra mente. ¿Escribir…? En la parálisis de la aflicción he sentido “que un gran viento huracanado” se ha desatado. No puedo poner mi nave proa al viento. Es tan grande el ruido de la tormenta que, aunque mi corazón está en paz, no puedo oír su voz. He arrojado algunos aparejos, pero no puedo escribir. El papel se moja permanentemente, y no sé si es por las grandes olas o por mis lágrimas.

Nuevamente, la voz de Pablo recuerda la advertencia: “Hubiera sido mejor no zarpar”.

En algún momento de nuestra vida, y como consecuencia del fracaso, Dios y su Palabra, o alguien, nos dijo: “Mejor hubiera sido no…”. ¡Ya es tarde! No se puede volver atrás. La embarcación se encuentra en medio del mar, y la costa no está a la vista.

Los tripulantes y presos de la nave jamás pensaron verse envueltos en esa tragedia. Además, aquella tempestad no fue por causa de Pablo, como en el caso de Jonás. La provisión de Dios se manifiesta de alguna manera en medio de las dificultades. Su misericordia alcanza a quienes, como los de la nave, sufren la misma situación, sin saber o conocer los errores cometidos por otros. Se escucha la voz de Pablo exhortando, animando y dando testimonio de que el Dios a quien sirve protegerá sus vidas, y sólo la nave se perderá.

¿Has perdido tu nave?

¿Te has quedado sin familia? ¿No tienes más salud?

Intuyendo, como esos hombres, que la costa está cerca, queremos abandonar la nave a medianoche. ¡Cómo deseamos que amanezca! ¿Por qué permanecer en el peligro de la oscuridad? Huir o morir puede parecernos la solución…

Quédate en tu lugar. ¡Dios está cerca!

La Palabra de Dios relata que comenzó a amanecer y, con la primera claridad, Pablo afirmó que ni un solo cabello caería de sus cabezas. Que comieran por su salud. La tempestad era un hecho asumido, pero aún faltaba algo más: el naufragio.

El naufragio es una figura conmovedora. Para la gente de mar, ver perder o hundirse su nave es algo doloroso e irreparable, al igual que irreparable y doloroso resulta la pérdida de lo que hemos intentado construir.

Mirar hacia el horizonte, y ver una costa nueva y desconocida…. Mirar la nave, y ver su fin, encallada y partida en dos por la violencia del mar… Todo esto descoloca, mueve los fundamentos humanos y pone en peligro nuestra cordura. En tal situación los egoísmos e intereses personales afloran con soluciones drásticas: Los presos deben morir antes que huyan…

¡Qué importante es la paz del Señor en los momentos difíciles! ¡Cuán esencial su amor hacia los que van a morir! Muchas naves naufragan a nuestro alrededor. En ellas van quienes saben y los que no saben nadar.

Pablo ordena la situación, permitiendo que abandonen la nave primeramente los que saben nadar. Esta es la figura de aquellos con reservas espirituales, capaces de hacerlos flotar en aguas turbulentas. Los que no saben nadar deben asirse de tablas o cosas que salvarán sus vidas.

Esas tablas o cosas a las que poder aferrarse son: la Palabra de Dios, nuestras oraciones, nuestra ayuda personal.

Habrá otras tempestades, habrá otros naufragios… Y en este tiempo de nuestras vidas, cuando mantener el equilibrio emocional puede ser una dificultad, te animo y te recuerdo que no es a la voz de tu corazón a la que debes oír, atender y obedecer, sino a la voz de nuestro Dios que, como ayer, nos dice: “Y será aquel varón -Jesucristo- como escondedero contra el viento y como refugio contra el turbión…” (Is.32:2).

Noemí de Otero

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