La palabra de Dios es el Código de Conducta de este Reino…
¿Cómo te relacionas con la Palabra de Dios? ¿Qué es para ti? ¿Qué espera Dios que sea para ti? ¿Qué tiene Jesús que decirme al respecto?
Aquí sigo, en la hermosa montaña que Jesús ha escogido como aula para esta impartición magistral de lo que supone ser un ciudadano del Reino. ¿Sigues conmigo? Aún hay mucho que aprender. Ahora Él va a enfrentar a Sus discípulos, y a cada uno de nosotros, por consiguiente, con la consideración que tienen de la Palabra de Dios.
Seguramente, al mirar a Su gente, Jesús percibió en ellos la idea de que algo absolutamente nuevo y rompedor estaba llegando con el Reino, algo que relegaría a un segundo plano “las cosas antiguas”, que dejarían de tener protagonismo. Como cuando, en mi ansia de novedades, empiezo a desechar aquello que me incomoda por “trasnochado”. Antes de que aquellos hombres, que empezaban a conocer a Jesús, pensaran que había que romper con todo lo anterior, Jesús les dice: “No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir” (Mt 5:17). En contra de lo que ellos podían pensar, Jesús no va a despreciar ni una letra pequeña, ni siquiera una tilde, de todo lo que está escrito; de hecho, en lo que sigue, se va a encargar de explicar el profundo significado y la profunda implicación que la ley de Dios tiene en el día a día de Su pueblo. No, Jesús no vino a menospreciar lo que llevaba siglos escrito, sino a cumplirlo, porque es importante, es trascendente. Si el Rey del Reino no ha venido a abolir, no ha venido a invalidar, ni a suprimir nada de lo escrito, ¿qué es lo que Él espera de los ciudadanos de Su Reino? Les dice a los Suyos: “Si despreciáis el más pequeño de estos mandamientos y os atrevéis a enseñar eso a otros, seréis considerados los más pequeños en el Reino. Si no os tomáis la obediencia real a la Palabra más en serio de lo que lo hacen los religiosos, es que no sois ciudadanos del Reino”.
¿Cómo te relacionas tú, como ciudadano del Reino, con la Palabra de Dios? También hoy Jesús, el Rey del Reino, quiere decirnos algo al respecto. Si miras en los Evangelios cómo Él trata el Antiguo Testamento, verás que se acerca a él con sumo respeto y consideración, como Palabra de Dios que es, y cuando se acerca a sus principios, lo hace buscando el corazón de la ley, el corazón del principio, para aplicarlo a la vida diaria de manera que cobre sentido. Si soy una ciudadana del Reino, no puedo limitarme a leer la Palabra como quien lee un periódico o una novela; tengo que buscar el mensaje para mi vida. ¿Cómo?
- Cuando leas la Palabra, haz como Jacob en Génesis (permíteme la metáfora), no sueltes el texto hasta que no te lleves algo. Y cuando lo encuentres, medita, reflexiona, “estira” la enseñanza, no te quedes en la superficie, ahonda.
- Adapta eso que has descubierto al momento actual. La Palabra de Dios está viva y tiene mucho que decir cada uno de los días de este moderno siglo XXI. Busca el paralelismo que hará de ese texto algo tan actual como las noticias de esta mañana.
- Busca una aplicación para tu día, para las próximas 24 horas (y en adelante). Baja ese descubrimiento a tu vida hoy, a tu trabajo, a tus estudios, a tu familia, a esa cita que tienes en un rato. ¿Cómo puedes practicar lo que acabas de descubrir? Si la Palabra de Dios no afecta mi día… no la estoy dejando cumplir su objetivo.
Así es como Jesús trató la ley en su discurso: “Oísteis que fue dicho, pero yo os digo…”. Y despliega toda la abundancia de aplicación que contiene cada mandamiento. ¡Imita a Jesús en su acercamiento a la Palabra!
Y no solo eso, Jesús advierte sobre el peligro de enseñar a otros a menospreciar la Palabra: “…, y así lo enseñe a otros…” (Mt 5:19). ¡Cuidado! No da igual lo que enseñas a otros, les dice Jesús. Como ciudadanos del Reino, los discípulos tenían que enseñar a los demás a respetar, amar, cumplir, valorar… la ley y los profetas.
¿Y tú? ¿Qué opciones de enseñar a otros tienes? Quizá enseñas a niños, quizá a jóvenes, quizá en otros grupos de la iglesia. Puede que tengas hijos, nietos, sobrinos cerca que aprenden de ti. A lo mejor son tus amigos, compañeros de trabajo o de estudios, o tus vecinos. Todos tenemos multitud de oportunidades de enseñar a otros cuál es la actitud correcta hacia la Palabra de Dios. ¿Qué aprenden estas personas de ti? Jesús dijo que, si hablamos mucho, pero solo nos preocupamos por las apariencias (como los escribas y fariseos de la época), no somos del Reino.
Si aspiro, con la asistencia del Espíritu Santo, a guardar, cumplir, valorar, amar la Palabra de Dios, como Jesús, entonces no serán solo mis palabras, no serán solo mis actos visibles, será mi corazón, mi ser entero, mis acciones, visibles o no visibles, las que mostrarán que soy ciudadano del Cielo. Porque la Palabra de Dios es el CÓDIGO DE CONDUCTA DE ESTE REINO. ¿Eres ciudadano del Reino?