Cristo, el Mesías prometido, vino 2000 años después de aquella primera promesa…
Tú dejaste tu trono y corona por mí,
al venir a Belén a nacer;
Mas a ti no fue dado el entrar al mesón,
y en pesebre te hicieron yacer.
Coro:
//Ven a mi corazón, oh Cristo,
pues en él hay lugar para Ti.//
Alabanzas celestes los ángeles dan,
en que rinden al Verbo loor;
Mas humilde viniste a la tierra, Señor,
a dar vida al más vil pecador.
Tú viniste Señor con tu gran bendición,
para dar libertad y salud;
Mas con odio y desprecio te hicieron morir,
aunque vieron tu amor y virtud.
Alabanzas sublimes los cielos darán,
cuando vengas glorioso de allí.
Y tu voz nos dirá de las nubes: “Venid
al hogar celestial junto a mí”.
Letra: Emily Steele Elliot, 1864
Música Ira D. Sankey, 1876
Cierto es que este himno se suele cantar en la época navideña, pero, bien mirado, su letra es apropiada para cualquier época del año.
¿No podemos reflexionar cada día acerca de que el Hijo de Dios dejó su lugar junto al Padre para acercarse a nosotros con una gran misión? ¿O solo es en Navidad cuando podemos pensarlo?
La primera estrofa nos recuerda precisamente eso, que Cristo, el Mesías prometido ya a Abraham y a su descendencia y proclamado por los profetas, vino 2000 años después de aquella primera promesa, a una pequeña aldea llamada Belén. Nadie le estaba esperando, a pesar de que el pueblo judío decía esperarle, y su llegada pasó desapercibida, excepto para unos pocos pastores que vieron señales extraordinarias en los cielos y quizás para unos astrónomos a muchos kilómetros de allí. Y cuando llegó, ni siquiera había hospedaje para Él. Tuvo que conformarse con un establo, lugar humilde donde los haya.
Y también ahora, más de 2000 años después de su nacimiento, el mensaje del estribillo nos invita a clamar a Dios por su venida, ahora a nuestras vidas: “Ven a mi corazón, oh Cristo, pues en él hay lugar para ti”.
En la segunda estrofa se menciona a los ángeles que rinden alabanza mientras Cristo viene de manera humilde con el propósito de dar vida al pecador que sólo merecía muerte. Y aquí podemos recordar lo escrito en Filipenses 2: 6-7; Cristo, siendo Dios, no se aferró a su condición divina, sino que se hizo hombre. En términos humanos podríamos decir que descendió de “categoría” y se hizo semejante a los hombres, y se hizo obediente hasta la muerte.
En la tercera estrofa se recuerda el propósito de Dios; que vino a liberar a los cautivos y a sanar las enfermedades, como ya había profetizado Isaías (Is.61:1-3).
Finalmente, se recuerda la promesa de vida eterna que Dios ha preparado para nosotros (Juan 14:2-3). Cristo fue muerto por el odio de quienes no quisieron reconocer que era el Mesías. Esa muerte era la gran misión que tenía al venir a la tierra, el sacrificio necesario. Iba a preparar moradas celestiales a las cuales llegaremos cuando nuestra vida termine en la tierra o venga Cristo a buscarnos. El Reino de los cielos se había acercado.
La autora de tan hermosa e intemporal letra fue Emily Steele Elliott (1836-1897), que nació en Brighton (Inglaterra). Su padre era un reverendo reconocido, y a su vez tuvo tíos y abuelos dedicados también al pastorado y a la composición de himnos. Entre sus antepasados estaban un reconocido activista del grupo de Clapham (Henry Ven); este grupo, entre los que estaba el parlamentario Wilbeforce, luchó entre 1790 y 1830 por la abolición de la esclavitud, la prohibición del trabajo infantil, la reforma de las prisiones, por prevenir el maltrato… y otras leyes que permitieron mejorar las condiciones de vida de miles de personas.
Emily Elliott pronto se interesó por la composición de himnos, como hiciera una de sus tías, la famosa Charlotte Elliott, y por la escritura de cuentos y novelas que alcanzaron renombre.
El himno que hoy nos ocupa fue escrito en 1864 para el uso de la escuela y de la iglesia de San Marcos, en Brighton, pero pronto saltó a otras iglesias de las Islas Británicas. Ha sido traducido a numerosos idiomas. Los himnos que compuso se publicaron en libros como “Campanas de consagración”, “Campanas para el servicio diario” y “Bajo la almohada”, este último con letra muy grande, propio para personas mayores y hospitalizadas.
También Emily Elliott trabajó en la causa misionera, editó revistas, organizó la Misión de Cartas Navideñas que enviaba cartas a personas en soledad, etc. Tuvo una vida rica y entregada.
Se casó con William Godsmark y tuvieron cuatro hijos. En sus últimos años tuvo una enfermedad cardiaca que la limitó, falleciendo de forma repentina en 1897 debido a una pequeña operación.
La música de este himno de debe a Ira David Sankey (1940-1908) que fue un cantante y compositor de himnos americano que acompañó durante sus campañas evangelísticas a Dwight L. Moody. Sankey fue un gran innovador en la forma de llevar la música en los servicios religiosos, y junto con Moody, que era quien predicaba, las canciones de Sankey conmovían al auditorio. Compuso para grandes poetas de Góspel, como Fanny Crosby y Philip Bliss, entre otros muchos.
David, aunque venía de una familia metodista, no se convirtió hasta los 19 años, sufriendo un cambio importante en sus deseos de servir en la iglesia. En 1860 se alistó durante la Guerra Civil Americana, y allí formó un coro y ayudaba en la capellanía. Al término de la guerra fue cuando se asoció con Moody. Tenía una hermosa voz de barítono, que conmovía a los oyentes porque procuraba sentir el texto del himno antes de cantarlo, y hacerlo con la solemnidad y pausas que el texto requería.
El caso es que este precioso himno que aún se canta en nuestras congregaciones, especialmente en Navidad, nos recuerda la maravilla de la venida del Mesías a la tierra. Nos recuerda su muerte para pagar el precio de nuestros pecados y en cada estrofa se nos insta a recibirle en nuestro corazón.
Si aún no has entregado tu corazón a Cristo, no te detengas y hazlo ahora. Él cambiará tu vida y tu nombre será escrito en el Libro de la Vida, como se dice en Lucas 10:20 o Apocalipsis 3:5.