Podemos tener muchos propósitos en la vida, pero NO una vida con propósito
Hace tiempo se llevó a cabo una actividad especial de despedida a una mujer que entendió el llamado de Dios y dejó muchos años de su vida en la obra misionera. Esta mujer dedicó todo su tiempo a servir al Señor y, al terminar su labor, dejó su huella en la fundación de varias iglesias, un centro de cuidado de niños, y muchas personas que fueron bendecidas a través de ella. No cabe duda de que en la gracia de Dios esta mujer supo conjugar muchos factores indispensables para lograr el éxito en su ministerio; ella vivió una vida con propósito y esto fue fundamental para llegar a la meta.
Entre todas las mujeres con las cuales nos relacionamos a lo largo de nuestra vida, sobresalen aquellas que han dejado una huella profunda en nuestro ser. De estas mujeres apreciamos su calidad de vida, admiramos sus enseñanzas y la forma en que las aplican a sus propias vidas; ellas tienen las cosas claras y, por lo tanto, saben el porqué de lo que hacen. Generalmente demuestran entusiasmo y seguridad, también saben transmitir a otros una visión especial de la vida, la cual está por encima de las circunstancias, no importando que éstas sean adversas. Saben reaccionar con dominio propio, demuestran confianza y entienden que su vida en esta tierra tiene un propósito especial y, por lo tanto, nada ni nadie las apartará de sus metas y objetivos.
Estas vidas con propósito no pasan desapercibidas; fácilmente notaremos la diferencia que caracteriza a estas mujeres frente a la forma de vida de la mayoría.
¿Quién le da propósito a la vida? En su plan creador, Dios diseñó al hombre y a la mujer para que cumpliesen con sus objetivos. Saber cuál es el propósito de nuestra vida es el punto de partida para entender que la vida misma es “un préstamo que Dios nos hace por un tiempo determinado”. Dios nos ha dado la vida para que en esta tierra cumplamos con Sus propósitos y, por lo tanto, un día nos pedirá cuentas de lo que hicimos durante nuestra existencia terrena. Una vida sin Dios está vacía y sin rumbo fijo en este mundo, sólo Él le da sentido a nuestra existencia. No debemos olvidar que Dios nos ha salvado a través de Jesucristo “para alabanza de la gloria de su gracia”, lo cual implica que su voluntad debe ser nuestra prioridad, y sus propósitos los nuestros. Sólo Dios le confiere una razón a nuestra vida.
¿Qué se entiende por propósito? Es “el ánimo, la intención de hacer algo o no hacerlo, con intencionalidad y deliberadamente” (DLE). Esta definición contiene dos elementos importantes. En primer lugar, el aspecto de nuestra voluntad, pues es ella la que nos mueve a tener ánimo o intención. El segundo elemento es nuestra mente, ella realiza un análisis de las cosas y sus implicaciones en el momento de elegir o seleccionar; la mente influye en lo que se propone hacer o no hacer. Esto me hace recordar una historia fascinante del Antiguo Testamento. Daniel, siendo un adolescente, analiza lo que sabía de Dios y sus enseñanzas en una situación que lo colocaba en una encrucijada: rendir su voluntad a Dios o al decreto de un rey pagano. “Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey…” (Dn. 1:8). Él entendió el propósito de Dios para su vida, y por ello llevó una vida con propósito. Como mujeres cristianas podemos tener muchos propósitos en la vida, pero una vida con propósito sólo se logra teniendo a Dios en perspectiva, es decir, viviendo para alcanzar Sus propósitos eternos. Si entendemos cuál es su voluntad para nosotras y estamos dispuestas a obedecerle, entonces nuestra vida tendrá sentido.
¿Cuál es el propósito de Dios para los creyentes? Es doxológico. Por medio de Jesucristo Él nos salvó, nos ha dado una herencia y nos ha sellado con el Espíritu Santo para su honra y su gloria. Dios ha determinado que vivamos para darle gloria a través de una adoración sincera con nuestros labios y nuestras vidas; que nuestra voluntad esté rendida a su voluntad. Como creyentes, ahora tenemos nuevos propósitos, valores e ideales, que deben causar impacto en la vida de otras mujeres para que ellas también glorifiquen y honren al Señor. La voluntad de Dios es nuestra santificación (1 Ts. 4:3), y si entendemos que la santificación significa “apartarse del pecado para servir a Dios”, entonces el propósito de Dios es que le sirvamos con todo lo que hacemos. Dios nos ha colocado soberanamente en diferentes posiciones, esto implica que estamos ahí para honrar al Señor. Nuestra voluntad nunca debe prevalecer sobre la del Señor, por eso María dijo: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra…” (Lc. 1:38). Las mujeres que dejan huellas profundas son aquellas que, como María, le han dicho al Señor: “hágase conmigo conforme a tu palabra”.
¿Qué podemos hacer para llevar una vida con propósito? En primer lugar, quitar todo peso u obstáculo que nos impida alcanzar los objetivos divinos. El escritor a los Hebreos enfatiza la importancia de quitar de nuestra vida todo aquello que sea contrario a los propósitos de Dios (He. 12:1). Por lo tanto, debemos quitar todo obstáculo y pecado que nos asedia con el propósito de evitar que obedezcamos al Señor. En segundo lugar, tenemos que proseguir hacia la meta que Dios nos ha trazado. Esto presupone que debemos tener claro cuál es la meta, y que demanda un esfuerzo para alcanzarla. Es necesario que prosigamos “a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Fil. 3:12-14). En tercer lugar, es necesario evaluar y encauzar el potencial que Dios nos ha dado. Dios nos ha capacitado para servirle por medio de los dones espirituales, “repartiendo a cada uno en particular como él quiere” (1 Co. 12:11). Además, Dios nos ha dado también talentos naturales y oportunidades para que le sirvamos y vivamos así una vida con propósito. Por último, debemos estar dispuestas a pagar el precio de la obediencia al Señor. Cuando tenemos convicción de los propósitos de Dios, entonces dejamos de lado nuestros propios intereses y estamos dispuestas a servir al Señor en las circunstancias en las cuales nos ha tocado vivir. Así podemos decir: “para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia” (Fil. 1:21). Cuando entendemos los planes de Dios nos identificamos con las palabras del apóstol Pablo: “de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mí mismo, con tal de que acabe mi carrera con gozo…” (Hch. 20:24). Una vida con propósito se entrega en cuerpo y alma a servir al Señor, y en esto encuentra su plena realización personal. Que nuestra oración sea como parte de la letra del himno escrito por Frances R. Havergal, y llevemos así una vida con propósito.
Que mi vida entera esté consagrada a ti, Señor;
Que a mis manos pueda guiar el impulso de tu amor.
Que mis pies tan sólo en pos de lo santo puedan ir;
Y que a ti, Señor, mi voz se complazca en bendecir.
Que mi tiempo todo esté consagrado a tu loor;
Que mis labios al hablar, hablen sólo de tu amor.
Toma ¡oh Dios! mi voluntad, y hazla tuya nada más;
Toma, sí, mi corazón; tu trono en él estará.