LA REVISTA CRISTIANA PARA LA MUJER DE HOY
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¿La Natividad sin cánticos?

Los cristianos cantamos. Tenemos motivos, melodías y fechas…

Para el cristiano es inconcebible pensar que la Navidad pueda pasar sin que dondequiera estemos brote de nuestros labios uno de los hermosos cánticos alusivos a tan entrañable fecha.

Es triste notar que, al menos por ciertos lugares de España, la gente canta poco y que, en los festivos días navideños, sintiéndose obligada a mostrar su alegría, recurran casi siempre a canciones populares que no tienen nada que ver con la ocasión.

Tras anunciar el ángel a los pastores el nacimiento de Jesús en Belén, repentinamente se le unió una multitud de las huestes celestiales, alabando a Dios, y diciendo:

¡Gloria a Dios en las alturas! ¡Paz en la tierra entre los hombres que gozan de su favor!

¡Qué explosión de alabanza a Dios por su amor y redención! Fue la primera, pero no la última. A lo largo de los siglos, hombres y mujeres, nuevas criaturas por efecto de lo que el Niño de Belén logró para ellos en la cruz, se les han unido en alabanza y gratitud por lo recibido.

Nosotras sí tenemos cánticos para la Navidad, y cuando en esta próxima los entonemos, hemos de hacerlo con entendimiento, y no sólo con los labios, tratando de encontrar en ellos su más profundo significado.

Conocemos bien, y no entonamos mal, el precioso ¡Oíd un son en alta esfera!. Es el canto de un hombre invitando a otros a escuchar la voz que nos llega de lo alto con un mensaje de esperanza y reconciliación. En sencillos versos expresa el gran misterio de la encarnación y humillación del Señor, cómo dejó su gloria y descendió hasta el punto de morir en una cruz para salvarnos. Por tan gran realización, exclama: «¡En los cielos, gloria a Dios!”.

¡Oh aldehuela de Belén!, más pausado que el anterior, nos recuerda el lugar del nacimiento de Jesús, desde donde su luz comenzó a irradiarse. Lo más hermoso de este canto es que presenta la obra de Dios, no como algo apoteósico, espectacular, sino como una obra realizada tan calladamente que, posiblemente, haya oídos que no la oigan y no la vean muchos ojos, pero que sí verán y recibirán los humildes, los que le esperan. Por eso el final es una oración: “Ven con nosotros a morar, ¡oh, Cristo, Emanuel”.

“¡Suenen dulces himnos!”. Este, que siempre cantamos llenas de entusiasmo, nos conmueve por el mensaje de alegría que transmite. Expresa la gratitud del corazón frente a la obra de Dios, e invita a la humanidad a cantar al Señor, que nos brinda redención mostrándonos su buena voluntad. Por las múltiples bendiciones que nos llegan de Él, “el cantar de gloria, que se oyó en Belén, sea nuestro cántico también”.

“Venid, pastorcillos», ingenua y sencillamente llama a la adoración en fe y humildad. Junto al pesebre se encontrarán pobres y ricos, sabios e ignorantes, porque el niño allí acostado abre sus brazos a cuantos se le acercan. Todavía, hoy, esos mismos brazos siguen invitando: “¡Venid!”.

“Tú dejaste tu trono y corona por mí” se inspira en distintos pasajes del Evangelio donde Jesús habla de las aves con sus nidos y las zorras y sus cuevas, y aquél en el que Pablo menciona a un Rey que por amor a nosotros se hizo pobre para enriquecernos. Pensamos en el valor de nuestra redención. La respuesta espontánea a todo este bien es: “Ven a mi corazón… pues en él hay lugar para ti”.

“Noche de paz” quizá sea el cántico navideño más conocido y entonado. A partir de una sencilla mirada al Niño en el pesebre, mientras los padres velan su sueño, va llevando hacia la experiencia de ver en Él al Redentor del mundo, guiados en esta senda por la luz que desde allí llega a la cruz. Inevitablemente surge el deseo de adorarle como Cristo el Señor.

«Al árbol milenario».  El tema aquí es la profecía de Isaías 11. Dios enviaría a su pueblo a Uno que iba a identificarse con los pobres, trayéndoles la esperanza: El Salvador que vence a la muerte dándose por amor.

Con los cánticos de Navidad los cristianos nos unimos en la alabanza a Dios, recordando que nos amó de tal manera que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en Él cree no se pierda, mas tenga vida eterna.

Los cristianos cantamos. Tenemos motivos, melodías y fechas, y un corazón agradecido para alabar a nuestro Señor y Salvador. ¿Cómo lo haremos esta Navidad?

¡Despiértate! Saluda al grato día

en que nació el santo Redentor.

¡Levántate con gozo y alegría,

cantando dulcemente en su honor!

Ángeles mil entonan con fervor

el gran misterio del divino amor.

Gloria Rodríguez Valdivieso

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