Conseguimos todas nuestras victorias por medio de la fe
En el reino de Dios, al cual pertenecemos, las cosas funcionan por medio de la fe. Conseguimos la salvación por medio de la fe. Vivimos cada momento por la misma fe. Cuando pecamos recibimos el perdón de nuestros pecados por medio de la fe. Nuestros problemas se solucionan por medio de la fe. Las relaciones se sanan por medio de la fe. Recibimos lo que necesitamos de Dios por medio de la fe. Tenemos paz en nuestros corazones por medio de la fe. Conseguimos las respuestas a nuestras oraciones por medio de la fe. Vivimos por las promesas de Dios por medio de la fe. Vemos al Señor al otro lado de las nubes negras que nos envuelven por medio de la fe. Creemos que Dios está obrando todo para nuestro bien por medio de la fe. Cuando no sentimos nada y parece que Dios está muy lejos, sabemos que está a nuestro lado por medio de la fe. Prevemos el final de nuestras pruebas por medio de la fe. Creemos que veremos al Señor descendiendo con las nubes para llevarnos a la Casa del Padre por medio de la fe. Tenemos la esperanza de estar con el Señor por toda la eternidad por medio de la fe. Conseguimos todas nuestras victorias por medio de la fe.
La Biblia está llena de historias que alimentan nuestra fe. Nos identificamos con los personajes que salen en ellas y creemos que Dios hará para nosotros lo que hizo para ellos. Vamos a mirar algunas que estimulan nuestra fe:
Job. Cuando estamos sufriendo, la experiencia de Job viene a nuestra mente. Lo que nos da esperanza cuando pensamos que el sufrimiento será vitalicio, es la pequeña frase que encontramos al final del libro, que dice: “Y bendijo Jehová el postrer estado de Job más que el primero” (Job 42:12), y pensamos que esto puede ser verdad también en nuestro caso, pues Job no murió de angustia, porque Dios quitó la aflicción de Job (Job 42:10). Dios tiene el poder para hacer lo mismo conmigo, de un día para otro. Y puedo vivir para ver días de luz y alegría con tanta consolación que la pena anterior se olvida en la felicidad presente de una relación mucho más profunda con Dios, debido a lo que hizo en mí por medio de lo que sufrí. Y llegaré a darle las gracias por aquello y comprender su sabiduría al permitirlo.
Rut. Es un libro mucho más corto que el libro de Job, pero también lleno de esperanza. La primera vista que tenemos de Noemí es cuando sale de Belén con su marido y sus dos hijos en búsqueda de una vida mejor en la tierra de Moab, solo para ser decepcionada. Muere su marido y sus dos hijos, dejándola destituida de toda provisión, amargada y desesperanzada. ¿Cuántas mujeres mayores no se han encontrado en la misma situación preguntándose quién las va a cuidar en su vejez? El futuro se ve desalentador. Pero en este pequeño libro vemos que, cuando tomamos pasos hacia Dios para deshacer las malas decisiones de otros que nos dejaron en la estacada, Dios se mueve a nuestro favor para darnos una esperanza y un futuro, proveyendo el amparo y el amor de familia, la restauración de nuestra alma y el sostenimiento de nuestra vejez (Rut 4:15). Solo al llegar al cielo comprendería Noemí toda la grandeza de la bendición con la que Dios la había bendecido.
Jeremías. Hay un detalle de la vida de Jeremías que ofrece un punto de apoyo para nuestra fe: él salió del pozo. Sus enemigos le metieron en la cisterna de la cárcel para que muriese de hambre, solo, en la oscuridad: “Y en la cisterna no había agua, sino cieno, y se hundió Jeremías en el cieno” (Jr. 38:6). Él seguramente pensó que su fin había llegado. Pero un extranjero tuvo compasión de él, habló con el rey y consiguió que lo sacasen de allí. Puede ser que tú te encuentres hundido en un pozo oscuro pensando que nunca vas a salir de allí, pero Dios lo sacó a él y puede hacer lo mismo contigo para que tú cantes: “Pacientemente esperé a Jehová, y se inclinó a mí, y oyó mi clamor. Y me hizo sacar del pozo de la desesperación, del lodo cenagoso; puso mis pies sobre peña, y enderezó mis pasos. Puso luego en mi boca cántico nuevo, alabanza a nuestro Dios. Verán esto muchos, y temerán, y confiarán en Jehová” (Salmos 40:1-3).
Elías. Cuando el profeta Elías mató a los 450 profetas de Baal, la reina Jezabel lo buscó para matarle, y el profeta entró en depresión, “y deseando morirse, dijo: Basta ya, oh Jehová, quítame la vida, pues no soy yo mejor que mis padres. Y echándose debajo del enebro, se quedó dormido; y he aquí luego un ángel le tocó, y le dijo: Levántate, come” (Reyes 9:5). Cuando las circunstancias son tétricas y la fe falla, nos sentimos solos y no tenemos esperanza, podemos deslizarnos hacia una depresión y desear la muerte, pero Dios tiene otros planes para nosotros y nos levanta. Aquí dio comida y descanso a su siervo. Luego Dios le buscó en la cueva donde se había escondido y le llamó, y le habló por un silbo apacible y delicado. Le anunció la llegada de un nuevo rey, que no tendría a Jezabel por esposa, y de un compañero en el ministerio, para que no estuviera solo. Cuando estamos emocionalmente agotadas, el Señor interviene en nuestra vida de forma muy personal, proporcionándonos lo que necesitamos para salir de la depresión y seguir adelante. Por la fe sabemos que el mismo Dios hablará a nuestro corazón y nos levantará con nuevos motivos para vivir.
Pablo. Pablo había llegado a la hora de su muerte. Estaba en la cárcel en Roma, listo para ser sacrificado; el tiempo de su partida estaba cercano. Las circunstancias eran malas: los falsos maestros habían entrado en las iglesias, Demas lo había desamparado, y le esperaba un juicio injusto y la muerte; pero él estaba lleno de fe, esperando la corona que el Juez justo le daría en aquel día…
Y nosotras esperamos lo mismo, un futuro brillante con Aquel que ama nuestra alma, en el día eterno donde ya no habrá sombras, en la gloria de la belleza de nuestro Redentor. Amén.