“Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor”
“… el ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón que se llamaba José, de la casa de David; y el nombre de la virgen era María” (Lucas 1:26, 27).
Al volver a leer esta entrañable historia nos maravillamos, de nuevo, de la sencilla fe de María. Cuando recibió la noticia de que Dios la había escogido para ser la madre del esperado Mesías, no se puso a discutir con el ángel diciendo que era imposible que este honor cayera sobre ella, solo pensó en la logística del asunto, porque no estaba casada. El ángel le explicó cómo ocurriría: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que nacerá, será llamado Hijo de Dios” (1:35).
Lo que María sabía era que: “Este será grande, y será llamado Hijo del Altísimo; y el Señor Dios le dará el trono de David su padre; y reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su reino no tendrá fin” (1:32, 33). Entonces María sabía que Dios engendraría a su Hijo en ella por el Espíritu Santo sin la intervención de un hombre, que este Hijo sería muy importante en el mundo, que reinaría sobre el trono de su padre David, y que su reino no tendría fin. Sabía que su hijo sería Hijo de Dios y, a la vez, hijo de David.
Lo que no sabía es que la segunda parte de esta profecía no se cumpliría durante la vida de ella. Tampoco sabía que este Hijo sería rechazado, perseguido, repudiado, calumniado, juzgado, condenado y crucificado. Ni sabía que después de tres días resucitaría, que se mostraría vivo a los que creían en él, y que después volvería al Cielo donde se quedaría hasta que la Iglesia estuviese formada y que, entonces, volvería a reinar sobre el trono de su padre David para siempre, como se lo había dicho el ángel. Tampoco sabía que sus seguidores tendrían la misma suerte que Él, que serían rechazados, perseguidos, repudiados, juzgados y, en muchas ocasiones, condenados a muerte.
La fe de esta mujer fue puesta a prueba desde el principio. Necesitaba a un marido para servir de padre para el niño. Dios se encargó de ello. El Mesías iba a nacer en Belén, pero ella vivía en Nazaret, una ciudad de Galilea. Dios los llevó a Belén. No tenía donde hospedarse en Belén. Dios proveyó un lugar. La vida del Niño peligraba. Dios lo llevó a refugiarse en Egipto. Debería vivir en Israel. Dios los llamó a volver. Belén era peligroso estando cerca de Jerusalén, donde reinaba el hijo de Herodes. Dios lo llevó otra vez a Galilea. No pasó nada durante treinta años. Dios estaba preparando a su Hijo para el ministerio. Dios mandó a Juan el Bautista a anunciar su comienzo. Como Mesías, Jesús no cumplía las expectativas de su pueblo. Dios tenía otras para Él. Fue cada vez más rechazado. Dios estaba salvando a los que lo recibían. Fue condenado y crucificado. Dios estaba reconciliando al mundo consigo mismo por medio de su sacrificio. Esto no lo sabía María allí al pie de la cruz. Fue el momento más duro de su vida, quizás no solo por verlo sufrir, sino por no ver el cumplimiento, según ella lo entendía, del mensaje del ángel. Su Hijo tenía que reinar eternamente, pero estaba muriendo. ¿Cómo podía ser? María, al pie de la cruz, no entendió por qué su Hijo no estaba cumpliendo el mensaje del ángel. ¿La Palabra de Dios le había fallado? Imposible. Su Hijo tenía que reinar sobre el trono de su padre David, pero ¡estaba muriendo! ¿Cómo se iba a cumplir la profecía de la cual ella había pasado la vida esperando el cumplimiento? No había nada en la profecía acerca de una crucifixión, y no estaba allí el ángel para preguntarle. Es en esos momentos cuando se produjo la espera de fe más larga de su vida… Después de tres días, Dios le resucitó.
María esperaba en Dios, juntamente con Juan y los demás discípulos. No estaba sola en esta gran prueba que supone no entender la voluntad de Dios. No se dispersaron los discípulos. Se mantuvieron unidos allí donde Jesús los encontró el día de la resurrección. Todos pensaban que ahora, finalmente, se cumpliría la profecía y que Jesús empezaría a reinar, que restauraría el reino a Israel (Hechos 1:6). Pero no, y otra vez sus esperanzas fueron frustradas; Jesús ascendió al cielo. ¿Ahora qué? ¿María nunca vería a su Hijo reinando sobre un Israel libre de la ocupación romana en cumplimiento del mensaje del ángel? Si era difícil creer que reinaría cuando estaba muerto, ahora era aún más difícil creerlo, cuando había vuelto al cielo. ¿Dónde estaba el reino prometido?
Jesús les había dicho que esperasen la venida del Espíritu Santo, en Jerusalén. María estuvo allí con todos esperándolo. Recibió al Espíritu Santo en el día de Pentecostés, juntamente con todos los que habían creído. Ahora con la ayuda del Espíritu empezaban a entender la naturaleza del reino de Dios, el propósito de la muerte de Jesús y la necesidad de predicar el evangelio a todos los países del mundo, para construir la Iglesia y preparar el terreno para su retorno, ¡y entonces Jesús reinaría! ¡La espera solo había comenzado!
María es un maravilloso ejemplo de fe. Ejerció fe en Dios cuando solo entendía a medias los propósitos de Dios. Su fe fue muy probada. Pasó toda la vida esperando el cumplimiento de las promesas de Dios y murió en esperanza del reino, lo mismo que nosotros. La vida de fe consiste en recibir las promesas de Dios y esperar su cumplimiento aun cuando parece imposible que se cumpla. Dios siempre cumple sus promesas, pero muchas veces de forma muy diferente a lo que nosotros habíamos pensado. Esto es lo que tenemos que aprender de María: A ser fieles al Señor y no dudar de Su promesa, a pesar de lo que nuestros ojos ven. Dios será fiel. Ella también es un ejemplo a la hora de esperar juntamente con otros creyentes, como parte de la comunidad de la fe. Y como le dijo Elizabet al principio de su larga vida de fe: “Bienaventurada la que creyó, porque se cumplirá lo que le fue dicho de parte del Señor” (Lucas 1:45). Así es, ¡siempre!